Hace unos días leí un texto sobre el Sínodo de la Familia que me ha gustado mucho. Está escrito por el Cardenal Robert Sarah y resume bastante bien las impresiones que tengo tras haber leído varias veces el “Lineamenta del próximo Sínodo de la Familia”. 




Como el texto es largo, he decidido mostrarlo en una ventana que pueden desplazar con facilidad. La traducción la he tomado del post “Eran cinco; ahora son diecisiete los cardenales anti-Kasper” de Sandro Magister.

¿QUÉ TIPO DE MISERICORDIA PASTORAL? 

por Card. Robert Sarah

Los “Lineamenta” indican que en el contexto eclesial mucho más amplio descrito por la “Evangelii gaudium” el nuevo recorrido marcado por el sínodo extraordinario tiene como punto de partida las ”periferias existenciales”, las cuales requieren un enfoque pastoral caracterizado por una “cultura del encuentro capaz de reconocer la obra libre del Señor también fuera de nuestros esquemas habituales y asumir, sin reparos, esa condición de ‘hospital de campaña’ que tanto ayuda al anuncio de la misericordia de Dios” (introducción a las preguntas después de la “Relatio synodi”, primera parte).

La pregunta que hay que plantearse, entonces, es la siguiente: ¿cuáles son estas periferias de la vida en el nuevo contexto socio-cultural que tenemos hoy ante nosotros?
El impacto de la globalización en las culturas humanas ha sido tan destructivo que no sólo las instituciones sociales tradicionales, sino también los valores que las sostienen han sido sacudidos desde sus cimientos. A través del poder político y legislativo (con, por ejemplo, las nuevas leyes que deconstruyen la familia y el matrimonio y especulan sobre la vida humana), del poder financiero (con fondos para el desarrollo condicionados a la adopción de documentos “anti-familia” y “anti-vida”) y especialmente del poder de los medios de comunicación, una ideología relativista se está difundiendo en todas nuestras sociedades contemporáneas.

Si nos fiamos del presidente del consejo de las conferencias episcopales europeas, en los países del hemisferio septentrional “la convivencia de hecho es ya la norma”, dato confirmado por los estudios sociológicos. Vivir en una familia cristiana, según los valores del Evangelio, se ha convertido en una situación marginal respecto a la mayoría. Las familias cristianas, en este contexto, son ahora una minoría no sólo numéricamente, sino también sociológicamente. Sufren discriminaciones silenciosas, pero oprimentes e implacables. Todo está contra ellas: los valores dominantes, la presión mediática y cultural, los vínculos financieros, la legislación vigente, etc . Y la propia Iglesia, a través de documentos como los “Lineamenta”, parece que también las estén llevando hacía esa situación.

Si los “Lineamenta” están expresados en el lenguaje que vemos, ¿qué tipo de Iglesia se ocupará de este “pequeño resto”? ¿Quién hará oír la voz misericordiosa del Buen Pastor diciendo repetidamente: “No temas, pequeño grey” (Lc 12, 32)?
¿No hemos encontrado aquí tal vez la verdadera “periferia” de nuestra aldea mundial postmoderna? Esperemos que el próximo sínodo no expulse de la “gruta de Belén” (la Iglesia) a la pequeña familia cristiana que ha encontrado espacio en las fondas de la “Ciudad del rey David” (nuestro mundo globalizado). Las hermosas familias cristianas que están viviendo heroicamente los exigentes valores del Evangelio son hoy las verdaderas periferias de nuestro mundo y de nuestras sociedades, que transcurren la vida como si Dios no existiera.

Además de este “pequeño resto”, hay una segunda categoría que pide en voz alta más atención pastoral. Son las víctimas del sistema postmoderno, que no se dan por vencidas. No se sienten en casa en este mundo sin Dios. Llevan consigo la nostalgia por el calor de la “familia cristiana”, pero sienten que no tienen la fuerza necesaria para volver a ese modo de vida radicalmente evangélico.

A estas personas les parece que nosotros presentamos hoy una Iglesia rígida, una madre que ya no les entiende y les cierra la puerta en las narices, mientras que otros intentan convencerles de que son juzgados y condenados precisamente por las mismas personas que deberían acogerles y preocuparse por ellos. En lugar de ayudarles a descubrir el horror del pecado y a que pidan ser liberados de él, les ofrecen, sin tener ningún derecho a hacerlo, un tipo de “misericordia” que no tiene otro efecto que dejar que se hundan aún más profundamente en el mal.
Pero estos hermanos y hermanas que han sido realmente heridos por la vida no se dejan engañar. Tienen sed de verdad en sus vidas, no de conmiseración o palabras melifluas. Saben muy bien que son víctimas del sistema globalizado cuyo fin es debilitar y destruir a la Iglesia. No están entre quienes dan voz a las ideologías relativistas que deterioran los cimientos de la doctrina cristiana y anulan la Cruz de Cristo.

Se ven a sí mismos como el pecador del que habla San Agustín que, aunque no se asemeja a Dios por haber perdido la impecabilidad, desea por lo menos parecerse a Él en el horror que siente por el pecado. Este, de hecho, es el motivo por el cual no quieren que nadie les impida gritar al cielo: “¿Quién nos dará la salvación?”, “Jesús, hijo de David, ¡ten piedad de mí!” , prometiéndoles en cambio algo que Cristo no ha prometido nunca que daría.

