Iniciamos un año nuevo, lo que propicia mirar atrás y ver cómo hemos administrado los bienes que Dios nos ha dado. Sin duda tenemos que pensar y orar mucho y sobre todo, dejar que sea Cristo quien nos lleve de la mano al arrepentimiento. Arrepentimiento que es la puerta de la misericordia (miser + cordis) de Dios. La misericordia es la capacidad de sentir la desgracia de quien sufre y compadecerse de él. Quien no sufre (miser) por los pecados cometidos, no es capaz de aceptar, la mano de Dios (cordius) que nos salva, porque su soberbia lo impide.

Nuestros talentos, pertenencias, empatía, caridad, son dones de Dios y Dios quiere que le devolvamos lo que nos ha prestado con alguna ganancia. ¿Qué pasa cuando administramos mal estos dones? Podemos pensar en la Parábola del administrador desleal. 

Entonces se le quita la administración, conforme a lo que sigue: "Y le llamó y le dijo: ¿Qué es esto que oigo decir de ti? Da cuenta de tu administración, porque ya no podrás ser mi mayordomo". Todos los días nos dice lo mismo el Señor, poniéndonos como ejemplo al que gozando de salud a mediodía muere antes de la noche y al que expira en un festín. Así es como dejamos la administración de varios modos. Pero el buen administrador, que tiene confianza debida a su administración, desea ser separado de este mundo y estar con Cristo, como San Pablo (Flp 3,20), mientras que el que se fija en los bienes de la tierra, se encuentra lleno de angustia a la hora de su salida de este mundo. Por tanto, se dice de este mayordomo: "Entonces el mayordomo dijo entre sí: ¿Qué haré yo, porque mi señor me quita la administración? Cavar no puedo, de mendigar tengo vergüenza". Cuando falta fuerza para trabajar es porque se lleva una vida perezosa. Nada hubiera temido en esta ocasión si se hubiese acostumbrado al trabajo. (San Juan Crisóstomo. Tomado de la Catena Aurea) 

Creo que es bueno hacer un examen de conciencia tranquilo. Por una parte las ocasiones en que hemos ido contra la Voluntad de Dios, impidiendo que la Gracia nos moviera hacia el bien. Por otra, las veces que nuestros intereses han primado sobre la Voluntad de Dios. ¿En qué hemos fallado? Tal vez Cristo hubiera querido que hubiéramos luchado un poco más o que nuestra soberbia no se hubiera hecha la dueña de la situación. ¿Cuantas veces nos faltó humildad y respeto? ¿Cuántas veces hemos querido imponernos nosotros, ocultando a Cristo detrás? ¿Hemos querido ser nosotros los que aparentemente salvamos y damos sentido a los demás? ¿Cuántas veces hemos querido ajustar la Ley Natural y la Revelación a lo que nos ha convenido? ¿Cuántas veces, hemos querido ser los protagonistas aplaudidos por los medios del mundo? Salir en revistas, ser el centro de la atención de todos, etc. ¿Hemos manipulado los fundamentos de nuestra fe para ajustarlos a los diferentes auditorios y hemos dicho lo que las demás personas querían escuchar? 

Pensemos en la Iglesia y la comunidad cristiana donde vivimos nuestra fe. ¿Qué hacemos por la unidad, la correcta disciplina de los sacramentos, la veneración de la Palabra de Dios, etc? Todos los dones que Dios ha depositado en nuestras manos ¿Han sido utilizados para dar mayor gloria a Dios? ¿Hemos sido capaces de administrarlos con fidelidad y desprendimiento? El buen administrador desea el bien de su Señor, porque su bien es también nuestro propio bien. El administrador desleal, busca aprovecharse de los dones, utilizándolos para su bien personal. Hoy en día llegamos a pensar que tenemos derecho a actuar de forma injusta con estos dones, utilizándolos para que otras personas nos consideren misericordiosos o caritativos, cuando sólo actuamos de forma cómplice. En la Parábola, el administrador desleal, busca ganarse un futuro prometedor perdonando las deudas a los deudores de su señor. Espera que esto genere agradecimiento y poder seguir viviendo con tranquilidad. ¿Hacemos esto nosotros? 

¿Cómo nos hemos relacionado con nuestros hermanos? ¿La caridad ha sido la melodía que nos ha guiado o tal vez hemos optado por la complicidad? ¿Hemos sido conscientes de indicar los errores de los demás, con caridad y sensibilidad? Esto es lo que quiere Cristo de nosotros. Si nuestros hermanos no han recibido con ánimo positivo nuestras indicaciones ¿Hemos optado por hacer daño o por dar un paso atrás y orar sinceramente por ellos? Hemos sido capaces de recibir las correcciones de los demás con ánimo positivo y sereno? ¿Hemos señalado, con igual caridad y agradecimiento, aquello en que la corrección puede estar errada? La Iglesia necesita de la unidad real entre nosotros, no de los silencios cómplices y la indiferencia. 

Recemos al Señor para que el arrepentimiento anide en nosotros. El don de lágrimas es imposible que anide en un corazón lleno de orgullo y desconfianza. Estamos en el año de la misericordia, un año que busca nuestro arrepentimiento, humildad y entrega confiada al Señor.