La oración de los conversos
Seguimos de la mano del P. ÁNGEL PEÑA O.A.R. hablando de la oración. Este capítulo es de gran interés porque aparecen importantes testimonios de conversos que han encontrado en la oración un encuentro feliz con Dios. Lee despacio este post, medítalo y saca tus propias consecuencias para tu vida interior. No olvides que orar es amar.
 
 
 
CONVERTIDOS
 
San Agustín habla mucho en sus escritos de la oración como camino para llegar a Dios, pero a este camino le llama amor. Por eso, afirma que a Dios no vamos caminando, sino amando (Ep 155, 4, 13).
 
Por otra parte, insiste mucho en que en este camino hacia Dios, en este camino del amor, en este camino de la oración, no hay que darse tregua, hay que orar sin interrupción, hay que hacer de la vida una permanente oración, un amor continuo. Y afirma: Si dices basta, ya estás perdido. No te detengas, avanza siempre; no vuelvas hacia atrás, no te desvíes. En este camino, el que no adelanta, retrocede (Sermo 169, 18). También nos invita a caminar cantando, es decir, con amor, a pesar de las dificultades, pues lo más importante es el amor. Dice: Canta y camina. Avanza siempre en el bien. Si tú progresas y adelantas, caminas; pero progresa en el bien, progresa en la fe, progresa en las santas costumbres. Canta y camina. No te extravíes, no te vuelvas atrás, no te detengas (Sermo 256, 3).
 
Por ello, es significativo que nos aconseje: Ama y haz lo que quieras; si callas, calla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Que la raíz de todas tus obras sea el amor (In ep Io ad parth tr. 7, 7-8). Sin olvidar que la medida del amor es el amor sin medida (Epist 109.2).
 
San Agustín, sin embargo, nos pone en guardia para no confundir el amor auténtico a Dios y a los demás, con el amor carnal y egoísta. Afirma: Sólo el amor verdadero merece el nombre de amor, lo demás es pasión (De Trin 8, 7, 10). La verdadera amistad no es auténtica, sino entre los que Tú, Señor, unes entre sí por medio del amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Conf 4, 4, 7).
 
Además, nos enseña que para amar de verdad hay que ser humildes, pues la oración es un auténtico acto de humildad. Dice: En la oración somos mendigos de Dios. Nos ponemos en la puerta del gran Señor; aún más, nos arrojamos el suelo, gemimos suplicantes, deseando recibir algo, y ese algo es el mismo Dios (Sermo 83, 2). El camino del amor es: primero humildad; segundo, humildad; y tercero, humildad. Si la humildad no precede, acompaña y sigue todas nuestras buenas acciones, todo queda arruinado por la soberbia (Epist 118, 22).
 
La humildad es propia de los grandes; la soberbia, en cambio, es la falsa grandeza de los débiles. El humilde no puede dañar, y el soberbio no puede no dañar (Sermo 353, 2).
 
Y aconsejaba: Tú, haz lo que puedas, pide lo que no puedas y Dios te dará para que puedas (De nat et gr 43, 50). ¡Oh amor, que siempre ardes y nunca te apagas! Amor, Dios mío, abrásame, ¿Mandas continencia? Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras (Conf 10, 29, 40). Haz Señor, Dios mío, que te comprenda y te amé (De Trin 18, 28, 51). Oh Señor, te amo y, si es poco, haz que te amé más intensamente (Conf 13, 8, 9). Cuán tarde te conocí, hermosura tan antigua y tan nueva, cuán tarde te conocí. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Llamaste y clamaste y rompiste mi sordera; brillaste, resplandeciste y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y ahora suspiro por Ti y siento hambre y sed de Ti (Conf 10, 27, 38). Nos hiciste, Señor para Ti y nuestro corazón está insatisfecho hasta que descanse en Ti (Conf 1, 1, 1). Por ello, sólo orando de verdad, amando sin cesar, llegaremos a Dios y encontraremos la felicidad, que es el gozo de la verdad (Conf 10, 23, 33).
 
Alexis Carrell (1873-1944), el gran convertido y premio Nóbel de Medicina, en su libro Meditaciones escribió sobre su deseo de amar a Dios: Mi vida ha sido un desierto, porque no te he conocido, Señor. Haz que, a pesar del otoño, este desierto florezca. Que cada minuto de los días que me queden, esté consagrado a Ti. Dame luz pare que pueda ayudar a aquellos a quienes amo.
 
