Estamos ciegos, no somos capaces de ver la Voluntad de Dios. Estamos sordos, no podemos escuchar lo que nos dice la Palabra de Dios. Somos abúlicos, por que no somos capaces de hacer lo que Dios pone en nuestro corazón. Estamos atados por nuestra incapacidad de seguir los pasos de Cristo. 

El Señor, que así había respondido a Moisés, se expresa de la misma manera a sus discípulos, iluminando así el sentido de este símbolo. Dice: «El que quiera seguirme» (Lc 9,23) y no: «Si alguno me quiere preceder».  Al que le dirige un ruego relacionado con la vida eterna, le propone lo mismo: «Ven y sígueme» (Lc 18,22). Ahora bien, el que sigue se dirige hacia la espalda del que le conduce. Así pues, la enseñanza que recibe Moisés sobre la manera según la cual es posible ver a Dios, es ésta: seguir a Dios donde Él conduce, esto es ver a Dios... 

En efecto, al que ignora el camino por donde viajar con seguridad, no le es posible llevarlo a buen término si no sigue al guía. El guía le enseña el camino pasándole delante; el que le sigue no se alejará del buen camino si siempre fija su mirada en la espalda del que lo conduce. En efecto, si se deja ir por algún lado o bien si se pone frente a su guía, seguirá otro camino que no es el que le enseña el guía. Por eso Dios dice al que conduce: «No verás mi rostro», es decir: «No te pongas frente a tu guía». Porque entonces correrás en sentido contrario a él... Ahora, ves cuán importante es aprender a seguir a Dios. Para el que así le sigue ya ninguna contradicción del mal se opone más a su camino. (San Gregorio de Niza. La vida de Moisés, II, 251-253) 

Somos ciegos que creamos historias a nuestra imagen y semejanza. Creamos mitos que nos sirven para embaucar a otros ciegos y conducirlos hasta el precipicio. Por desgracia tendemos a crear clones de Cristo a imagen de nuestras necesidades. Despreciamos la Palabra de Dios y la sustituimos por estas historias a las que llamamos teologías alternativas. Formas creativas de entender a Dios, pero que lo que hacen es distraer a las personas de Cristo y señalarnos a nosotros mismos como guías. 

Los segundos salvadores son tremendamente peligrosos. Se disfrazan hasta de Cristo para que creamos que siguiéndolos tenemos todo ganado y nos despreocupemos de seguir la Verdad. Por algo Cristo nos dijo que El era Camino, Verdad y Vida. 

Hace un par de días un sacerdote me comentó en Facebook que las palabras contenidas en los Evangelios no eran el Evangelio. Sinceramente, me quedé con los ojos a cuadros. ¿Quiénes somos nosotros para decir que la Palabra de Dios no es la Buena Noticia que llega a nosotros? ¿Quiénes somos nosotros para anteponernos a Cristo? ¿Qué sentido tiene decirse católico y despreciar de esa forma la Palabra de Dios?

Definirse como católico ya no guarda significado alguno más allá de respetar, de alguna manera, la figura del Papa. Uno se puede definir como católico y decir las mayores barbaridades sin que suceda nada. Ahora, si nos atrevemos a señalar la Tradición y la Doctrina eclesial, nos tacharán de todo menos de bonitos. 

Vivimos un momento eclesial muy complejo. Un momento en el que las apariencias son más importantes que lo que guardamos dentro de nosotros. Un momento se ajustaría a la definición de sepulcros blanqueados, con la que el Señor señaló la hipocresía de quienes se consideran por encima de todo, incluso de Dios. 

Un momento en que la colaboración entre nosotros es muchas veces complicada e imposible. Sobre todo cuando se defiende el relativismo y el nominalismo como panaceas para resolver todos los problemas. Momentos en que el abrazo de acogida sólo se lleva a cabo cuando prometes indiferencia y distancia a quien te acoge. Cómo podemos trabajar juntos si el objetivo es la nada que reemplaza la plenitud, el silencio que reemplaza la armonía, el feísmo que reemplaza la belleza y la indiferencia que sustituye el amor. 

Parece que damos pasos hacia lo que muchos pregonan como una Iglesia plural. Iglesia plural que no es más que unidad aparente de centenares o millones de pequeños guetos donde los que más se parecen se refugian de los demás. Vamos, la reedición de la Torre de Babel en pleno siglo XXI. 

Igual que el ciego Bartimeo tendríamos que gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!. Esperar a que Cristo nos pregunte qué queremos y abrir nuestro corazón a su misericordia. La justicia de Dios será la que obre el milagro de darnos lo que realmente necesitamos y cualquier cosa que podemos pedirle. Pidámosle que nos abra los ojos, los oídos y el corazón. Sólo El puede hacer ese tremendo milagro. 

Oremos por la Iglesia y por todos nosotros. La esperanza no la podemos depositar en ningún ser humano. Sólo Cristo salva.