Cristo entregó muchas horas de su tiempo a encuentros reposados, serenos, uno a uno, de manera que su interlocutor fuera entrando en el corazón, descubriendo su verdad, acrecentando su deseo de salvación. Eran encuentros profundamente personales y únicos con el Señor que cambiaba la vida. ¿O no se transformó la samaritana? ¿O Andrés y Juan no reconocieron en Cristo a Aquel que su corazón deseaba incluso aunque no lo sabían muy bien?
 
La pastoral -palabra talismán- debe incluir de nuevo, como siempre lo tuvo, el reposo y la serenidad del encuentro personal, del diálogo amable, de la confidencia tranquila. Las prisas y la multiplicidad de reuniones dificultan la paz para un encuentro personal. Pero hoy, lo verdaderamente pastoral pasa por una disponibilidad real para escuchar y acoger, para dejar que aflorece el corazón del otro y sus luchas, e iluminar su vida y acompañarla.
 
No nos referimos aquí al amiguismo que cree dependencias espirituales; sino al contacto humano en la vida parroquial, en toda vida eclesial, que acompañe realmente, que discierne y ayude acogiendo al otro. Esto será, si se permite la expresión, una pastoral muy personalizada, una pastoral amable y cercana, uno a uno.
 
El modelo era la acción de Cristo y su "pastoral personalizada", dedicando el tiempo necesario a cada persona para mostrarle la Verdad e introducirla en la Comunión con Dios:
 
"Por estos motivos, además de la proclamación que podríamos llamar colectiva del Evangelio, conserva toda su validez e importancia esa otra transmisión de persona a persona. El Señor la ha practicado frecuentemente —como lo prueban, por ejemplo, las conversaciones con Nicodemos, Zaqueo, la Samaritana, Simón el fariseo— y lo mismo han hecho los Apóstoles. En el fondo, ¿hay otra forma de comunicar el Evangelio que no sea la de transmitir a otro la propia experiencia de fe? La urgencia de comunicar la Buena Nueva a las masas de hombres no debería hacer olvidar esa forma de anunciar mediante la cual se llega a la conciencia personal del hombre y se deja en ella el influjo de una palabra verdaderamente extraordinaria que recibe de otro hombre. Nunca alabaremos suficientemente a los sacerdotes que, a través del sacramento de la penitencia o a través del diálogo pastoral, se muestran dispuestos a guiar a las personas por el camino del Evangelio, a alentarlas en sus esfuerzos, a levantarlas si han caído, a asistirlas siempre con discreción y disponibilidad" (Pablo VI, Exh. Evangelii Nuntiandi, n. 46).
 

Tradicionalmente, este aspecto más personal e íntimo era tratado en el confesionario y en la dirección espiritual. Quien lo necesitaba, hallaba en el confesionario a un sacerdote ejerciendo el oficio de la misericordia que escuchaba la situación real del corazón y no sólo perdonaba los pecados, sino que permitía la apertura de la intimidad del alma, sus búsquedas y orientaba. Así también la dirección espiritual -que hoy se prefiere llamar acompañamiento espiritual- era un instrumento de crecimiento mediante el encuentro con el Señor.
 
Una pastoral que tenga en cuenta el rostro concreto de la persona debería ya recuperar dimensiones y acciones que se han arrinconado, entre ellas, es verdadera pastoral la presencia asidua, diaria, del sacerdote en el confesionario para atender, escuchar paternalmente, amigablemente, y ejercer el ministerio de Cristo Pastor.
 
También, a lo ya dicho, es verdadera pastoral potenciar y cuidar la dirección espiritual, estando disponible, acogedor, y brindando oportunidades concretas, para acompañar personalmente a otros hermanos en su vida cristiana. Requiere serenidad y dar prioridad a este tipo de ministerio antes que a otros, tal vez más funcionales e inmediatos, pero que es sumamente agradecido, porque se ve a personas concretas, con sus luchas y dificultades, buscar el rostro del Señor y avanzar en el seguimiento.
 
El confesionario y la dirección espiritual recobran entonces la importancia pastoral y evangelizadora que tuvo siempre. Cristo sale al encuentro de cada uno en este sacramento y en el acompañamiento espiritual. Dediquemos tiempo y paz para acoger así a cada persona.