En una carta de Mons. Luis María Martínez, Arzobispo Primado de México, citada por el P. J. G. Treviño M.Sp.S., en la obra biográfica que le dedicó en 1956, llegó a decir -refiriéndose a su nombramiento de Obispo titular de Anemurio y auxiliar del Arzobispado de Morelia (México) en 1923- “¡cómo podría olvidarse al Espíritu Santo en un estema episcopal!”. Haciendo referencia al escudo que lo distinguiría, no quiso pasar por alto el sentido y alcance del “gran desconocido” que lo sigue siendo hoy día en espera de que pongamos manos a la obra, dándolo a conocer en medio del mundo, de la realidad histórica que nos está tocando vivir. La proliferación de pseudo espiritualidades, si bien es cierto que no es la mejor de las noticias, refleja cuán necesario sigue siendo Dios en la vida de las personas. Teniendo claro quién es el Espíritu Santo, podemos llenar ese déficit, reorientándolo hacia la fe que Jesús nos enseñó.
 

 
Ahora bien, ¿quién fue Mons. Martínez? Sin duda, una de esas personas que dejan huella, que consiguen estar a la altura de las circunstancias: sacerdote, filósofo, escritor, maestro, orador al más puro estilo de Fr. Henri Lacordaire O.P., obispo, promotor incansable de las Obras de la Cruz, arzobispo y artífice de la buena relación entre el Estado mexicano y la Iglesia Católica en el periodo de la post Guerra Cristera. Vivió de 1881 a 1956. En él, se encontraron la inteligencia y la virtud. Como Siervo de Dios, avanza su causa de canonización, pues no obstante sus múltiples ocupaciones, aderezadas por un increíble sentido del humor, vivió una espiritualidad sacerdotal profunda, bien trabajada. De esto dan cuenta los que lo conocieron; especialmente, el P. Treviño, quien fue su confesor. Además, salta a la vista su faceta de escritor y poeta, pues sabía describir lo que vivía en primera persona. De ahí una de sus obras más famosas: el libro titulado, "Espíritu Santo". 

Recientemente –en clave de continuidad con su predecesor- el Papa Francisco ha pedido una renovación en el servicio episcopal. Mons. Martínez, aunque murió hace 59 años, encaja perfectamente en el perfil planteado, pues fue alguien cercano, culto y presente. Era fácil ver y estar con él. Un detalle concreto es que, a pesar de todo lo que tenía que hacer, siempre se daba tiempo para dar dirección espiritual. En ese plan, fue que conoció a la Venerable Concepción Cabrera de Armida (18621937), fundadora de las Obras de la Cruz, quien se encontraba pasando –empleando el lenguaje de San Juan de la Cruz- por una “noche oscura” y necesitaba consejo, acompañamiento. Lo interesante es que no solo fue benefactor, sino beneficiado, pues la congruencia de aquella madre de familia que le había pedido ayuda, terminó por contagiarlo, haciéndolo más consciente de su identidad sacerdotal y de la vida ascética, mística, que resulta necesaria para permanecer en la presencia de Dios, mientras se van sacando los pendientes de cada día.

Pensar que Mons. Martínez vivía en la abstracción, sería un error, pues fue un hombre inteligente, capaz de vérselas con algunos presidentes de la República, siendo agradable, buen comunicador y hábil diplomático que supo mantener a la Iglesia libre de una nueva persecución. Lejos de ceder en los valores, sabía presentarlos según el interlocutor o destinatario. De ahí su forma tan característica de narrar y, por supuesto, de predicar.

Para darnos una idea de su profunda espiritualidad, vale la pena citarlo: “viajando en automóvil, sentí que Dios me atraía en lo íntimo de mi corazón, que me unía con Él, que gozaba de su amor; y experimenté una ansia dulcísima de sufrir, pero como de un sufrimiento intrínseco al amor”. No era dolorismo, sino fuerza para asumir la cruz de permanecer fiel, abierto al Espíritu Santo en los más variados escenarios y contextos de la vida. Iba en el auto, ¡pensando en Dios, disfrutando de su presencia! Ojalá que nosotros sepamos darnos esos momentos, permitir que nos atraiga y lance hacia el ejercicio de la misión.

La espiritualidad –en este caso, la de la cruz- nos sirve para ver más allá de lo aparente y superficial, para ir a la esencia de las cosas y, libres de nuestras propias complicaciones, ser felices. Mons. Martínez optó por Jesús Sacerdote y Víctima, dándole al Espíritu Santo un lugar muy importante en todo lo que hacía. Como él, dejémonos encontrar por Dios y, desde ahí, cambiemos las cosas para bien.