Continuando con el artículo de anterior, correspondiente al 13 de noviembre de 2015, profundizaremos en la cuestión del asistencialismo y el necesario progreso material, acompañado, claro está, por el Evangelio, pues la Iglesia no es una ONG. Cuando se llega a una zona periférica o de misión, en la que todavía no existe ninguna estructura o fundación que permita desarrollar un programa integral de combate a la pobreza, asistir se vuelve una obligación basada en la virtud teologal de la caridad, pues ante el hambre y la falta de salud, no hay tiempo que perder; sin embargo, al conseguir palear la situación y organizarse mejor, lejos de quedarse en el asistencialismo que, a largo plazo, solo sirve para mantener un estado de pobreza permanente, hay que dar el salto cualitativo que alcance o favorezca un proceso gradual de superación personal y social. Tomemos una frase que explica muy bien a qué nos referimos: “dale un pez a un hombre y comerá un día; enséñalo a pescar y comerá siempre”. ¿Qué significa esto? Hace referencia a que, en un primer momento, el asistencialismo es la única opción y, por ende, hay que tomarla, pero no para quedarse ahí, sino abriendo opciones que ayuden a los necesitados con el objetivo de que puedan superarse y, desde sus productos locales, pensar en una bolsa o mecanismo de trabajo que los acerque al mercado. Todo dentro del planteamiento del Evangelio que es una propuesta integral, pues no solamente se refiere a las necesidades materiales, sino al sentido mismo de la vida humana. No hay que caer en la tentación de omitir el mensaje de la fe cristiana, pues es lo que nos impulsa a hacernos presentes. Lo anterior, evidentemente, respetando a los que tengan una religión distinta, pues los servicios, tal y como lo demostró muchas veces la beata Teresa de Calcuta, son para toda persona; es decir, sin distinción.

Entonces, ¿cuál es el problema? Asistir sin enseñar. No se trata de que los pobres continúen siéndolo, pues de otra manera, se cae en un cierto de complicidad con lo que el beato Papa Pablo VI, llamó “estructuras de pecado”. Muchos, al mal interpretar las cosas, piensan que con darle a la liturgia un giro sociológico en los adjetivos, el necesitado sale del problema; sin embargo, la pobreza exige otro tipo de acciones que no impliquen una creatividad equivocada sobre la administración de los sacramentos. La Misa es para todos, ricos y pobres, de ahí que no haya ninguna necesidad de modificar el rito, sino que, a partir de la homilía, el sacerdote sepa iluminar la realidad en cuestión a la luz del Evangelio y, desde ahí, favorecer la solidaridad.

Abrir una capilla en las zonas de exclusión es un acto loable, necesario, pero en torno a ella debe darse un mayor compromiso que impacte en la calidad de vida de las personas, impulsando, por ejemplo, la participación de profesionistas voluntarios que, periódicamente, ofrezcan sus servicios de forma gratuita y, si se logra que la comunidad prospere, a través de cuotas mínimas que hagan valorar a la gente el fruto de su trabajo. El punto es acompañar para poder enseñar y, por supuesto, aprender de la fe de las personas del lugar, pues también tienen una palabra significativa que decir.

Para concluir, el asistencialismo, al comenzar, es necesario, pero debe madurar hasta dar paso a un mayor índice de progreso que sea integral. Lo anterior, libre de ideologías, pues la pastoral debe ser evangélica y no de tipo sociológico, pues aunque la sociología nos sirve para conocer el contexto, debe ubicarse como medio y nunca como fin, pues eso le toca a la fe, a la experiencia de Dios, según el magisterio de la Iglesia.