TEMA
LA VOCACIÓN


INTRODUCCIÓN (En especial para los Catequistas)
Todos hemos sido creados por Dios con una misión concreta. Dios no nos lanza al mundo, y que cada uno se vaya defendiendo como pueda, y que elija la profesión que más le guste para ganar más dinero...

Dios, al crearnos, pensó en nosotros para ocupar un puesto en el mundo; nos ha creado para cumplir una misión y nos ha dado las cualidades necesarias para cumplirla, de manera que el sentido de nuestra vida es cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado. Llega un momento en que, de una u otra manera, nos manifiesta esta misión y nos invita a realizarla. Es lo que llamamos vocación.

Es un nuevo gesto de amor del Señor. Se fía de nosotros y está dispuesto a ayudarnos hasta donde sea, por nuestro bien y por el bien que podemos realizar.

Para descubrir si una vocación concreta es la nuestra, se requiere que tengamos cualidades para vivirla, que tengamos cierta inclinación hacia ella, y buena voluntad para asumirla. Es lógico que sea así, porque es imposible que Dios juegue al escondite con nosotros en algo tan importante.

PARÁBOLAS Y EJEMPLOS
PARÁBOLA DE LOS TRES BUSCADORES

(No hay que seguir buscando lo que ya se ha encontrado)

Érase una vez un hombre que estaba buscando siempre. Nadie sabía lo que buscaba, pero siempre estaba buscando. ¿Qué buscaba? Una chica para casarse con ella. La encontró; le propuso el matrimonio, se casó, pero seguía buscando; ¿qué? ¿otra chica? Nadie lo supo, pero lo lógico hubiese sido que una vez encontrada la chica con la que se casó, no siguiese buscando sino que se dedicase a amar mucho a su esposa y dejarse de nuevas búsquedas.

Había otro que también buscaba. ¿Qué buscaba? Cuál era su vocación. Descubrió que era la consagración al Señor en el sacerdocio, pero, a pesar de haberla encontrado, seguía buscando. Y es que no se atrevía a aceptarla ni a comprometerse para siempre, por si acaso se encontraba con alguna chica con la que le gustaría casarse, y ya no podía por haber optado definitivamente por el sacerdocio.

La tercera clase de búsqueda es la de una chica que también estaba buscando su vocación; no le acababa de llenar el matrimonio y no acababa de decidirse por la vida consagrada. También estaba buscando. Consultaba con un director espiritual y con otro, porque no se decidía a consagrase. Al cabo de muchos años, un sacerdote se encuentra con una anciana que, apoyada en un bastón acude a consultarle para que le aconsejase sobre su vocación, ya que se había pasado la vida buscando y no la había encontrado. Era la misma chica.

Los tres buscaban lo que les gustaba o creían que les convenía, no lo que Dios quería de ellos, que es lo que debían haber buscado.

Cuando uno busca, desde el momento en que encuentra lo que busca, ya no sigue buscando. Cuando lo ha encontrado lo que hay que hacer es disfrutar de lo que hemos encontrado. Y si Jesús es la plenitud de la divinidad, ¿qué más hemos de buscar que no hayamos encontrado en Él?

Más que buscar, lo que hemos de hacer es vivir el encuentro con Él, ya que la verdadera felicidad no está en hacer lo que más nos gusta, sino lo que más le gusta al Señor.

CHARLANDO CON JESÚS

Ya me has explicado los distintos servicios que hay en la Iglesia, el Papa, los obispos, los sacerdotes, los consagrados, los seglares... Cuando sea mayor ya veré cuál me gusta más.

Nada de eso. La vocación no consiste en escoger lo que a cada uno le conviene, como cuando uno escoge en cualquier tienda lo que más le gusta. La vocación es una llamada que yo hago a mis amigos para que me ayuden a salvar a todos los hombres. A unos los llamo para un servicio; a otros, para otro. No es cuestión de que cada uno vaya eligiendo lo que más le gusta, sino de que me escuche, para hacer lo que a mí me gusta.

Hay niños que no quieren escuchar mi llamada porque no se atrevan a decidirse a ser lo que yo quiero que sean; pero no es eso lo que hacen mis amigos.

Vocación, llamada y dificultades
Bien, pues te pregunto, Jesús, ¿cuál es el servicio que quieres que yo te preste en tu Iglesia? Porque si estuviésemos siempre hablando como ahora... ya me lo dirías con claridad, pero ¿cuándo y cómo me lo vas a decir? ¿Cómo lo puedo saber?

Lo sabrás en su momento. Ya te lo diré, ya; descuida. Lo importante no es cuándo te lo voy a decir, sino que cuando te lo diga, estés dispuesto a darme gusto y a ayudarme. La respuesta a la vocación es cosa de amigos. Si me quieres de verdad y ves que te necesito, has de estar dispuesto a ayudarme ¿no? Ya sabes que lo único que he querido, y que quiero, es salvar a todos los hombres; para ello, necesito de mis amigos, especialmente de mis amigos los Niños.

Venga, Jesús, dime ¿Qué te gustaría que yo fuese?