Ando a tientas en la oscuridad, buscándote sin cesar. Muéstrame tu camino. Toma la dirección de mi vida. Todo lo que tu voluntad me inspire hacer, lo cumpliré... Oh, Dios mío, cómo lamento no haber comprendido nade de la vida, haber intentado entender cosas que es inútil tratar de comprender. Y es que la vida no consiste en comprender sino en amar, en ayudar a los demás, en orar y trabajar. Haz, Dios mío, que no sea demasiado tarde... Que cada minuto del tiempo que aún me quede de vida transcurra, cumpliendo tu voluntad. En tus manos, Señor, pongo lo poco que soy, por entero, sin reserva alguna. Haz conmigo lo que el viento con el humo. ¡Bendito sea tu Nombre! Haz, Señor, que pueda emplear el resto de mi vida en tu servicio y en el de los que sufren... Oh Dios mío, me abandono totalmente a Ti con el sentimiento de haber pasado la vida como un ciego. Oh Señor, guíame en la oscuridad.
 
Otro gran enamorado de Dios, después de su conversión del ateísmo, fue André Frossard (1915-1995). Para él, la Eucaristía era centro de su vida y decía: Oh Dios mío, entro en tus iglesias desiertas y veo a lo lejos vacilar en la penumbra la lamparilla roja de tus sagrarios y recuerdo mi alegría. ¡Cómo podría olvidarlo! ¿Cómo echar en olvido el día en que se descubre el amor desconocido por el que se ama y se respira; donde se ha aprendido que el hombre no está solo, que una invisible presencia lo atraviesa, lo rodea y lo espera: que  más allá de los sentidos y de la   imaginación, existe otro mundo, al lado del cual el universo material por hermoso que sea no es más que vapor incierto y reflejo lejano de la belleza de quien lo ha creado?.
 
Lo que de Él os he dicho tan sólo lo he escrito pare que le améis más, si ya le améis; y, si no lo conocéis, que al menos tengáis un pensamiento pare Él... Porque todo ser humano, que procede del amor, al amor vuelve por la fe y la esperanza, a través del sufrimiento y de la muerte. ¡Oh Amor, ni toda la eternidad será suficiente para amarte y decirte cuánto te amo!
 
 
ALGUNOS  EJEMPLOS
 
Hay una leyenda que cuenta la vida de un volatinero, que daba saltos y saltos por los pueblos para alegrar a la gente. Un día, cansado de esa vida, quiso entrar a un convento para servir a Dios y fue aceptado por su buen corazón. Pero, cuando los monjes iban a la iglesia a rezar en sus grandes libros, él se sentía triste, porque no sabía leer y creía que nunca podría hacer oración como los otros monjes. Una noche, cuando todos estaban dormidos, se fue a la capilla y le dijo al Señor: Señor, Tú sabes que yo no sé leer ni rezar, pero te amo y te lo quiero demostrar con mis saltos y piruetas como cuando hacía reír a la gente. Ojalá te pueda consolar y hacer reír. Así empezó su sesión de saltos y más saltos para alegrar a Jesús. Pero el Superior oyó ruidos y fue a la capilla. Y, cuando le iba a llamar seriamente la atención, vio que Jesús se sonreía desde su imagen; y entendió que estaba contento de aquella manera sencilla de expresarle su amor, que era una bella manera de orar.
 
Orar no es decir palabras bonitas. Había una vez un campesino pobre que todos los días llevaba su librito de oraciones al campo para orar en los momentos de descanso. Un día se sintió triste, porque se había olvidado su librito y ese día no podría rezar. Entonces, humildemente le dijo: Señor, Tú conoces las oraciones, yo te voy a recitar las letras del alfabeto y tú juntas las letras y compones las bellas oraciones que yo quisiera decirte. Y así empezó a recitar las letras del alfabeto varias veces: A, B, C, D, E, F, G... Y Dios se sintió contento de esa oración, porque para Él lo más importante es el amor.
 
El padre Mateo Crawley, el apóstol mundial de la devoción al Corazón de Jesús, relata que en una oportunidad se encontró con un indígena chileno, que era carbonero y apenas conocía algo de religión. Era muy ignorante y no sabía ni el padrenuestro ni el avemaría. Pero rezaba todos los días con confianza a Dios. El padre Mateo le preguntó: ¿Cómo rezas? Y el indígena respondió: Por las mañanas le digo: Señor Jesús, tu costal de carbón está listo para trabajar, ayúdame. Y en la tarde le digo: Señor, tu costal de carbón va a descansar, ayúdame. Dice el padre Mateo que ante la fe de aquel carbonero humilde, estuvo a punto de arrodillarse para agradecerle su fe y amor a Dios.
 
