La primera vez que me encontré con personas con una deficiencia mental, descubrí la realidad de los muros, de esos que encierran, de los que impiden el encuentro y el diálogo. Estos muros se encontraban en primer lugar en los hospitales psiquiátricos y en las instituciones que visité. Raphaél y Philippe estaban escondidos tras gruesos muros. Les invité a venir a vivir conmigo a esta pequeña casa que llamé El Arca, en el pueblo de Trosly. Daba directamente a la calle. Philippe y Raphaél daban miedo a algunos habitantes del pueblo o inspiraban una piedad malsana a ciertos visitantes. En ocasiones me consideraban como alguien «maravilloso» porque me ocupaba de personas «así». Conforme iba creciendo mi amistad con estos dos hombres, más herido me sentía ante tales actitudes u observaciones. Poco a poco fui descubriendo hasta qué punto nuestra sociedad rechazaba a los hombres y mujeres con una deficiencia mental, considerándolos como un fallo de la naturaleza, como infra-humanos. Se levantaba un muro psicológico que no permitía que se les considerase como personas. A veces detectaba estos muros en el interior de mímismo, cuando no conseguía escuchar a Raphaél y a Philippe...


Jean Vanier, Cada persona es una historia sagrada