Moradas sextas (I)

 

Teresa se detiene en las moradas sextas, a las que dedica casi la mitad de su libro. Hoy, en que nos adentramos en ellas, nos cuenta cómo Dios irrumpe de modo imprevisible en la vida, tal como puede sorprendernos un cometa o un relámpago o una centella o una voz inesperada en el oído, hasta conducir el noviazgo iniciado en las moradas quintas, hacia el matrimonio espiritual, acontecimiento que ocurre a solas, pues «manda el Esposo cerrar las puertas de las moradas y aun las del castillo y cerca».

 

Habiendo sobrevivido a «una muerta sabrosa» en las quintas moradas, el alma quedó determinada a tomar por esposo a Dios, pero este, por su parte, quiere hacerse desear un poco más, dar un poquito de trabajo antes de ir a más. Y, pensándolo bien, si uno supiera de antemano en qué consisten «los trabajos interiores y exteriores» que habrá de padecerse, tal vez no se animaría a seguir adelante, cree Teresa, mientras se resuelve a contar algunas de estas penalidades, «exteriores e interiores», que permiten poner de manifiesto ante el Señor que vale la pena enfrentar la adversidad y sobrellevar, por ejemplo, el surgimiento de «una grita» (un chusmerío, un conventillo, diríamos hoy) que no solo proviene de la gente que se trata, sino también y disfruta de la ironía, de la que «en su vida le pareció que se podían acordar de ella»: «que se hace la santa», que simula ante la gente, que engaña a su entorno y a sus confesores, a quienes incluso van a llevarles chismes y denuncias. Algunos que tenía por amigos se evaporan. Se sufre toda suerte de burlas, y de voz en voz se van avisando unos a otros que se cuiden de tratar a una persona semejante. «Yo sé de una persona que tuvo harto miedo no había de haber quien la confesase», afirma aludiendo veladamente a sí misma como suele hacerlo a lo largo de Las moradas. ¡Son muy pocas las personas que se atreven a hablar bien! Mejor así, piensa Teresa, porque quien anda por estas moradas sabe que todo bien procede en realidad de Dios.

Es tal el bien y la ganancia que se obtienen de estas persecuciones, que, con el paso del tiempo y la experiencia el alma se alegra, y toma «un amor particular muy tierno» por los enemigos, considerándolos ahora más bien amigos, y las penas se tornan en «una música muy suave». La santa de Ávila nos cuenta que una vez, estando afligida por la difamación y la envidia con que era acosada, entendió que el Señor le decía: «No tengas pena, que o ellos han de alabarme a mí o murmurar de ti; y en cualquiera cosa de éstas ganas tú».

«También suele dar el Señor enfermedades grandísimas», y a veces los dolores suelen ser tan extremos que el alma «no sabe qué hacer de sí». Ella misma, aunque lo confiesa por esta vía indirecta, hablando de «alguien» que ella conoce, no ha dejado de tener, en cuarenta años, ni un solo día de dolor. Pero «no da Dios más de lo que se puede sufrir», y además, da paciencia. Aun así, estos padecimientos parecen pequeños comparados a los que afligen interiormente, «porque son apretamientos y penas espirituales que no se saben poner nombre». Teresa se refiere al «tormento que da topar con un confesor» que duda acerca de todo, y que se siente sobrepasado al escuchar cosas que se salen de lo ordinario, y no hace más que sembrar sospechas que refuerzan la sensación de que todo «parece cosa soñada y que fue antojo». Son momentos muy difíciles de llevar, y solo se puede esperar la misericordia de Dios, cuya gracia parece estar muy escondida.

Sin embargo, estas moradas sextas deparan experiencias de las que ya no es posible abrigar la menor de las dudas. Se trata de «grandes mercedes» que hace Dios, a quien ahora con frecuencia Teresa llama el Esposo. (Recordemos que a partir de las moradas quintas la santa va desarrollando el enamoramiento del alma con Dios al modo de la imagen bíblica de dos novios o esposos, tal vez la representación más osada con que las Sagradas Escrituras expresan la alianza entre el Señor y su pueblo, entre Dios y el creyente pensemos tan solo en El cantar de los cantares.)

Volviendo a las mercedes, se trata de inesperadas irrupciones de Dios, «maneras con que despierta nuestro Señor el alma», como de «impulsos delicados y sutiles que proceden de lo muy interior». Se sabe que es Él, aunque se manifieste de tal modo que no se deje retener ni gozar, como una centella desprendida del brasero encendido —y el fuego es Dios— que cae en el alma, pero que no termina de quemarla, y la deja con deseos insaciables y deleitosos, de «dolor sabroso (y no es dolor)», de «dolor amoroso», de «pena sabrosa», de «tempestad sabrosa»… No se anuncia, sobreviene tan solo, «estando la misma persona descuidada» incluso, y sin estar pensando en Dios, y sobreviene como «un relámpago-trueno aunque ni se ve luz ni se oye ruido», como un cometa que se abre paso en el firmamento…, y esta visita de Dios alcanza las entrañas del alma como una flecha, «la hace estremecer y aun quejar, sin ser cosa que duele», arranca «palabras de amor» al sentirse «herida sabrosísimamente», pero «jamás querría ser sana de aquella herida». En esta oportunidad «la gente» toda esa complejidad de aspectos y dimensiones que somos «no se osan bullir: ni sentidos, ni imaginación, ni potencias», «mirando qué podrá ser», impedidos de «acrecentar aquella pena deleitosa, ni quitarla»:

«¡Oh mi poderoso Dios, qué grandes son vuestros secretos, y qué diferentes las cosas del Espíritu Santo a cuanto por acá se puede ver ni entender…!»

