«EL SIDA-UNA LLAMADA»

 

            Querido David:

            Son las cinco de la mañana. Ya me he levantado para escribirte. Toda mi familia sigue durmiendo y aquí, en mi despacho, hay un gran silencio, interrumpido solo por el canto titubeante de algún pájaro. Los primeros rayos de sol entran por la ventana, y un nuevo día está a punto de estrenarse. Todo parece tan armonioso ... Yo no puedo sino recordar tu llamada conmovedora. Agradezco mucho que -¡por fin!- hayas dado señales de vida, David. Ya estábamos esperando noticias tuyas desde unas semanas, con impaciencia creciente. No sabíamos nada de ti. Y no nos imaginábamos qué rumbo había tomado tu vida. Realmente, ¡todo ha salido tan distinto a lo que pensábamos!

            Me contaste que, algún día, Paul había vuelto de sus vacaciones ... En aquel momento te encontrabas solo en el piso: escuchaste sus pasos en la escalera, los ruidos de la llave en el ojo de la cerradura. Querías huir o esconderte, pero ya se abrió la puerta, y entró Paul. Fue directamente al comedor donde tú estabas, dudando todavía de cómo saludarle. Tu amigo te dio un abrazo rápido, murmurando una petición de perdón, y se sentó en una silla. En un primer momento te extrañó que escondiese la cabeza en sus brazos haciendo unos movimientos bruscos; pero pronto te diste cuenta de que estaba llorando. Estaba llorando desesperadamente ... Después de un rato te contó, con todo detalle, lo que había pasado.

            Ronald, uno de sus compañeros de viaje, se había sentido mal desde el principio. Era uno de los más divertidos del grupo, pero llamativamente flaco, sin fuerzas ni apetito, además con una tos permanente. Como adelgazó a ojos vistas, hacía falta ir al médico, y este dio un diagnóstico desolador: ¡SIDA!


            La noticia cayó sobre el grupo como una bomba. Todos tenían que hacerse un   análisis de sangre, y esperar dos largas semanas a los resultados. Mientras tanto, el médico les explicó lo que hoy en día saben todos los adolescentes (y que tus amigos nunca querían escuchar): el virus de esta enfermedad mortal se encuentra en los diversos humores del cuerpo y se transmite cuando entra en la circulación de la sangre de otra persona. Es el caso, por ejemplo, cuando unos drogadictos utilizan la misma aguja de inyección y también en el encuentro sexual con una persona afectada, cuando la pareja tiene una herida, por pequeña que sea. Como eso es muy frecuente en la unión anal que practican las personas homosexuales (y menos frecuente en la unión matrimonial), son sobre todo esas personas las que se encuentran, junto con los drogadictos, en un peligro inminente ...

            Los resultados eran devastadores: además de Ronald, otros dos chicos sufren de SIDA (todavía al principio), y los siete restantes ¡están todos infectados! ¡Tienen el virus mortal en la sangre!, aunque pueda durar varios años hasta que se desarrolle la enfermedad. No pueden tener nunca más contactos sexuales (con personas sanas), porque contagiarán el virus ...

            ¡Paul también está infectado! Insistió en que tú te hicieras el análisis cuanto antes. ¡Qué angustia! Tienes que esperar algún tiempo como los demás, ¡y todavía no sabes nada! Anteayer, Paul se despidió definitivamente de ti. No quiere esperar el resultado, porque de alguna manera se siente culpable. Tampoco quiere experimentar tu compasión. Se fue con unos de sus compañeros de viaje a Amsterdam para quedarse allí. Ronald, en cambio, recibió un gran consuelo: su amigo (con el que convive desde hace dos años) le prometió que le cuidaría y que se quedaría a su lado hasta el final. David, me alegra mucho esta muestra de solidaridad, y no se me quita de la cabeza aquella famosa cita del Evangelio: «Los publicanos y prostitutas os preceden en el reino de Dios»12. Me dijiste por teléfono que ahora quieres comenzar en serio a llevar una nueva vida. Estoy segura de que ya lo estás haciendo, y lo harás muy bien. No te preocupes, David: estés sano o enfermo, siempre puedes contar con nosotros. Seguimos esperándote, ahora con más ansias que nunca. No nos das ninguna «lata» (como temes), ni mucho menos: nos hace verdadera ilusión que tú estés entre nosotros.

            No, David, no tenemos miedo al SIDA. Me parece francamente razonable que las personas en torno a un enfermo conozcan los mecanismo de contagio y se protejan en la medida de lo posible. Pero no entiendo el histerismo que se crea a veces alrededor del SIDA. Tenemos que combatir la enfermedad, no los enfermos.

