Esto de la Nueva Evangelización es como un virus. Al principio no se ve, y silenciosamente se va inoculando de una persona a otra, sin que aparentemente haya nada que esté cambiando. No se sabe si es por contagio, picadura o simplemente por envidia de la sana. El caso es que es una enfermedad que cuesta mucho que aflore, porque se toma su tiempo hasta ganar masa crítica en la Iglesia y hacerse evidente a todos. Eso sí, cuando pasa, se presenta de manera pandémica y multifocal, como en las películas de los zombies en las que para cuando se quiere hacer algo, ya es demasiado tarde porque todo está invadido por la plaga.


¿Cuáles son los síntomas de esta enfermedad? ¿Cómo puedo saber si mi párroco se ha contagiado? ¿Cómo puedo saber si yo estoy contagiado? ¿Qué síntomas experimentan las parroquias que padecen la afección?


El primero de todo es una sed intensa por aprender de otras experiencias y descubrir nuevos métodos. La gente que se dedica a poner en práctica la Nueva Evangelización no suele inventarse las cosas de la nada, ni quedarse en el inmovilismo del siempre se ha hecho así. No son personas con una idea feliz que se levantan un día de la cama y hallan la solución a todos los problemas de la Iglesia. Sin importar la edad, son gente que no han sofocado la curiosidad ni las ganas de aprender, por más que los rigores del ministerio o el estancamiento comunitario en el que viven bien podrían haberse cobrado su peaje. Quien tiene sed pregunta, busca, viaja, aprende. No se cree que su movimiento sea la última Coca Cola en el desierto ni que su parroquia, diócesis, delegación o metodología tenga todas la respuestas.


Normalmente el síntoma de la sed lo provoca la atenta lectura de la Palabra de Dios y la escucha del Magisterio. Un pasaje de Hechos sobre las primeras comunidades, la constatación del poder del Espíritu Santo, quizás una cita que quema en el corazón. Una palabra profética dicha por un Papa en un encuentro, una llamada por aquí, una encíclica por allá… después se pasa a los congresos, los encuentros, las experiencias prácticas y reales de gente que tiene algo que contar. Se sigue por viajar a donde se dan los focos de la Nueva Evangelización (que si un paseo por Toulon, por Milán o por Londres, por ejemplo) y se acaba por intentar invitar a que venga a hablar al grupo a alguna realidad tipo metodología de la que aprender. Esta sed no tiene límite y lleva a buscar en sitios insospechados, porque la Nueva Evangelización, no lo olvidemos, transcurre por caminos no habituales y por eso hay que leer mucho a San Juan de la Cruz si se quiere entender que para tener lo que no se tiene, hay que ir por donde no se ha ido.


El segundo de los síntomas es la santa insatisfacción. Ojo que no es lo mismo que la insatisfacción a secas o el criticismo hacia la Iglesia. La insatisfacción, para ser santa, tiene que venir de esa divina impaciencia por hacer la voluntad de Dios y esa consecuente obediencia de querer vivirla dentro de la Iglesia. Quien empieza a entender la propuesta de la Nueva Evangelización, no puede menos que sentirse urgido y apremiado por el Evangelio mismo, el cual redescubre a la luz de la experiencia de la transmisión de la fe. Evangelizar actúa como una especie de droga, pues quien lo prueba siempre quiere más. Uno puede ser curioso intelectual o pastoralmente como quien estudia el tema y tiene en buena estima la formación, pero a menos que la impaciencia no le cosquillee, esas buenas intenciones que se forman en los grandes encuentros y en la lectura de los manuales de teología nunca llevarán a la acción y tristemente quedarán en agua de borrajas.


El tercero de los síntomas es la oración que quiere mover a Dios. No existe reforma en la Iglesia que no haya comenzado por la reforma de los corazones, igual que no existe cambio en cristiano que no se haya engendrado en el corazón de Dios. Un claro síntoma de la llamada recibida es la fe atesorada y guardada en el corazón. Un claro síntoma de la fe que espera, es la fe que se pone en oración. La persona tocada por la Nueva Evangelización no es un activista que está a la caza de la última receta pastoral para “atraer mucha gente”, ni es movida por la necesidad de tener resultados. Más bien le pica la sed y le duele tanto la urgencia del evangelio en forma de insatisfacción, que sabe bien desahogarla ante el corazón de Dios antes de osar ponerse a transitar caminos de acción. Sabedor de que las ovejas reconocen la voz del Señor, no se cansa una y otra vez de verificar la voz de Dios en su vida, buscando la dirección adecuada e intentando discernir los tiempos según la ola de Dios. Es una persona que ha hecho de su vida esa peligrosa oración que dice úsame Señor y hace algo aún más peligroso: escuchar a Dios.


El cuarto de los síntomas es un contumaz deseo de estar con los alejados. De repente eso de ir a Misa con los de siempre, de mirarse el ombligo en una eterna glotonería espiritual de piedad y formación, deja de tener atractivo. Se anhela la experiencia de una iglesia en salida porque se descubre que Dios también está fuera de los muros visibles de la Iglesia, allá donde los pobres, alejados y necesitados de nuestro tiempo. No se trata solo de ir con quienes carecen de lo necesario material o afectivamente sino también con quienes se disfrazan de caretas y poses de sin Dios mientras todo su ser dice a gritos que quieren encontrar su verdadera identidad. Estar con los de afuera más que con los de adentro no es un caprichoso populismo eclesial emulador de pasadas teologías trasnochadas, sino algo muy consecuente con el corazón de Dios y el estilo de Jesucristo. Es salir del conventillo. Quien ha encontrado a Jesús paseándose entre los gentiles no se contenta con una Iglesia anclada en el mantenimiento y la autocontemplación.


