A veces creemos que nosotros, pobres y limitados seres humanos, somos los que tenemos que salvar al mundo, la Iglesia y hasta nosotros mismos. La Iglesia condena este entendimiento con la categoría de herejía (pelagianismo), ya que un Dios lejano e indiferente es contrario a la Revelación de Dios. 

Otras veces creemos que somos incapaces e inútiles hasta el límite. Pensamos que Dios no quiere que estropeemos sus planes y lo que realmente nos pide es no hacer nada. Quedarnos a un lado esperando que Dios los resuelva todo Él solito. Esta postura también está condenada por la Iglesia como herejía, a la que se denominó quietismo. 

Dios desea que colaboremos con Él como herramientas dóciles en sus manos. Nos llama y nos pide que intervengamos, opinemos, defendamos a la Iglesia y a Cristo, que es la Verdad. 

Por haber seguido la Palabra de Dios, su llamada, espontánea y libremente con la generosidad de su fe, Abrahán fue “el amigo de Dios” (Sant 2,23). No era a causa de una indigencia que el Verbo de Dios adquirió esta amistad de Abrahán, ya que el Verbo es perfecto desde su origen. “Antes que Abrahán, Yo soy!” (Jn 8,58) Lo hizo en su gran bondad para poder dar a Abrahán la vida eterna… Tampoco en el principio, cuando Dios modeló a Adán, no lo hizo por una necesidad sino por tener a alguien en quien depositar sus beneficios. 

Del mismo modo, Jesús tampoco necesita nuestro servicio, sino que nos llama a su seguimiento para darnos la salvación. Ya que seguir al Señor es tener parte en la salvación, como el que sigue la luz tiene parte en la luz. Cuando los hombres caminan en la luz, no son ellos los que iluminan la luz ni la hacen brillar, antes bien son iluminados y resplandecientes gracias a ella… Dios concede sus beneficios a los que le sirven porque le sirven y a los que lo siguen porque le siguen. Pero no recibe de ellos beneficio alguno ya que él es perfecto y no necesita nada. 

Si Dios solicita los servicios de los hombres es para poder conceder sus beneficios de bondad y misericordia a los que perseveran en su servicio. Porque, si Dios no necesita nada, el hombre sí que necesita de la comunión con Dios. La gloria del hombre es que persevere en el servicio de Dios. Por esto, el Señor dijo a sus discípulos: “No me elegisteis vosotros a mí; fui yo quien os elegí a vosotros,” (Jn 15,16) (San Ireneo de Lyon. Contra las herejías, IV, 14,1) 

Decía San Ignacio de Loyola: “Confiar en Dios como si todo dependiera de él; y al mismo tiempo, trabajar como si todo dependiera de nosotros” ofreciendo el punto en donde los dos extremos heréticos desparecen para encontrar la Voluntad de Dios. 

No cabe duda que tomar esta postura vital trae muchos problemas. Las personas que viven en cada extremo, te señalan y tachan como del otro extremo. Cristo lo dejó muy claro en las bienaventuranzas: “Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.” (Mt 5, 10). Ser justos está muy mal visto hoy en día. Incluso dentro de la Iglesia, la justicia se considera como algo detestable e incómoda. Preferimos adaptar la justicia de Dios a nuestras limitaciones y llamar a esto misericordia, siendo simplemente complicidad e indiferencia hacia Dios. 

Dios nos “llama a su seguimiento para darnos la salvación. Ya que seguir al Señor es tener parte en la salvación, como el que sigue la luz tiene parte en la luz” pero nosotros preferimos andar por libre. La misión para que nos llama el Señor no es nada sencilla, es imposible si no contamos con la Gracia de Dios. Por eso mismo es importante decir sí al Señor y confiar en Su Voluntad. Buscar caminos alternativos nunca nos llevará hacia donde está la Luz, que es Cristo.