 

Una muy particular manera que tiene Dios de despertar el alma es hablarle, sí, hablarle con palabras, palabras que a veces proceden «de lo muy interior del alma», y otras, en cambio, «vienen de fuera», y a veces, tanto, «que se oyen con los oídos, porque parece es voz formada». Si bien es el Señor que habla, hay que tener en cuenta que las palabras son proferidas por «algún ángel», pues al menos en estas moradas «no las dice el mismo Señor». Es cierto que hay quienes puedan imaginar que les sucede algo así, pero semejante ilusión se desvanece sola. Y hasta podría ocurrir que el demonio intentase simular hablar en nombre de Dios, lo cual supone cierto peligro, claro está, al santo que ande incursionando por estas moradas en caso de que cosa muy improbable, no se acompañe con un confesor.

Pero lo cierto es que nos cuenta Teresa—, Dios da señales contundentes de que son su «poderío y señorío que traen consigo» las palabras, de tal modo que un «Soy yo, no tengas miedo», deja de inmediato en alguien que se encontraba en plena oscuridad, afligido y apesadumbrado, una paz y consolación absolutas «y con gran luz», un vivo deseo de alabar al Señor, «un recogimiento devoto y pacífico», y las palabras quedan como «esculpidas en la memoria», inolvidables, y aquellas que indican algo que sucederá en el porvenir dejan en el alma «una certidumbre grandísima», una «centella de seguridad» que habrá de prevalecer ante toda adversidad, y aunque la misma realidad se empeñara en desdecirlas, y hasta el mismo confesor pudiera calificarlas de «disparates», y aunque hubiera que atravesar dudas, combates y aplazamientos de todo tipo, tales palabras permanecen inamovibles e inconcusas, y «es grande la alegría cuando, después de mil rodeos y en cosas dificultosísimas», se ven finalmente cumplidas: «harto daño no creer que Dios es poderoso para hacer obras que no entienden nuestros entendimientos».
                                                                                     
De acuerdo a las confesiones de Teresa las muestras de amor con que Dios va enamorando al alma parecen alcanzar límites infranqueables, pero entonces nuevas puertas se abren dejando al descubierto moradas que aguardaban ocultas, cercanas y a la vez inaccesibles, moradas a la medida de Dios y a la medida de los hombres…, a la medida de Teresa al menos, que ya no quiere contentarse con la proximidad del amor, sino que se ha resuelto a entrar en los mismos aposentos del Amor. Es entonces cuando nos habla de una nueva experiencia, por medio de la cual el Señor sella el casamiento.

Pero es Dios quien hace posible «concluir este desposorio». Teresa habla de este momento del matrimonio espiritual como de una vivencia en que coexisten a un tiempo oscuridad y lucidez. Se trata de la experiencia mística del arrobamiento o éxtasis. Puede suceder en la oración o fuera de ella, cuando apenas al recordar o escuchar una palabra de Dios, parece que el Señor «desde lo interior» «hace crecer la centella que dijimos», y es como si el fuego abrasara purificando y renovando la vida. Entonces Dios y el alma se unen «sin entender aquí nadie sino ellos dos». Durante el arrobamiento los sentidos desfallecen y las potencias quedan como muertas, y hasta parece que cesa la respiración, y el alma queda «hecha una cosa con Dios», el cual «roba toda el alma para sí» y «como a cosa suya propia y ya esposa suya, la va mostrando alguna partecita del reino que ha ganado», le va mostrando «algunos secretos», «cosas del cielo», visiones de imágenes que jamás podrán perderse de la memoria. Y el Señor determina intimidad y reserva, «no quiere estorbo de nadie, ni de potencias, ni sentidos» por lo que «presto manda cerrar las puertas de estas moradas todas, y sólo en la que él está queda abierta para entrarnos».

Sí, apenas unas frases aisladas, frases poderosas y penetrantes, nos emocionan. Ella dice que es muy difícil hablar de esto, ¡pero qué bien lo hace! «¡Oh hermanas mías, que no es nada lo que dejamos, ni es nada cuanto hacemos, ni cuanto pudiéremos hacer por un Dios que así se quiere comunicar a un gusano!»

Pero cómo es posible que Teresa nos cuente qué es lo que sucede en el éxtasis, si en realidad uno se encuentra como muerto, suspendido y enajenado en ese lapso, y, según sus palabras, de no ser así «no era posible por ventura quedar con vida». Porque no se puede ver a Dios como si tal cosa, como si estuviese en uno soportar su Presencia: «ningún hombre puede verme y seguir viviendo», dice Dios a Moisés (Éx 32, 20). «Lo que yo entiendo en este caso es que el alma nunca estuvo tan despierta para las cosas de Dios ni con tan gran luz», dice, asombrada. «Parecerá imposible», «¿cómo se puede entender que [el alma] entiende este secreto?» «Yo no lo sé…». Por los efectos que suscita el éxtasis se colige que Dios ha infundido profundamente su amor como no lo ha hecho antes, ni siquiera en tan subidas experiencias como la que la santa nos ha contado a lo largo y ancho de su travesía por el castillo interior. Uno queda algo enajenado en Dios durante unos días, y «cuando el alma torna ya del todo en sí» querría «tener mil vidas para emplearlas todas en Dios, para alabarlo, y es tal «la fuerza del amor», que «siente poco cuanto hace, y ve claro que no hacían mucho los mártires en los tormentos que padecían».