La Iglesia del siglo XXI peca con frecuencia de buscar la espectacularidad social en sus actos. Cada vez damos más importancia a congregar miles o millones de personas en un lugar, como si la cantidad fuese lo más importante. Hemos perdido el sentido de la humildad ante el Señor, que todo lo ve, todo lo sabe. Es evidente que en un momento en que nuestros templos están cada vez más vacíos, ver reunidas a gran cantidad de personas ayuda a darnos cuenta que no somos tan pocos ni estamos tan aislados, pero ¿Entonces qué razón tenemos de sentirnos pocos y en medio de una sociedad hostil ante nuestra fe?

La razón de sentirnos solos y aislados tiene que ver con el ruido de los medios de comunicación y también con las apariencias que creamos para parecer más relevantes ante una sociedad que nos desprecia. Los medios de comunicación son un zumbido que no cesa delante de nosotros. Parece que todo lo que aparece en los medios tiene relevancia social, mientras que lo que no se visualiza en los medios, es insignificante. Si aparecemos en los medios, aunque sea en plan show multitudinario, nos parece un éxito. Si llenamos el tiempo con discursos y actividades, parece que estamos haciendo las cosas bien. Pero ¿Es esto verdad o simple apariencia?

El Señor nos disuade con esto de la mucha conversación cuando oramos, como sucede cuando no le pedimos cosas convenientes, como son la adquisición del poder, la gloria, vencer a los enemigos y la abundancia de dinero. Aquí nos manda también no hacer oraciones largas. Digo largas no por el tiempo, sino por la multitud de aquellas cosas que se piden. Sin embargo, conviene que perseveren en la oración, según estas palabras del Apóstol: "Insistentes en la oración" (Col 4,2). No porque el Apóstol haya querido que compusiésemos las oraciones de diez mil versos, sino que las anunciásemos con el corazón. Lo cual indica en secreto, cuando dice: "No habléis mucho". (San Juan Crisóstomo. San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el Evangelio de San Mateo 19,3-4)

Cantidad no es calidad. Apariencia no es Verdad. Llenar un espacio con millones de personas y entretenernos con actos y discursos, no es demasiado humilde que digamos. Más bien es terriblemente presuntuoso ¿Qué queremos demostrar a la sociedad? ¿Qué valemos mucho por ser muchos? Muchos son los granos de arena en una playa, pero uno poco de polvo de oro vale mucho más. Muchos son los llamados, pero entre ellos, pocos son los que son capaces de aceptar a Cristo plenamente. No creo que pensemos que Dios nos escucha mejor si somos más, porque es ridículo. Pero aun así no dudamos en auto-engañarnos, lo que nos está llevando a una peligrosa dicotomía eclesial: llenamos estadios, pero tenemos nuestras comunidades vacías. Tenemos un grupo de fieles que va a misa los domingos, pero el resto de la semana pocos aparecen a orar o acceder a los sacramentos. Quizás estamos centrando los esfuerzos en producir apariencias que nos ayuden a vendernos como relevantes ante la sociedad, pero estamos perdiendo la capacidad de acercarnos al Señor con humildad y sencillez.

Ya queda poco para la JMJ que se realizará en Polonia. Seguramente los medios nos muestren cientos de miles de jóvenes haciendo actividades diversas. Sin duda estos jóvenes se lo pasarán muy bien y les servirá para darse cuenta de la universalidad de la Iglesia. Seguro que la Iglesia en Polonia se siente feliz de recibir a tantas personas y evidenciar la fe ante una sociedad europea que lo ignorará sin remedio. Todo esto puede estar bien si no nos olvidamos de esforzarnos por llevar la fe a la vida cotidiana. La vida de fe no va de misa de domingo en misa de domingo. La Iglesia no se reduce únicamente a la organización de Jornadas internacionales y a vender lo que no somos a quienes no les interesa saber nada de nosotros. Quizás se nos olvida la oración sencilla, directa y humilde de cada uno de nosotros debería de poner en el centro de cada momento del día.

No se trata, como San Juan Crisóstomo indica, de grandes oraciones, largas, pomposas y llenas de guiños de marketing social. Se trata de ponernos ante Dios para abrir nuestro corazón a la Gracia de Dios y saber que Dios está con nosotros en ese humilde espacio y sencillo tiempo de recogimiento. A Dios no podemos acercarnos con apariencias, Él todo lo ve y sabe, nos conoce y nos ama, lo que hace que sea exigente. No es un ídolo pelele que puede ser utilizado con cada uno de nosotros desea. Sólo un alma sencilla y arrepentida encuentra misericordia ante el Señor. Recordemos al Publicano sintiendo con dolor que no termina de ser todo lo bueno que desearía. Un Publicano que no se queda contento diciendo que como es incapaz, Dios le justifica, sino que se duele de su incapacidad e intenta dejar que Dios le sane.

Si el Publicano se autojustificara y se contentara con su incapacidad, no es mejor que el Fariseo que se autojustificaba por su capacidad. La clave no está en autojustificarnos y reducir todo a gradualidades, casuísticas, discernimientos positivos prejuiciosos y complicidades diversas. La clave está en saberse incapaz y sentir verdadero arrepentimiento, porque esto abre la puerta de corazón a la Gracia de Dios. Pensar que la santidad no está hecha para nosotros, Dios todo lo perdona es autoengañarnos y autojustificarnos, cuando la Verdad es Cristo que nos hace justos por la Gracia de Dios.