Dios nunca ha cerrado su corazón a estos hermanos y hermanas y tampoco la Iglesia, su sierva, puede hacerlo. Pero, ¿cómo puede asumir la Iglesia un enfoque pastoral de misericordia hacia ellos? Evitando vendar con la comunión sacramental una herida que no ha sido tratada por el sacramento de la reconciliación debidamente recibido.

Si su enfoque pastoral no debe ser la condena, que maltrata a la persona dañada por un herida sangrante, sino más bien la presencia compasiva, entonces la Iglesia no puede hacer creer que ignora la existencia real de las devastaciones causadas por la herida; debe, en cambio, aplicar el bálsamo de su corazón, para que así esta herida pueda ser tratada y vendada en vista de la verdadera sanación.

Esta especie de presencia respetuosa, con el renovado modo de ver las cosas que viene de Dios, nunca llamará “bueno” a algo que es malo o “malo” a algo que es bueno, como recuerda el ritual para la ordenación de los obispos. Se trata de una pastoral de esperanza y de espera, como el padre misericordioso espera al hijo prodigo. Como el Buen Pastor, la Iglesia deberá buscar a los hijos que están lejos, deberá cargarlos sobre sus espaldas, abrazarlos y no volver a lanzarlos sobre las espinas que laceraron sus vidas. Este es el significado de la misericordia pastoral.


Además de las impresiones del Card. Sarah, he leído muchas otras opiniones y he hablado con bastantes personas sobre el asunto. Las opiniones que se ajustan a una visión puramente quietista cuya esperanza es que el Espíritu Santo lo haga todo. Otros son claramente pelagianos, ya que creen que los Padres Sinodales deben luchar con uñas y dientes para conseguir el triunfo de una u otra opción ideológica. Le confieso que yo prefiero pensar en la línea del Card. Ratzinger, cuando hablaba del Papado en una entrevista en 1997: «el papel del Espíritu Santo hay que entenderlo de un modo más flexible… Probablemente, la única garantía que ofrece es que nosotros no arruinemos totalmente las cosas». 

Quizás la mayor de las garantías que nos ofrece el Espíritu, es la capacidad de comprensión de “lenguas”, es decir, la capacidad de leer en el documento final aquello que está en línea con los Evangelios, Tradición y Doctrina y que además, ofrece guía para el momento en que vivimos. Esto nos permite alejarnos de corrientes de pensamiento ideologizado similares al “espíritu del concilio”, que tanto estragos hizo y hace. La familia cristiana no está en su mejor momento y necesario ayudarla. No le hacen falta “espíritus ideologizados” que la golpeen con más fuerza que la propia sociedad. En ese sentido, el Card. Sarah señala algo muy interesante en su texto: 

¿No hemos encontrado aquí tal vez la verdadera "periferia" de nuestra aldea mundial postmoderna? Esperemos que el próximo sínodo no expulse de la "gruta de Belén" (la Iglesia) a la pequeña familia cristiana que ha encontrado espacio en las fondas de la "Ciudad del rey David" (nuestro mundo globalizado). Las hermosas familias cristianas que están viviendo heroicamente los exigentes valores del Evangelio, son hoy las verdaderas periferias de nuestro mundo y de nuestras sociedades, que transcurren la vida como si Dios no existiera. 

Como padre de familia, siento en carne propia, la ausencia de interés verdadero por la familia que desprende la Lineamenta. Allí se diagnostica las causas y se señalan los síntomas que padecemos, pero no ser habla de apostar por una pastoral familiar efectiva y verdadera. Esto se hace más evidente cuando se leen propuestas reales para afrontar problemas en el acompañamiento pastoral de las familias disfuncionales o en el caso de las personas divorciadas y casadas de nuevo por lo civil. Parece que las familias cristianas estuviéramos llenas de fuerza y energía, pero la realidad que la misma Lineamenta expone, es muy diferente. 

La sociedad no escatima acciones contra la familia tradicional. Por ejemplo los contenidos que se pueden ver y oír en televisión, radio y cine. Otro ejemplo es creación de asignaturas que proponen a la ideología de género, como la panacea que nos hará felices. El Card. Sarah habla de esto de forma muy clara: 

Vivir en una familia cristiana, según los valores del Evangelio, se ha convertido en una situación marginal respecto a la mayoría. Las familias cristianas, en este contexto, son ahora una minoría no sólo numéricamente, sino también sociológicamente. Sufren discriminaciones silenciosas, pero oprimentes e implacables. Todo está contra ellas: los valores dominantes, la presión mediática y cultural, los vínculos financieros, la legislación vigente, etc . Y la propia Iglesia, a través de documentos como los "Lineamenta", parece que también las estén llevando hacía esa situación. 

Es cierto que la Iglesia no puede concentrarse en una pastoral de mantenimiento y que debe proyectarse fuera de los muros de los templos, con una decidida pastoral misiones. Pero ¿Cómo vamos a proyectarnos hacia afuera cuando nos sentimos relegados a simples productores de candidatos a vocaciones religiosas? Ya les he comentado varias veces el contraste existente entre los esfuerzos de la pastoral juvenil (y vocacional) y la indiferencia que aparece cuando el joven se casa y forma una familia. 

Volviendo al pensamiento del entonces Card. Ratzinger, muy en la línea del pensamiento de San Benito y de San Ignacio de Loyola: «Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios» (Pedro de Ribadeneira, Vida de san Ignacio de Loyola). Quedarnos quietos esperando que Dios lo haga todo y encima creyendo que opinar, juzgar y entender es contrario a la Voluntad de Dios, no es más que cómoda e indiferente ignorancia.