Todos los días suelo mirar varios portales digitales católicos y no es raro encontrarse con una buena cantidad de planificación y organización de eventos diversos. La Iglesia intenta estar presente en el mundo utilizando los mismos medios y formas que el mundo utiliza. Conferencias, presentaciones de libros, apertura de capillas, visitas de obispos, declaraciones de cardenales, etc, son lo más frecuente. Es raro encontrarse con algo que no nos llame a movilizarnos y formar parte de la presencia católica en la sociedad. Esto, es principio, no es malo. No es malo porque tenemos que ser testigos en medio del mundo y cuando se tercie, utilizar los areópagos que tenemos disponibles. ¿Entonces qué razón para que indique esta forma de actuar? 

El testimonio cristiano tiene una parte de apariencia, reclamo y promoción, ya que encerrados en nuestras casas poco podemos testimoniar el Señor. El problema es cuando hacemos de estas actividades el objetivo y centro de la evangelización. No andamos por el Camino cuando utilizamos estrategias de marketing para que se nos vea y parezcamos, al menos, tan “atrayentes” como cualquier reclamo de la sociedad de consumo. Muy bien, hay que estar presente, hay que saber llamar la atención, pero ¿a quién y cómo? ¿Hasta dónde las apariencias son aliadas o enemigas del Mensaje Cristiano? 

«Yo soy el camino, la verdad y la vida.» Con estas palabras Cristo parece decirnos: «¿Por dónde quieres tú pasar? Yo soy el camino. ¿Dónde quieres llegar? Yo soy la verdad, ¿Dónde quieres residir? Yo soy la vida.» Caminemos, pues, con toda seguridad sobre el camino; fuera del camino, temamos las trampas, porque en el camino el enemigo no se atreve atacar –el camino, es Cristo- pero fuera del camino levanta sus trampas... 

Nuestro camino es Cristo en su humildad; Cristo verdad y vida, es Cristo en su grandeza, en su divinidad. Si tú andas por el camino de humildad, llegarás al Altísimo; si en tu debilidad no menosprecias la humildad, tú residirás lleno de fuerza en el Altísimo. ¿Por qué Cristo ha escogido el camino de la humildad? Es a causa de tu debilidad que estaba allí como un obstáculo insuperable; es para liberarte a ti que un tan gran médico ha venido hacia ti. Tú no podías ir hacia él; es él quien ha venido hasta ti. Ha venido para enseñarte la humildad, este camino de retorno, porque es el orgullo el que nos privaba de llegar a la vida que nos había hecho perder... 

Entonces Jesús, siendo nuestro camino, nos grita: «¡Entrad por la puerta estrecha!» (Mt 7,13). El hombre se esfuerza para entrar, pero la hinchazón del orgullo se lo impide. Aceptemos el remedio de la humildad, bebamos esta medicina amarga pero saludable... El hombre, hinchado de orgullo pregunta: «¿Cómo podré entrar yo?» Cristo nos responde: «Yo soy el camino, entra por mí. Yo soy la puerta (Jn 10,7) ¡por qué buscas en otra parte?» Para que tú no te extravíes, él lo ha hecho todo por ti, y te dice: «Sé humilde, sé dócil» (Mt 11,29). (San Agustín. Sermón 142) 

En toda acción ostentosa, socialmente llamativa está presente la soberbia de quien cree que llamando hacia sí a las personas, él los llevará hasta Cristo. Es cierto que el evangelizador es el medio que Cristo utiliza para llegar a quienes necesitan de Él, pero una cosa es transparentar a Cristo y otra presentarse como líder, protagonista o incluso, como segundo salvador. Cristo es Camino, Verdad y Vida, como bien nos recuerda San Agustín. Nosotros, cuando actuamos con sencillez, humildad y prudencia somos los adoquines de camino, las hojas de papel donde la Verdad se manifiesta o el sustrato materia donde se manifiesta la vida. Pero no somos ni camino ni verdad ni vida, como algunas veces nos creemos. “Aceptemos el remedio de la humildad, bebamos esta medicina amarga pero saludable”. Aceptemos dejar a Cristo el primer lugar, El es quien salva, El es quien nos ofrece su mano pasa impedir que nos ahoguemos. El evangelizador sólo ayuda a que el evangelizado sea capaz de reconocer la mano de Cristo, poco más. 

Es interesante pensar en quienes son los receptores del Evangelio. No son los soberbios, ni los ricos de sí mismos, ni quienes creen estar por encima de Dios mismo. Los receptores son los cansados, doloridos, enfermos, agotados por una vida sin sentido ni Verdad. Llenar un estadio con diez mil personas que vienen para ver y que se las vea estar presente, no nos permite llegar a quienes realmente necesitamos el Mensaje de Cristo. El Mensaje de Cristo, el Evangelio, es algo que tenemos que recordar y aceptar de forma constante cada día y cada minuto. Si nos creemos salvados por nuestras “capacidades”, rápidamente olvidaremos el Mensaje. Ya no lo necesitamos. Ahí está el peligro real. 

Como comentaba en varias entradas anteriores, el mejor medio de evangelización es la santidad personal. Es lo que nos prepara para dar testimonio de Cristo y ser signo de contradicción en medio de un mundo lleno de soberbia y apariencias. La santidad tiene muchas manifestaciones, la primera es la coherencia. Reconocernos en los pecados de los demás y saber llamar a la conversión a los demás, poniéndonos el primero en la cola de incapaces de dar un paso por sí mismos. Cuando un lee a cualquier persona que tacha a los demás de hipócritas, deberíamos vernos reflejados en esa actitud y hacer penitencia de humildad. ¿Hipócritas? Yo el primero. ¿Pecadores? Yo el primero ¿Necesitados de la Gracia de Dios? Yo el primero. Dedicarse a señalar a quienes miran la paja en ojo ajeno, sin darse cuenta de la vida en el propio, nos impide ver la doble viga que llevamos en el ojo propio. 

Muchas veces somos llamados a ser misericordiosos y señalar el error de nuestro hermano. En este caso el Evangelio se presenta como redentor de los errores propios y ajenos. Esta acción de corrección debería ser personal primeramente y realizada a través de un diálogo que permita discernir. Debemos dar un toque asumiendo que el primero que cae continuamente en el mismo error soy yo mismo. ¡Por eso soy capaz de reconocer el error con tanta facilidad! Si nuestro hermano no atiende, es posible que podamos ayudar a otras personas indicando el error sin señalar nombre alguno y de nuevo, señalando que los primeros en caer somos nosotros mismos.  Puede ser que nuestro hermano se sienta reconocido dentro del anonimato y se lance contra nosotros por hacerle sentir mal y creerse descubierto frente a los demás. No pasa nada. Hay que aguantar el chaparrón y orar por él o ella. Tarde o temprano, si acepta la Gracia de Dios, podrá darse cuenta de que tuviste misericordia con él y lo hiciste por su bien.