Desde el principio de su vida pública, Cristo no actuó solo sino que asoció a su persona, a su vida y a su misión a otros, a los apóstoles, a los discípulos, a un grupo numeroso. Fue una Compañía, una Comunión, lograda despacio hasta la Cruz. El nacimiento mismo de la Iglesia se produce como Compañía y Comunión: el Espíritu Santo no se da a cuentagotas, a individuos aislados, sino al grupo apostólico, en el Cenáculo. La Iglesia, desde su origen, es una Comunión.
 
 
Esta Comunión es visible, con la Iglesia peregrina hoy en el tiempo, presidida por Pedro y el Colegio apostólico, pero también es invisible, con todos los miembros de este Cuerpo, los santos, que a lo largo de la historia nacieron a la vida eterna por los sacramentos de la Iglesia. Es una Comunión diacrónica y sincrónica. Todos los santos están en ella, y nosotros hoy formamos parte de esta Comunión de los santos. Es una Compañía viva de santos, amigos de Dios, que es aglutinada por el Espíritu Santo que establece relaciones profundísimas que no nacen de la carne ni de la sangre, sino de Dios.
 
Recordemos la preciosa doctrina del Catecismo:
 
946 "¿Qué es la Iglesia, sino la asamblea de todos los santos?" (San Nicetas de Remesiana, Instructio ad competentes 5, 3, 23 [Explanatio Symboli, 10]: PL 52, 871). La comunión de los santos es precisamente la Iglesia.
 
 
947 "Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros [...] Es, pues, necesario creer [...] que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que Él es la cabeza [...] Así, el bien de Cristo es comunicado [...] a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia" (Santo Tomás de Aquino, In Symbolum Apostolorum scilicet «Credo in Deum» expositio, 13). "Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común" (Catecismo Romano, 1, 10, 24).
 
 
948 La expresión "comunión de los santos" tiene, pues, dos significados estrechamente relacionados: "comunión en las cosas santas [sancta]" y "comunión entre las personas santas [sancti]".
Sancta sanctis [lo que es santo para los que son santos] es lo que se proclama por el celebrante en la mayoría de las liturgias orientales en el momento de la elevación de los santos dones antes de la distribución de la comunión. Los fieles (sancti) se alimentan con el cuerpo y la sangre de Cristo (sancta) para crecer en la comunión con el Espíritu Santo (Koinônia) y comunicarla al mundo.
La Iglesia, superando los aspectos visibles, organizativos, en cierto modo sociológicos, es un Misterio cuya entraña es la Comunión de los santos y su centro es Dios y el Cordero que está sentado en el trono, Jesucristo.
 
A la Iglesia nos agregamos por el Bautismo, siendo introducidos en esta Comunión de los santos, participando de sus bienes y aportando cada uno lo propio: su caridad sobrenatural, su oración, sus obras, la santificación de lo cotidiano, su alabanza, sus virtudes...
 
"En el bautismo cada niño es insertado en una compañía de amigos que no lo abandonará nunca ni en la vida ni en la muerte, porque esta compañía de amigos es la familia de Dios, que lleva en sí la promesa de eternidad. Esta compañía de amigos, esta familia de Dios, en la que ahora el niño es insertado, lo acompañará siempre, incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras de la vida; le brindará consuelo, fortaleza y luz.

Esta compañía, esta familia, le dará palabras de vida eterna, palabras de luz que responden a los grandes desafíos de la vida y dan una indicación exacta sobre el camino que conviene tomar. Esta compañía brinda al niño consuelo y fortaleza, el amor de Dios incluso en el umbral de la muerte, en el valle oscuro de la muerte. Le dará amistad, le dará vida. Y esta compañía, siempre fiable, no desaparecerá nunca. Ninguno de nosotros sabe lo que sucederá en el mundo, en Europa, en los próximos cincuenta, sesenta o setenta años. Pero de una cosa estamos seguros:  la familia de Dios siempre estará presente y los que pertenecen a esta familia nunca estarán solos, tendrán siempre la amistad segura de Aquel que es la vida.

Así hemos llegado a la segunda respuesta. Esta familia de Dios, esta compañía de amigos es eterna, porque es comunión con Aquel que ha vencido la muerte, que tiene en sus manos las llaves de la vida. Estar en la compañía, en la familia de Dios, significa estar en comunión con Cristo, que es vida y da amor eterno más allá de la muerte. Y si podemos decir que amor y verdad son fuente de vida, son la vida —y una vida sin amor no es vida—, podemos decir que esta compañía con Aquel que es vida realmente, con Aquel que es el Sacramento de la vida, responderá a vuestras expectativas, a vuestra esperanza" (Benedicto XVI, Hom. en el Bautismo del Señor, 8-enero-2006).
 
Nuestras soledades y dificultades, que son muchas, no deben hacernos olvidar que realmente, no estamos nunca solos, sino arropados, y mucho, por esta Comunión de los santos, que experimentamos cercana, una de manera visible y otras muchas veces arropados de manera invisible pero eficaz. Los demás, los santos, nos sostienen.
 
"Quien cree, nunca está solo; no lo está en la vida ni tampoco en la muerte...
 
También en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce" (Benedicto XVI, Hom. en la inauguración del ministerio petrino, 24-abril-2005).