El cristianismo del siglo XXI esta seriamente condicionado por la postmodernidad. El ser humano postmoderno pone su confianza en la técnica y una sociedad paternalista que le resuelve sus problemas y carga con sus responsabilidades. Los cristianos hemos olvidado la importancia de Sacramentos y de la Liturgia, porque ignoramos y desdeñamos la Gracia de Dios. Cristo mismo espero al bautismo para iniciar su misión: 

Cristo, pues, se mostró desde el principio con muchas maravillas; mas ya que no quisieron verlas, se ocultó por algún tiempo para mostrarse luego nuevamente por más brillante principio. Entonces, ya no fueron los magos, no fue ya una estrella, fue el Padre mismo quien le proclamó desde el cielo sobre las corrientes del Jordán, fue el Espíritu Santo quien descendió e hizo resonar aquella voz gloriosa sobre la cabeza del bautizado, fue Juan quien con toda libertad le proclamaba por todos los rincones de Judea y llenaba toda la tierra —la habitada y el desierto— de esta enseñanza, fue sobre todo el testimonio de sus milagros: la tierra, el mar, la creación entera, levantaron su voz más clara para proclamarle Hijo de Dios. (San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el evangelio de San Mateo, 7) 

Cristo no se bautizó para ser hijo de Dios, porque ya era el Hijo de Dios. Cristo no se bautizó para que se le perdonaran sus pecados, porque era y es Dios. Cristo no se bautizó para formar parte de una comunidad, porque El es el centro de toda comunidad cristiana. Cristo no se bautizó como festejo de su conversión o nacimiento, porque Él es Dios. 

El bautismo de Cristo es una nueva Epifanía, una manifestación de Dios uno y trino. La evidencia de que estaba unido al Padre y al Espíritu Santo de forma completa. Si recordamos el pasaje Evangélico, la voz de Dios Padre se hizo presente, el Espíritu Santo se posó sobre Él y todos los presentes pudieron darse cuenta que a partir de ese momento Dios habría al mundo de forma directa. Nos podríamos hacer una pregunta ¿Es nuestro bautismo similar al de Cristo? Cuando somos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, estamos reviviendo el bautismo de Cristo. De igual forma que en la Eucaristía se produce el mismo sacrificio que en el Gólgota, en la pila bautismal, se produce la misma manifestación que en Jordán. A partir de ser bautizados tenemos en encargo de llevar la Buena Noticia, el Evangelio, a las demás personas. Aunque la mayoría de los cristianos no lo tengan claro, el Bautismo no es una ceremonia o celebración social que se realiza cuando nace un niño. Es algo muy serio que nos implica y compromete. 

Imitadle a él vosotros también, os lo suplico, y no solamente podréis ser llamados «nuevos iluminados» para dos, tres, diez e incluso veinte días, sino que también mereceréis este apelativo después de transcurridos diez, veinte o treinta años y, por así decirlo, durante toda vuestra vida. Efectivamente, si por medio de la práctica de las buenas obras nos esforzamos por hacer más resplandeciente la luz que hay en nosotros, quiero decir, la Gracia del Espíritu, de modo que nunca la dejemos extinguirse, gozaremos de ese nombre a lo largo de todo el tiempo. Porque, lo mismo que es posible que el que ayuna, vela y demuestra una conducta digna sea perpetuamente un «nuevo iluminado», así también, a su vez, es posible volverse indigno de este nombre con un solo día de negligencia. (San Juan Crisóstomo. Homilías Bautismales, 9, 20) 

¿Qué sentido tiene haber sido bautizados y que nada cambie en nosotros? Imitemos a Cristo tal como nos dice San Juan Crisóstomo. No lo imitemos unos pocos días, intentemos imitarle todos los días, porque quien se esfuerza recibe el auxilio de Dios. No dejemos para mañana nuestra dar el primer paso para dar sentido a nuestro bautismo. El momento es ahora mismo.