Una de las cosas maravillosas que tiene la gestión de un blog son los procesos de reflexión que la interactividad derivada de los comentarios de los lectores contribuyen a producir. Y esto es lo que en esta ocasión le ha ocurrido a este servidor de Vds. casi sin quererlo y desde luego sin provocarlo premeditadamente.

            Cuando hace poco más de una semana escribí sobre los eventos de Pozuelo y puse el acento en la responsabilidad que en los mismos cabía a los poderes públicos en cuanto autores de los pésimos planes educativos que viene sufriendo este país desde que en 1990 se aprobara la LOGSE, mis ilustres comentadores incidieron en la parte de responsabilidad que también, y no menos, cabía en ello a la sociedad, en este caso a padres e incluso a profesores, con sus conductas individuales. Cuando justo a continuación escribí sobre la posición del Partido Popular ante el aborto y sostuve que la misma, a mi entender no lo suficientemente rotunda, podía estar relacionada con la templada opinión que sobre el tema mantenía una parte de su electorado, mis comentadores pusieron el acento, al contrario que en la ocasión anterior, en la responsabilidad que en la creación del pensamiento y en la formación de las conductas cabe a los poderes públicos y a cuantos tienen expedito el acceso a los medios y al poder. Llegados a este punto, la cuestión es: ¿en qué lugar colocar la piedra clave?
 
            Las sociedades y sus gobiernos, evolucionan al unísono como si se tratara de un sistema planetario, en el que todos giran en torno a todos influyéndose mutuamente y avanzando hacia donde ninguno de los astros ha determinado expresamente, pero todos han contribuído a avanzar. Esto, que no deja de ser verdad en cualquier sistema socio-político, lo es con particular intensidad en los sistemas democráticos, en los que la sociedad elige a sus gobernantes y estos, mientras gobiernan, sondean continuamente a la sociedad, de cuyos votos depende, ciclo que convierte a todos, a los votados, pero también a los votantes, en responsables inexcusables de los logros del sistema, y al final, en la medida en que es lo que elegimos, todos tenemos lo que nos merecemos.
 
           No sé si era en esto en lo que pensaba Winston Churchill cuando declaró aquello tan conocido de que la democracia es el menos malo de los sistemas de gobierno. Pero a mí personalmente, me parece el mejor argumento a favor de los sistemas democráticos.