Otro caso. En cierta parroquia, un anciano estaba gravemente enfermo y el párroco fue a visitarlo. Apenas entró en la habitación, el sacerdote advirtió una silla vacía. Estaba al lado de la cama como algo misterioso, como si estuviera ocupada por un ser invisible. El enfermo le dijo:
 
-                      Padre, pienso que en esta silla está sentado Jesús. Hace muchos años, cuando no sabía rezar, descubrí que orar era hablar amigablemente con Jesús. Así que ahora me imagino que Jesús está sentado en esta silla. Le hablo, lo escucho, le cuento mis cosas y le digo que lo amo. Y me siento contento.
 
Unos días más tarde, se presentó en el despacho parroquial la hija del enfermo y le comunicó al párroco que su padre había muerto. Y le dijo:
 
-                      Lo dejé solo un par de horas. Al volver a su habitación, lo encontré muerto, con la cabeza apoyada en la silla vacía, que tenía siempre al lado de su cama.
 
El sacerdote comprendió que había muerto en los brazos de Jesús.
 
Ahora bien, el mejor lugar para manifestarle nuestro amor a Jesús es en la Eucaristía, donde está verdadera y realmente presente. ¡Qué hermoso es ir a una iglesia solitaria o a una capilla donde está Expuesto el Santísimo Sacramento para poder hablar personalmente con el mismo Jesús de Nazaret! El mismo Jesús, que hace dos mil años sanaba a los enfermos y bendecía a los niños. ¡Qué alegría para Él, cuando le decimos, con palabras o sin palabras, que lo amamos! Jesús Eucaristía es la mayor fuente de bendiciones del mundo entero. Ahí debemos acudir todos los días para calentar nuestro corazón al sol divino del amor de Jesús. Y ahí tomaremos fuerzas para continuar el camino arduo de la vida diaria.
 
Dos casos concretos. El 13 de enero de 2001 hubo un terremoto en El Salvador y el padre claretiano Gonzalo Fernández dice: En la calzada, protegida por un toldo improvisado, encontré a una anciana de 86 años, a la que el terremoto había arrebatado parte de la casa en la que vivía con su hija y sus nietos. Pero Lidia no había perdido la sonrisa ni profería palabras contra Dios ni deseaba morirse. La única cosa que me pidió insistentemente fue la comunión. Me dijo con voz estremecida: Sin la comunión (sin recibir a Jesús) somos como cerdos, no hacemos más que comer y dormir.
 
El otro caso lo cuenta el novelista francés René Bazin. Durante la segunda guerra mundial, iba todos los días a misa y veía allí a una joven señora, que estaba con gran recogimiento y serenidad, a pesar de haber perdido a su esposo y tener a sus hijos prisioneros en un campo de concentración. Un día, le preguntó cuál era la razón de su tranquilidad, y ella respondió:
 
-                      Todos los días recibo a Jesús en la comunión y me da fuerzas para las 24 horas siguientes. La fuerza que recibo en la comunión, me hace superar todas las dificultades.
 
El sagrario de nuestras iglesias o la custodia donde está Expuesto Jesús sacramentado es el mejor lugar del mundo para entablar una relación de amor y amistad con Dios. Allí nos espera el Dios omnipotente y allí podemos decirle, mejor que en ningún otro lugar, que lo amamos. Por eso, es el mejor lugar del mundo para hacer oración.
 
Una religiosa contemplativa me escribió: Mi oración ante Jesús Eucaristía es sencilla. Amo con Jesús a todas las almas. Él me enseña a amar interiormente con su Corazón, como Él ama. Mi único deseo es estar unida y perdida en Él. Cuando llego a la capilla por la mañana, Jesús ya está en oración y yo me pongo a su lado y me uno a su oración. No sé hacer otra cosa que dejarle hacer a Él su oración en mí. Él pone fuego en mi alma y un deseo inmenso de la salvación de todas las almas. Por eso, me siento madre de toda la humanidad.
 
No puedo explicarte lo que siento dentro de mí, cuando miro a Jesús y me dejo mirar por Él. Nos amamos con locura y se me pasan las horas de oración y silencio sin darme cuenta. Si aquí en la tierra me pasa esto, ¿cómo será el cielo? Hace un tiempo nos mirábamos en la oración cara a cara y sentí un amor y una alegría inmensa. No tengo palabras para expresarlo. Y Él me dijo: “Esto que ahora sientes, en el cielo será mucho más”. Me dejó fuera de mí.