Reproducimos a continuación, con permiso de su autor el padre Miguel de Bernabé, un fragmento de su libro “El Evangelio vivido" donde nos brinda una profunda reflexión sobre los Misterios de Dios.   

 “Meditando sobre la Navidad, repentinamente me doy cuenta que he de realizar, en el corto intervalo de dos horas, los dos más grandes esfuerzos intelectuales que son dado exigirle a un ser humano. Desde luego el cielo se nos dará gratis, pero es cierto que se comprende que Dios se complazca en el héroe, la heroína que los realiza, y le recompense desvelándole, un día feliz, el Misterio de los misterios, Dios.

 Por gozosa coincidencia resuena en el equipo de música la suave melodía del Ave Maris Stella que acompañará en este desentrañar de uno de los dos máximos esfuerzos, el del Nacimiento de un niño que es Dios. El otro ocurrirá dentro de unas horas, en la Eucaristía, cuando en mis trémulas manos, mire una blanca hostia, que ya no lo será, porque en su lugar, ¡estará Dios!

 ¡Cómo no estremecerse, no sentir un escalofrío al obligarse a creer, ante un Pesebre (con mayúscula) que allí nació Dios! Y por si fuera poco, el otro máximo esfuerzo: ¡un trozo de pan que es Dios! En verdad que no nos merecemos el Cielo, pero nuestros ojos se nos llenan de lágrimas de agradecimiento ante la bondad del Señor Omnipotente que con un milagro perpetuo y una historia maravillosa, nos concede la posibilidad de ganarnos el Premio de los premios, con algún pequeño mérito de nuestra parte: la Fe de creer que Cristo se hizo niño en un pesebre; y que no contento con esto, en cada Misa se hace realidad en una blanca hostia.

 Recordemos la historia: un pueblecito, Belén, repleto de gente, que como la Sagrada Familia estaban allí por causa del famoso censo imperial. Un San José, buscando desesperadamente un lugar donde alojarse, y no encontrándolo. Una Virgen María, tratando dulcemente de tranquilizarlo… Y por fin un descorazonado carpintero, ofreciendo desolado a su esposa el único lugar encontrado, un escondido establo. Como Dios le da a entender (y que emocionante asociación de ideas produce la frase) limpia el pesebre, coloca sus pobre mantas tratando de hacer un lecho decente, y… alucinado, es testigo del impresionante suceso: el nacimiento del Niño Dios.

 Lo ve y no lo cree; lo cree y no se atreve a mirar; mira de soslayo y vuelve los ojos devorándolo con la vista… y al fin, cuando su esposa con delicado ademán lo invita a acercarse, San José, intimidado se aproxima, y consternado comprueba que a fuerza de desearlo, ahora no ve sino vagamente al Niño; luego se da cuenta que sus ojos empañados de lágrimas son la causa. Haciendo un tremendo esfuerzo, consigue dominarse y por fin contempla arrobado lo más inverosímil que jamás ojos humanos han podido ver: ¡Dios hecho Niño!

 Y conmocionado, mientras se aproxima y se arrodilla anonadado, es humano que le martillee en el cerebro el pensamiento acuciante: ¿Y este niño que contemplo es Dios, mi Dios? Y si el buen San José hubiera sabido de astronomía tendría que exclamar para sí: ¿De modo que este pequeño es el que ha creado esa colosal estrella que si se coloca entre el Sol y la Tierra, no cabe mas que ¡ la mitad! ¡Y es simplemente una entre millones! Y quizás añadiera: Pero si me fijo en un átomo que por diminuto ni siquiera puedo ver, resulta que un electrón dentro de él se mueve holgadamente como una abeja en una catedral?

  ¿Y Nuestra Señora? ¿Qué estará pensando a la vista de Su Niño? Quizás se diga, ahora comprendo por qué Señor, me hiciste traspasar el límite de lo humano; y entiendo mejor la frase “prepararme para la misión de Madre de Dios” que probablemente comprendí  sin entender cuando me llevaste por un instante (¿o fueron largas horas?) a la Otra Dimensión. Y por qué, cuando entré en la Séptima Etapa, me mostraste las maravillas del Cielo y pude ver la Presencia Inefable, y oír y mirar lo que nunca un oído y un ojo humanos pudo jamás oír y ver. Y hasta comprendo mejor cuando aquel día inolvidable me hiciste, ¡Oh Dios mío! Experimentar lo que es abismarse en el océano de luz de la Sublime Divinidad.

 Y las trémulas manos, con exquisito cuidado sostienen en su regazo al Niño hacia el cual, el bellísimo rostro se inclina reverente, en tanto que los ojos le miran con el infinito amor de la que es desde ahora la bienaventurada esclava del Señor, a la vez que la infinitamente feliz  Madre de Dios”

  
Los Tres Mosqueteros os deseamos una feliz Nochebuena y un alegre día de Navidad.

Los Tres Mosqueteros