Hace algunos meses, estuve en la Ciudad de México. Uno de los puntos geográficos con mayor índice de población en el mundo. Pues bien, mientras caminaba por la colonia Roma, entre casas, bares y restaurantes con una arquitectura muy completa, escuché varios idiomas entremezclados. Considerando que es la principal característica de un contexto cosmopolita, me comencé a preguntar, ¿cómo hacer presente a Dios en una ciudad con tantas opciones? Es verdad que la basílica de Guadalupe, hace las veces de un pulmón espiritual, un recordatorio de la presencia de María en la historia de México; sin embargo, ¿qué pasa con los que solamente se acuerdan de ella el 12 de diciembre y son incapaces de aterrizar su fe a un compromiso concreto? Muchos jóvenes, al poner un pie en la universidad, quitan el otro de la Iglesia; sobre todo, los que dejan su lugar de origen y se trasladan a la capital para quedar inmediatamente deslumbrados como un niño que llega a una juguetería de tres pisos. El problema no son los estudios o la necesidad de moverse, tampoco el sano entretenimiento, sino la idea falsa –aunque enraizada- de que el progreso choca con la fe y que ser católico significa vivir encerrados en otra época. Estamos ante un prejuicio cultural que no solamente se refleja en América.

¿Por qué tenemos más “éxito” en las periferias y pequeñas comunidades? Hay que reconocer que faltan católicos que asuman su papel en las grandes ciudades como Madrid, México, Milán, Montreal, Paris, Roma, etcétera. La periferia cuenta, pues ¿quién podría negar la necesidad de estar en medio de los desplazados? Pero lo cierto es que la justicia social empieza por la ciudad y esto implica mayor presencia en medio de la cultura y de la proyección universitaria. Muchas congregaciones, se van de las capitales y dejan un vacío significativo, pues si todos nos vamos a las pequeñas ciudades, ¿qué pasará con la voz de Dios en las metrópolis? Hay que trabajar urgentemente la pastoral de los ambientes y, sobre todo, incidir a través del arte, de la cultura que se abre al interés de los jóvenes capitalinos. Necesitamos hombres y mujeres que sean coherentes en medio del vaivén, del ajetreo de los contextos cosmopolitas. Dejar de buscar excusas para claudicar.

“No queremos estar en los núcleos de poder”, es la respuesta casi unánime ante un valiente que se atreve a plantear una mayor incidencia evangelizadora en los grandes desarrollos urbanos; sin embargo, nunca hay que olvidar que incluso Pedro, tuvo que dejar Israel para ir al centro del imperio, a Roma. ¿Quién podría criticarle haberse lanzado a semejante aventura? Lo hizo un tanto a regañadientes, pero sabiendo que Dios necesita llegar al corazón de la ciudad. Entonces, no es buscar al poder, sino evangelizar, fomentando un nuevo estilo de ejercer el liderazgo.

Las nuevas generaciones; sobre todo, las que pertenecen al sector universitario, tienen mucho interés por conocer, descubrir e identificarse. La Iglesia, de la que todos formamos parte, no solamente puede, sino que debe hacerlo posible. ¿Por qué guardar nuestros archivos, pudiendo ponerlos a disposición de los estudiantes?, ¿cuándo entenderemos que una parroquia amplia y céntrica no debe avergonzarnos, sino servirnos de medio para sensibilizar? Es necesario dejar de ver en la ciudad al “enemigo”, pues el progreso bien llevado; es decir, humano, resulta positivo y, por ende, deseable. Es verdad que para moverse en una ciudad, hay que saber cómo hacerlo, entender su “modus vivendi”; sin embargo, vale la pena buscar dichos perfiles. Así como hay vocaciones especiales para los cinturones de miseria, tiene que haberlas para los grandes desarrollos, pues lo importante no es que sean pobres o ricos, sino que Dios hace falta en todas partes, aunque evidentemente la manera de inculturar varíe de un lugar a otro.

No hay que replegarse, generando comunidades aisladas, sino hacer presencia tanto en la ciudad como en la periferia; especialmente, entre aquellos jóvenes que aun teniéndolo todo desde el punto de vista económico, también requieren de buenos sacerdotes y laicos que los acompañen a partir de su entorno, de la gama de intereses y motivaciones en juego. Necesitamos construir centros pastorales en las grandes capitales, potenciándolos con la ayuda de los colegios y de las universidades católicas. Vale la pena. De esta manera, responderemos adecuadamente a las periferias existenciales.