El quinto síntoma consiste en citar libros, cantantes y comunidades que están haciendo cosas nuevas a todos los amigos del gremio (curas, laicos motivados y monjas educativas por ejemplo) en la ilusionada pero a veces ilusa espera de que van a abrir los ojos por lo que les digamos. La curiosidad que llevó a la impaciencia se canaliza en un noble deseo de compartir lo vivido con extrañados compañeros de iglesia, facultad, seminario, movimiento o noviciado que le miran a uno con cara de “se ha vuelto loco”, evidenciando una absoluta pasividad, un calculado excepticismo o una genuina incomprensión como la de quien oye un idioma extranjero. No es fácil gestionar este síntoma, aunque se atenúa cuando se encuentra otra gente de otros lugares que también padece la misma picazón, hallándose el sujeto por fin en un ambiente donde puede desarrollarse y cargarse las pilas, a salvo de los implícitos reproches de la gente de su comunidad o los arqueos de cejas de sus superiores.


El sexto de los síntomas tiene que ver con el síndrome de Ikea: es el afán por redecorar y recuperar espacios. Empieza por cosas como querer cambiar un salón parroquial que parece un tanatorio de los de la extinta Unión Soviética o la idea peregrina de poner una cocina y desterrar la Fanta sin gas de la reunión de Cáritas del mes pasado. Se buscan espacios adecuados para construir atrios de los gentiles en las parroquias, aún a costa de perder espacios intocables sacralizados por el uso y el paso de los años. No duelen prendas en proyectar nuevos usos, en reclamar espacios absorbidos por el el secularismo y el activismo parroquial que han llevado a entregar la parroquia a Dios sabe qué asociación cuya única conexión con el cristianismo es el techo que la cobija. Puede parecer un empeño inmobiliario, pero cuando el párroco de turno se encuentra soñando en utilizar el teatro del barrio o el vicario atrevido de una diócesis periférica se monta unas jornadas de evangelización -oh escándalo- en un hotel moderno y elegante, se está demostrando una querencia hacia ser una iglesia en salida en vez de una iglesia acuartelada en su trinchera.


El séptimo síntoma, y el definitivo, consiste en empezar a venderlo todo como quien ha encontrado un tesoro en el campo. Dicen que no hay verdadera conversión hasta que no se da la conversión del bolsillo, y de la misma manera, no hay verdadera infección de Nueva Evangelización hasta que uno no se decide de una vez por todas a quemar las naves y adentrarse en el mar en pos de esa ola que se sabe que llega, sabedor de que para hacerlo y llegar a tiempo hay que andar bien ligero de equipaje. Para algunos, venderlo todo será acabar con su autoimagen religiosa de perfección y virtud, con el Dios formación y el yo lo hago bien que pelagianamente les fue inculcado en lo más hondo. Para otros quizás podrá manifestarse en la entrega del propio tiempo, en dejar de calcular lo que se tiene y lo que se hace para empezar a dar con una medida desmedida, una medida generosa que no tiene problema en desviarse del camino y llegar tarde al altar con tal de atender al tendido en el camino. Puede incluso que alguna persona comience a desprenderse de sus bienes y, en el sumo de su cristianismo, por fin comprenda que para bendecir a los demás hay que perder lo propio, por más santo que sea, y dar de lo que falta lo cual incluye dejar que otros se beneficien de tus personas, tus obras, tus proyectos y lo que toque. Cuando una persona deja de preocuparse exclusivamente en bendecir lo propio (su parroquia, su comunidad,etc) para entender que es labor de todos trabajar al estilo del Reino y empieza a dejarse los planes propios y los esquemas propios en casa, es que la enfermedad está muy, pero muy avanzada, y corre el riesgo de infectar a muchos más.


Lo que empezó como una curiosidad ardiente, que llevó a la insatisfacción, que movió a la oración, que impulsó hacia los alejados, se manifestó en forma de una permanente actitud de comunicar a todos el gozo encontrado y se tradujo en querer recuperar espacios y redecorar la vida, llegó a su plenitud cuando el paciente se atrevió a superar su miedo y se lanzó al vacío y la inseguridad de dejar los terrenos conocidos, abandonando hasta los propios esquemas y bienes para lanzarse de lleno a la ola de Dios, dejando atrás la propia…


… es algo que ha pasado siempre. Le pasó a san Francisco, le pasó a san Bernardo, y le pasó a san Felipe Neri… y a muchos otros santos anónimos que un día quisieron subirse a la ola de lo que envisionaba Dios para su tiempo, dejando las propias redes y los propios esquemas. Es una enfermedad recurrente en la Iglesia, solo que hoy se llama Nueva Evangelización.


Pero ojo, es lo de siempre pero no es lo de siempre. En cada época, cada cepa del virus se manifiesta a su manera y lucha contra las inmunidades adquiridas, contra los hábitos pegajosos como el chapapote que no se quieren ir de las playas y quieren empañar las olas. Por eso, la enfermedad no la desarrolla cualquiera y es especialmente refractaria con quienes se inmunizan al cambio y la actualización pensando que para seguir igual hay que seguir como siempre, cuando la verdad es que para seguir igual, hay que seguir cambiando como siempre y si no... que se lo digan a los virus.


PD NEv101 Dícese del síndrome de la Nueva Evangelización en su estadio 101.