            No es nada justo discriminar a los pacientes de SIDA. Si una persona sufre de cáncer, puede estar segura de nuestro afecto y compasión, y muchas veces le ofrecemos ayuda y compañía. Si, en cambio, alguien sufre de SIDA, se le aísla y la familia trata de ocultarlo. Aparte de que el enfermo puede haberse contagiado también en un hospital, por la infusión de sangre ajena, ¿quiénes somos nosotros para juzgar sobre su comportamiento y castigarle? Pienso que necesita incluso más asistencia material y espiritual que cualquier otro enfermo. David, ¿por qué estoy escribiendo esto justamente a ti?, porque siempre nos hemos dicho las cosas claras. Y, sobre todo, tengo la gran esperanza de que tú no estás infectado.

            Me confesaste que te sentías juzgado por Dios y que ahora creías lo que, al oído en tiempos anteriores, te había dado siempre mucha rabia: «el SIDA es un castigo de Dios». Pero, David, yo no diría esto, porque puede llevar a grandes malentendidos. ¿Cómo puede ser un castigo? Hay cada vez más niños que también sufren de esa enfermedad espantosa (se han contagiado en el seno de su madre, o al amamantar), y estos sin duda son inocentes. Por otro lado hay personas que practican la homosexualidad sin coger el virus. Cuando unos periodistas interrogaron a Juan Pablo II sobre el tema en un avión que le conducía a Estados Unidos, el Papa respondió sabiamente: «Es difícil conocer las intenciones de Dios>>. 13

            No podemos establecer una relación directa entre la grandeza del sufrimiento y la grandeza de la culpa de una persona!´. Sería una grave injusticia. A la vez no es nada cristiano. Para la visión cristiana del mundo, antes bien, vale lo contrario: Cristo llama a la cruz justamente a sus mejores amigos; quiere que le acompañen en el sufrimiento y la oscuridad aquellos en los que tiene más confianza ... Hay malhechores bien situados en nuestra sociedad, rebosando salud y coronados de éxito, y hay personas buenas y santas que tienen una desgracia tras otra.

            Por otro lado, también es verdad que todo mal, de alguna manera, es consecuencia del pecado y tiene carácter de castigo: no para una persona concreta, pero sí para toda la comunidad humana. De eso nos habla la Biblia desde la caída de nuestros primeros padres´>. Es un hecho que la epidemia del SIDA se fundamenta, con frecuencia, en pecados bien concretos y que todos ellos, misteriosamente, aumentan el mal en el mundo (y también el sufrimiento de los santos).

            David, solo podemos comprender adecuadamente los castigos, si consideramos su dimensión educativa 16 . Dios castiga para curar, para corregirnos17. Alguien ha dicho con razón: «El dolor es como un megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos». Por eso no diría yo que el SIDA sea un «castigo» (para no dar lugar a confusiones), pero sí que esa enfermedad tan seria es una llamada, como todas las demás contrariedades que pueden alcanzamos.

            Es importante que aprendamos a escuchar las llamadas divinas. ¡Que encontremos sentido en las desgracias! El primer paso consistirá en aceptadas cuando ya no se las puede combatir. Es muy difícil, pero es posible, David. Mi amiga Anne es una persona extraordinariamente serena (¡y yo he aprendido mucho de ella!), aunque esté en una silla de ruedas desde su infancia ...

            Una persona alcohólica, por ejemplo, que se ha destruido el hígado, puede ver sus dolores y molestias como una llamada a arrepentirse de .su conducta anterior, y a purificarse Luego podemos intentar dar una «interpretación espiritual» de la propia historia..

            Si el SIDA provoca conversiones en las personas afectadas, entonces esta horrible enfermedad tiene algún sentido. Pero tiene todavía mucho más sentido, si provoca conversiones en las personas no afectadas, eso es en todos nosotros: todos tenemos que damos cuenta de que contribuimos al mal en el mundo por nuestros pecados personales, por escondidos que sean. (¿Quién me dice que una persona no sufre de SIDA por el comportamiento egoísta de las personas que le juzgan?). La epidemia nos llama a todos a reflexionar, y a aprender la lección más importante de la vida, «la lección del amor incondicional» 18.

Bueno, David, tengo que terminar esta charla contigo, porque los demás se han despertado.

¡Rezo mucho por ti!

Un saludo muy cordial, también de Richard,

                                       tu amiga Mary       

Jutta Bergraff, Cartas a David,   pp.25-27