La iglesia parroquial de la Virgen de la Paz está llena a rebosar.

Está llena de fieles que cantan el Veni, Sancte Spiritus; llena de almas purgantes que lloran de alegría en ese valle de lágrimas del que están a punto de ser liberadas; llena de ángeles, que también cantan; y de demonios que rugen de rabia y revolotean como moscones alrededor del Altar, y huyen entre rugidos ante la presencia del humo sagrado, el incienso que todo lo llena y todo lo protege.

Avanza monseñor Omella, entre cánticos y humos, y bien podría decirse que lo hace como un Gary Cooper moreno en una taberna chestertoniana. Monseñor es alto, enjuto y adusto, y su reverencia es sobria y de inclinación profunda.

El incienso persigue por los aires a los últimos demonios y el obispo se quita la mitra, que viene a ser como el stetson, y se dirige al micrófono, y habla con voz grave y se hace el silencio. Omella desenfunda palabras sencillas y sabias.

-Nos persiguen desde hace dos mil años. A la Iglesia. A los obispos. Pero estamos curtidos, sí. Nos pegan como a Nuestro Señor.

El arzobispo hace una pausa. Dice que va leer y comentar la carta a Diogneto, ese escrito del siglo II que define la vida de aquellos cristianos primeros.

-Hay que tener valor para dar testimonio de que Dios nos ama. De que Nuestro Señor Jesucristo ha dado la vida por cada uno de nosotros. ¿Nos acobardamos? Claro, nos acobardamos como los apóstoles. Pero hoy es Pentecostés. Hoy viene el Espíritu Santo. Hoy recibirán la Confirmación estos jóvenes. Y entonces tendrán el valor de dar testimonio. Sin hacer cosas raras: cada uno donde está, en su ambiente, en su trabajo, en su familia. Porque mirad…

Y empieza a leer con voz grave la carta a Diogneto:

"Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres. 

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.”

(Véanla aquí: http://www.vatican.va/spirit/documents/spirit_20010522_diogneto_sp.html)

-No matan a los hijos que conciben. Los cristianos respetan la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Y esto sorprendía a los paganos, que mataban niños, que los abortaban, como se dice ahora. Como se hace ahora. Y la vida es un don de Dios. Y, así, es digna toda vida: la del sano y la del enfermo, la del capaz y la del deficiente, la del niño y la del anciano. Toda vida es don y presencia de Dios.

Presencia de Dios. El obispo sonríe. El gesto adusto se transforma.

-¡Es precioso, es precioso! 

Y no sabemos si el obispo se dirige a los parroquianos, o a una audiencia que él ve más allá de la Cruz que preside el Altar, o habla a Alguien que también le mira y le sonríe.

-Es precioso…

Y entonces se lanza a rezar el Padrenuestro en swahili porque esta misma mañana ha visitado el Templo de la Sagrada Familia y allí está la oración en muchas lenguas.

-Y nuestra patria es el Cielo. Vivimos como peregrinos, porque peregrinamos hacia el Cielo, hermanos. Todos somos hermanos: los de Nigeria, y los de Irak, y los de Líbano, y los de Cataluña, y los de Andalucía. Hermanos. Unidos. El Cielo. ¡Es precioso!
Es precioso el testimonio de nuestros hermanos en Oriente Medio y en África. Se lo han robado todo, todo. Pero, me decían, no podrán quitarnos nuestra Fe. Nunca podrán. Esto es valentía. Son como nosotros. Pero tienen el Espíritu. ¡Es precioso!

Y el silencio se envuelve en el incienso, o el incienso en el silencio, y no se oye ni un suspiro. Y el obispo nos mira y sonríe.

Y es incluso posible que los ángeles aplaudan en silencio también, con las alas.

-Amén.

Post Scriptum: todo lo que viene escrito ha sucedido hoy, en la tarde del 14 de Mayo de 2016; y el que escribe lo ha visto y es testigo. Y agradece al párroco, mosén Claret, y al vicario, Juan Ramón, todos sus desvelos. Y lo cuenta para alegría de ustedes y esperanza de toda la Iglesia. Los confirmados fueron treinta jóvenes, que Dios, Nuestro Señor, colme de bendiciones.