Cristo y la Iglesia se unen al ofrecer el sacramento eucarístico. Hay una doble dirección; Cristo se entrega esponsalmente a su Iglesia, dando su Cuerpo y su Sangre, dándose Él y la Iglesia se ofrece a su Señor y se incorpora a su vida y a su redención. Doble dirección, un movimiento de Cristo a la Iglesia y de la Iglesia hacia Cristo.
 
 
Además, en la Eucaristía se produce la unidad de la misma Iglesia por lo cual la Iglesia vive de la Eucaristía, procede de la Eucaristía, halla su vida en la Eucaristía. Como muchos granos de trigo han sido necesarios para elaborar el pan eucarístico, han sido amasados, se ha empleado agua para la masa (el bautismo) y se ha cocido con fuego (el Espíritu en la Crismación), formando un solo y único Pan, así cada vez que celebramos la Eucaristía todos confluimos en un solo Cuerpo, el de Cristo. El misterio de la unidad de la Iglesia se hace real y patente en el sacramento de la Eucaristía.
 
Lo expresa bien la plegaria eucarística:
 
"Concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz, que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria" (PE IV);
 
"Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del cuerpo y  sangre de Cristo" (PE II);

"Para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu" (PE III).
 
La unidad de la Iglesia se produce por la Eucaristía, en la Comunión con el Señor.
 
"La Iglesia se realiza cuando en aquella unión y comunión fraternas, celebramos el sacrificio de la cruz de Cristo, cuando anunciamos «la muerte del Señor hasta que El venga»[17] Y luego cuando, compenetrados profundamente en el misterio de nuestra salvación, nos acercamos comunitariamente a la mesa del Señor, para nutrirnos sacramentalmente con los frutos del Santo Sacrificio propiciatorio. En la Comunión eucarística recibimos pues a Cristo, a Cristo mismo; y nuestra unión con El, que es don y gracia para cada uno, hace que nos asociemos en Él a la unidad de su Cuerpo, que es la Iglesia. Solamente de esta manera, mediante tal fe y disposición de ánimo, se realiza esa construcción de la Iglesia, que, según la conocida expresión del Concilio Vaticano II, halla en la Eucaristía la «fuente y cumbre de toda la vida cristiana»" (Juan Pablo II, Carta ap. Dominicae Cenae, 4).
 
Al adorar a Cristo en la Eucaristía, nos introducimos en esta Comunión eclesial. La espiritualidad de la adoración educa el corazón del adorador para vivir eclesialmente. Se está ante Cristo en la custodia, pero se sabe que así se está fortaleciendo la unidad de la Iglesia, sacándonos de nuestro egoísmo para crecer en la caridad de la Iglesia, en su vida de unidad.
 
Contemplar la Hostia consagrada ayuda a recordar que en esa Hostia están aglutinados tantísimos granos de trigo que somos cada uno de los miembros de la Iglesia, y que la unidad de la Iglesia no proviene de estrategia ni fuerza humana, sino del Señor mismo. Por eso, al adorar, se pide por la Iglesia, se ensancha el corazón adorante convirtiéndolo en un corazón eclesial y se ora sostenido y sosteniendo la Comunión de los santos.