Pensemos por un momento en la escena que contemplaron las mujeres que fueron a ver la tumba del Señor. Todo había salido mal y encima, alguien había robado el cuerpo de Señor. La desesperanza no podía ser más profunda. Pero igual que pasó en aquel día, el Señor viene a consolarnos y a mostrarnos que no nos ha dejado. Cristo no es un Dios lejano e indiferente, al que le da igual lo que hagamos o dejemos de hacer. Cuando le necesitamos viene a dar sentido a esos momentos de dolor. ¿Nos desesperamos? ¿Creemos que la Iglesia se va pique? ¿La sociedad nos acosa y margina? Calma, calma, para Dios todo es posible y es capaz de sacar bien de cualquier mal. Esperemos en Él y confiemos en sus promesas.
 
¿Qué es lo que debemos ver ahí, hermanos míos, sino es la infinita ternura de nuestro Creador, que para avivar nuestra conciencia, por todas partes nos propone el ejemplo de pecadores arrepentidos? Pongo la vista sobre Pedro, miro al ladrón, examino a Zaqueo, me fijo en María, y no veo otra cosa en ellos que llamadas a la esperanza y al arrepentimiento. ¿Tu fe se ve acechada por la duda? Mira a Pedro que llora amargamente su debilidad. ¿Estás inflamado de cólera contra tu prójimo? Piensa en el ladrón: en plena agonía se arrepiente y gana la recompensa eterna. ¿La avaricia te seca el corazón? ¿Has despojado a alguien? Mira a Zaqueo que devuelve cuatro veces más los bienes que había quitado a un hombre. ¿Preso de cualquier pasión, has perdido la pureza de la carne? Contempla a María que purifica el amor a la carne en el fuego del amor divino.
 
Sí, el Dios todopoderoso nos ofrece por todas partes ejemplos y signos de su compasión. Tengamos horror a nuestros pecados, incluso los de hace más años. El Dios todopoderoso olvida gustosamente que hemos cometido el mal, y está siempre a punto de mirar nuestro arrepentimiento como si fuera la misma inocencia. Nosotros, que después de las aguas de la salvación, las hemos ensuciado, renazcamos por nuestras lágrimas... Nuestro Redentor consolará un día vuestras lágrimas en su gozo eterno.
(San Gregorio Magno. Homilía 25)
 
En los tiempos que vivimos es fácil encontrarse a muchas personas que confían plenamente en los poderes civiles y que esperan que ellos les solucionen la vida. Como es lógico, estas personas terminan carbonizadas de desesperanza. Nunca el poder humano ha dado una solución que no cree otros problemas paralelos que a veces son peores. Hay hermanos católicos que andan pensando todo el día en que vivimos en el fin de los tiempos y esto les llena de dolor y da lugar a respuestas violentas. ¿Cómo sabemos que hay una herida? Porque al tocarla el herido salta y muestra rechazo. Sin duda vivimos en el fin de los tiempos, pero tranquilo. Cada época es un final de lo previo y un empezar de lo nuevo. En todas las épocas el mal busca encarnarse y producir dolor a quienes más aman a Dios. Incluso podemos decir que el mal va aprendiendo cómo hacernos sufrir con más eficacia según pasan los siglos. Nos roba la paz interior, la esperanza, el sentido de la vida y hasta nuestras confianzas más arraigadas. El enemigo busca destrozarnos, por lo que no es raro que lo intente por todos los medios disponibles.

¿Profecías? Muchas y casi todas son reveladoras de la forma en que el mal actúa. Dios nos revela la forma en que mal actúa por medio de las revelaciones que muestra en cada época del mundo. Pero no lo hace para desesperarnos, ni mucho menos. Si estamos prevenidos y conscientes del funcionamiento del mal, seguro que podemos unirnos y buscar la ayuda del Señor. Ese es el camino. Como Dice San Gregorio, en los Evangelios no se puede leer más que “llamadas a la esperanza y al arrepentimiento”. Dios siempre está dispuesto a “nuestro arrepentimiento como si fuera la misma inocencia”. No hay que desesperar, sino todo lo contrario: elevar la esperanza al máximo. Tras el bautismo y el perdón de los pecados, “renazcamos por nuestras lágrimas” no por nuestros temores y desconfianzas. ¿Qué podemos temer su Dios está con nosotros? Incluso si somos insultados y maltratados por ser fieles a Cristo, tenemos la promesa del Reino de los Cielos.
 
Un corazón falto de esperanza es como un automóvil sin gasolina. Puede tener una potencia maravillosa, pero no se moverá un milímetro. Un corazón sin fe, es como un automóvil sin volante ¿Hacía dónde iremos? Un corazón sin caridad es como un automóvil que no tiene espacio para llevar a nadie en su interior ¿Qué sentido tiene? Un cristiano debe estar lleno de estas tres virtudes y rogar a Dios para que su Gracia las haga crecer cada día, porque sin ella no seremos nunca capaces de arrodillarnos a los pies del Señor y llorar de arrepentimiento y de alegría. Arrepentimiento por el dolor por todas las veces que hemos desatendido las llamas del Señor. Alegría, porque tenemos la certeza que sus pies todo cobra sentido. ¿Tememos, dudamos, desesperamos? Lloremos a los pies del Señor y Él nos consolará. Sólo Él tiene Palabras de vida eterna.