El Sr. Pepiño Blanco –discúlpeme el Sr. ministro, pero si le llamo José Blanco ya no sé ni de quien hablo- ha expresado ayer con su proverbial claridad –y lo digo sinceramente, es un hombre que a pesar de su falta de formación se expresa con claridad- una de las grandes, -y dramáticas-, verdades del momento. Ha dicho: “Uno no es ministro por méritos propios ni por curriculum académico, uno es ministro porque el presidente del Gobierno así lo decide”. Y hace bien en señalarlo D. Pepiño, porque lo cierto es que nunca había rayado tan bajo en España el nivel de quienes calientan las sillas del que debería ser el club más selecto del país, el Consejo de Ministros.
 
            Hablando de la ministra Chacón cuando la metedura de pata de Kosovo, me decía un amigo: “Déjala, hombre, ya aprenderá, ¿no ves que es muy joven?” ¡Pero si es que no es eso! A un ministerio no se viene a aprender como el que hace un stage o una pasantía. A un ministerio se viene muy aprendido, con un plan preconcebido y a impartir doctrina, nunca a aprender.
 
            Uno creía que las más altas magistraturas del estado, los ministerios, las Cortes, las secretarías de estado, las subsecretarías, eran una especie de trono al que sólo se accedía tras una dilatada carrera siendo el mejor o estando entre los mejores en aquello que se hacía. Una de esas cosas que ha representado el “todo vale” que con tanta rapidez aprendemos a conjugar desde que el Sr. Zapatero gobierna este país, es que, igual que se puede vestir de “cualquier” manera para entrevistarse con el hombre más poderoso del mundo, “cualquiera” puede ser también lo que se le antoje en cada momento, incluído ministro, diputado o senador, sin otra condición que la de ser nombrado por quien puede hacerlo, quien, a su vez, no está condicionado por otra cosa que no sea su santa voluntad.
 
            El problema se agudiza más aún si cabe, cuando quien tiene esa capacidad, además de haber acumulado él mismo mérito ninguno y tener escasísimos conocimientos de casi nada, es por eso mismo, inseguro y desconfiado, y prefiriendo la adulación al consejo, la pleitesía a la leal colaboración, a la hora de seleccionar a sus auxiliares, sólo elige a los capaces de hacerlo aún peor que él, no sea que por hacerlo mejor, alguno le haga sombra.