Te repito que ya te lo diré. No seas impaciente. A cada uno le voy diciendo en su interior lo que quiero que sea. Si quiero que uno sea sacerdote, o casado, o que se consagre en exclusiva a mí y a mi Iglesia, ya sea en un convento o en su casa... normalmente se lo voy diciendo poco a poco. Tú procura atender a lo que te diré en la intimidad del corazón. Y procura no echarte atrás cuando te lo diga; no olvides que yo he dado mi vida por ti y que tú debes estar dispuesto, si te consideras amigo mío, a darla por mí.

Nunca tengas miedo de darme gusto, porque yo ayudo a todos los que se deciden a agradarme; hay algunos que no se deciden a prestarme el servicio que les pido por no complicarse la vida. Supongo que tú sí te atreverás. Porque somos amigos ¿no? Pues sigamos siendo amigos y ya te iré diciendo en su momento, lo que quiero de ti para el futuro.

Sí, Jesús; puedes contar conmigo para lo que quieras. ¡Claro que me voy a atrever a darte gusto! Pero con una condición, que tú estés siempre muy cerca de mí para ayudarme.

No temas, yo estaré siempre contigo. Pero ¿quieres que te pida cosas fáciles o difíciles?

Ay, Jesús, Jesús, me haces cada preguntita... Mira, me pongo en tus manos y ayúdame para que sea uno de tus mejores amigos. Pero ayúdame, ¿eh?

¿Y por qué necesitas tanto de los niños? ¿No te parece que somos muy pequeños para decidir lo que hemos de ser de mayores?

Los niños son los que mejor responden a mi llamada. ¿Y sabes por qué? Porque sus almas están limpias; cuando me conocen me quieren mucho y están dispuestos a lo que sea, con tal de darme gusto. Después, de mayores, a veces no están tan limpios en sus almas; aunque también hay jóvenes con el alma muy limpia, que tienen una gran amistad conmigo y que están dispuestos a lo que sea. Lo cierto es que los niños son muy generosos conmigo.

¿Qué he de hacer pues yo ahora?

Lo que hizo el profeta Samuel. No sé si sabes que Samuel, de niño, vivía en el Templo; una noche oyó que lo llamaban y acudió al sacerdote Elí, creyendo que era él quien le llamaba; éste le dijo que no le había llamado; se repitió esto varias veces, hasta que Elí le aconsejó: si vuelves a oír la voz, di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Así lo hizo; Dios le habló y empezó a ser profeta del Señor. Espero que tú me escuches y te portes conmigo como un buen amigo.

¿Y si veo que me llamas para ser sacerdote o para dedicarme a ti en la vida consagrada, y mis padres no me dejan?

Los padres tienen el deber de ayudar a sus hijos a descubrir su vocación y a seguirla. Hay padres que ayudan mucho a sus hijos para seguir su vocación.

Otros dicen que son muy pequeños para ir al seminario, y que es preferible que primero estudien una carrera y después que decidan.

Otros no quieren de ninguna manera.

Claro, si tus padres no quieren, no vas a marcharte de casa; podrás hacerlo cuando seas mayor de edad. Pero, aunque seas pequeño, puedes insistir ante ellos para convencerles.
¿Y si me equivoco y creo que me llamas y, en realidad, no me llamas?

¡Qué manera de hacer preguntas! Supongo que no me las haces para ver la manera de escabullirte por si te pido que me sigas en el sacerdocio o en la vida consagrada.

Para asegurarte de cuál es tu vocación, consúltalo con tus padres o con algún sacerdote o catequista. Por la experiencia que tienen te podrán orientar. Aunque no vas a poder acertar si no estás dispuesto a hacer por mí, no lo que te gusta, sino lo que me gusta, sea lo que sea.

ORACIÓN

Querido Jesús: En primer lugar, te damos gracias porque nos quieres. Los niños también te queremos.

También te damos gracias por los sacerdotes y consagrados que nos has dado. Les queremos, de verdad. Pero ¿no te parece que tenemos muy pocos? Tanto los sacerdotes como las personas consagradas van siendo muy mayores; y a veces, les damos algún dolor de cabeza porque a los niños nos gusta estar siempre jugando, y no hay quien nos aguante.

¿Sabes qué, Jesús? ¿Por qué no nos llamas a algunos de nosotros? Anda, anímate, Jesús. Si nos llamas, te diremos que sí; seguro. Fíate de nosotros. Ya sabes que los niños somos tus mejores amigos. Te queremos, Jesús, y no te vamos a dejar solo. Faltaría más.

¿Y sabes qué también? Que ya desde ahora, te damos gracias por las vocaciones sacerdotales y consagradas que nos va a dar, porque seguro que nos las vas a dar. ¿Verdad que sí?

Y ahora, otra cosa, y te la digo haciéndote una escuchita. ¿Qué te parece si llamas en exclusiva para ti a alguno de nuestros catequistas? ¿Verdad que son muy buenos y lo podrían hacer muy bien? Seguro que, si los llamas, te van a decir que sí, porque son también muy amigos tuyos. Y seguro, seguro, que van a ser muy felices.

Venga, procura animarles un poquito, y verás cómo algunos te responden pero que muy bien.

José Gea