(Inspirado en la canción “Luz del mundo”, Betsaida 7, pista 15)


A veces no comprendo, me escandaliza o me hace daño por dentro ver que hay personas que no se comportan como se supone que deberían o se espera de ellas. Me desconcierta que en unas circunstancias sean todo sonrisas, amabilidad, te abran sus puertas, y cuando los necesitas no les va bien atenderte, o te hablan de malos modos, te dejan tirado o no son el apoyo que su cargo te hacía suponer que serían.
Esto, aun a los 42 años que tengo, me produce perplejidad, confusión y un intenso dolor interior. Me trae a la memoria eso de los lobos con piel de cordero (Mt 7, 15) y de los ciegos que guían a otros ciegos y se caen todos en el hoyo (Mt 15, 14), y para no caer en el hoyo con ellos tiendo a alejarme todo lo que puedo, aunque a veces no puedo todo lo que quisiera.
Conozco bien mi propia fragilidad, mi inconstancia, mi debilidad, mis defectos, mis malas inclinaciones, todo lo feo, bajo y malo que hay en mí. Pero me olvido de que todos los seres humanos estamos hechos de la misma pasta, todos tenemos dentro la semilla del pecado y todos tenemos a nuestro alcance la gracia de Dios para vencerlo y llegar a ser santos. Todos podemos lograrlo porque Dios lo quiere y nos da los medios.
Pero ver esa debilidad en determinadas personas me descoloca, me desencuaderna, me revuelve por dentro porque no debería pasar que alguien que es instrumento de Dios se comporte así.  Hablo de sacerdotes tibios o que lo parecen, de religiosas que no lo parecen porque no llevan hábito, de catequistas que no saben ni hacer una genuflexión.
Si yo sé que soy de la misma pasta que ellos, ¿por qué esas actitudes me producen este mal efecto? ¿Porque soy intolerante o porque tengo hambre y sed de Dios, celo por las cosas de Dios? No voy a echarlos del templo a empujones pero a veces me entran ganas, la verdad, porque de un sacerdote, de una monja y de una catequista espero un comportamiento ejemplar, intachable, edificante, que me acerque a Dios, que me ayude a ser buena cristiana, que me mueva a querer parecerme a ellos porque ellos se parecen a Cristo, a la Virgen, a los santos. ¡Y hay gente así, de verdad que la hay!
Pero estos de los que hablo me dan ganas de alejarme y no imitarlos. Sacerdotes que rara vez empiezan la misa con puntualidad, sea domingo o miércoles, que se sientan en el confesionario durante la misa dominical contados minutos, a los que no se ve nunca orando en el templo, que pronuncian homilías llenas de palabras pero vacías de contenido, sin una sola aplicación práctica para la vida de los fieles. De monjas que sabes que lo son porque te crees lo que te han dicho pero que no visten hábito, que no hacen la genuflexión ni inclinan la cabeza ante el Santísimo, que invitan a los niños a comulgar en la mano sin preguntar antes a los padres. De catequistas que en vez de hacer una genuflexión sencilla y llena de respeto parece que les dan convulsiones cada vez que pasan por delante del sagrario, que van a la misa dominical con sus grupos de niños vestidas con unas minifaldas y/o unos escotes que no son de recibo ni en la iglesia, ni en una mujer casada ni en ninguna parte, que se pasan la misa comiendo chicle y comulgan tranquilamente… y el sacerdote no dice ni pío.
A lo mejor soy radical o intolerante pero qué quieres que te diga, al pan pan y al vino vino, ya lo dijo Cristo en el evangelio: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Lc 20, 25). Y si eres cristiano aceptas las reglas del juego, como en todo y en todas partes, y Jesucristo se inventó la Iglesia como le dio la gana y dejó dicho cómo debíamos ser, vivir y actuar los cristianos. Y para lo que no dijo Él está el Magisterio de la Iglesia, que nos enseña cómo se han de hacer las cosas. Y antes de su Ascensión dejó constituido el Colegio Episcopal, y los curritos de a pie no podemos cambiar ni inventarnos nada por muy párroco, monja o catequista que seamos.  Esas personas están en una posición destacada dentro de la comunidad (parroquial, cristiana, lo que quieras) y han de ser buenas y además parecerlo. Además de desconcierto y escándalo me causan tristeza.
También conozco sacerdotes, monjas y catequistas que atraen, que tienen algo en ellos que te hace querer acercarte y averiguar qué es, y descubres que lo que tienen es a Cristo en su vida y que tú también puedes tenerlo en la tuya.
Son amigos de Cristo y procuran parecerse a Él, imitarle en todo. Hacen oración, comulgan y se confiesan habitualmente; se esfuerzan cada día para corregir sus defectos y malas tendencias; se ponen metas que los hagan mejores personas y mejores cristianos; hacen pequeños sacrificios que no nota nadie y que les fortalecen el alma; ayudan a quien se lo pide en lo que necesita y cuando lo necesita, no en lo que a ellos les va bien y cuando a ellos les va bien; siempre están alegres, serenos, sonrientes, su mirada es acogedora, uno se siente bien a su lado, ¡por eso dan ganas de acercarse!
Y cuando se les ve serios nos llama la atención porque es raro en ellos, y sabemos que les pasa algo porque no son inmunes a los problemas ni al dolor.
Esas personas son lámparas encendidas: dan luz, iluminan a su alrededor, borran la oscuridad, hacen visible el camino.
Para ser una lámpara encendida no es necesario se sacerdote, ni monja ni catequista. Yo no soy nada de eso pero ¡quiero ser una lámpara encendida! ¡Quiero ser luz del mundo y sal de la tierra!