Los atentados en París y sus secuelas, han puesto de manifiesto no sólo la difícil situación que se vive en Francia y en otras naciones europeas, sino también algo mucho más grave, que está en la raíz del problema: el fracaso de una política de integración por parte de Occidente hacia los inmigrantes musulmanes.

Esa política consistía esencialmente en ofrecerles un “sueño europeo” hecho sobre todo de materialismo, un mundo sin alma y sin Dios. Por si fuera poco, esa promesa nunca se cumplió para la mayoría, pues por motivos diversos y por culpa de unos y otros, la minoría musulmana se relegó o fue relegada a unos barrios periféricos de las grandes ciudades, con un nivel de vida muy bajo. En estos barrios –el de Saint Denis es sólo un ejemplo- pronto se expandieron con éxito los islamistas radicales que, curiosamente, encontraron más adeptos entre la segunda o tercera generación de inmigrantes que entre los que habían llegado al país de acogida años antes. Estos jóvenes, de nacionalidad francesa o belga o inglesa o alemana, nacidos en esos países y educados en sus colegios públicos, ya no creían, como sus mayores, en el “sueño europeo”, pues habían constatado que Europa no podía ofrecerles más que las sobras de su festín. No teniendo ningún aliciente material por el que luchar, fácilmente se entusiasmaron con otra bandera, con un ideal que les parecía más auténtico que el del euro y que llenaba su alma: el Islam más radical. Algunos de ellos se han alistado en las filas del ejército islámico o de Al Qaeda, pero son muchísimos más los que no han dado ese paso pero secretamente comparten sus planteamientos. Así hemos llegado a una situación que ha sido descrita por el primer ministro francés como la de una guerra diferente, pues el enemigo está fuera –aludiendo al Estado Islámico de Siria e Irak- y a la vez está dentro –refiriéndose a los jóvenes terroristas nacidos en el país que atacan-. De momento, esta guerra se está librando con armas, quizá porque ahora mismo no quede otro remedio, pues no se puede permitir que nadie ponga bombas en estadios o dispare a la gente que va por la calle. Sin embargo, si alguien piensa que esta guerra se va a ganar así, está muy equivocado.

Por eso es necesario plantearse en qué se ha fallado y ver cómo se puede ir a la raíz para intentar solucionar el problema. El “sueño europeo” que se les ofreció a los musulmanes es un mundo si Dios y ese es el primer y más grave fallo. El cristianismo no es enemigo del Islam, aunque los islamistas estén atacando salvajemente a los cristianos allí donde pueden hacerlo; lo que estos radicales desprecian más es el mundo sin Dios, el mundo vacío de todo lo que no sea poder, dinero o sexo, que les ofrece Europa. No en vano, la revista “Charlie Hebdo” era más agresiva contra la Iglesia que contra el Islam y la canción que se cantaba en la discoteca parisina cuando empezaron los disparos era “Besa al Diablo”.

Una Iglesia secularizada en una sociedad secularizada no puede ofrecer una alternativa espiritual al Islam, ni al moderado ni al radical. Y una sociedad secularizada que ataca cada vez más a la Iglesia, se hace más débil para defenderse de los radicalismos religiosos no cristianos, cada vez más violentos. La Europa del futuro puede que no sea cristiana, pero desde luego no será atea. Lo ocurrido en París demuestra que la Europa de la Ilustración, la Europa que proclamaba orgullosamente que se puede vivir como si Dios no existiera, está muriendo. Europa o será cristiana o será musulmana, pero no será atea. La Ilustración ha fracasado. Esta es la elección que deben hacer los que odian a la Iglesia y viven para destruirla. Con su odio, les están entregando el continente a los musulmanes y ni la policía más eficaz ni las armas más modernas lo podrán impedir.