…o por mejor decir, en el münster, que la lengua alemana distingue dos clases de catedrales, los Münster, más grandes, -deben de ser tres o cuatro en todo el país, no más, entre los cuales Friburgo y Colonia-, y los Dom, todas las demás. Un deleite para los sentidos: la ceremonia ha durado dos horas nada menos, empezó a las 10 y terminó a las doce, pero dos horas más que hubiera durado, dos horas más que me habría quedado inmóvil.
 
            Todo ha empezado cosa así de diez minutos antes de la propia celebración, en que las campanas han empezado a repicar. Primero he pensado que por la misa, pues en Alemania las campanas repican mucho tiempo antes de que se inicie su celebración. Pero luego me he acordado de la bella iniciativa que han adoptado las iglesias de varios países del mundo de hacer repicar las campanas, tal día como hoy, fiesta de la Asunción, por los cristianos que aún hoy, en pleno siglo XXI, parece mentira, siguen entregando la vida y sufriendo tribulación por el solo hecho de profesar la fe de Cristo.
 
            Como ya voy conociendo las reglas del país, he llegado sumamente puntual, a tiempo de ver la preciosa procesión que encabezada el Obispo Stephan Burger entrando en el münster por la puerta principal. Pues bien, a pesar de llegar puntual, ¿qué me encuentro? La gigantesca –y maravillosa- catedral, una de las más bonitas de Europa, a reventar de gente. No hay un solo sitio en el que sentarse. Los cientos de fieles que abarrotan el templo llevan sentados probablemente más de diez minutos… Un español diría que para coger sitio, pero no… sino porque tal es la tradición que aquí se lleva por lo que la misa se refiere. Por supuesto, han desaparecido ya todos los libritos de los que tuve ocasión de hablarles una vez a estas alturas del verano del año pasado (pinche aquí si no lo recuerda), perfectamente encuadernados y conservados, que recogen matemáticamente numerados todos los himnos que se pueden cantar en una iglesia alemana (un millar), y por cierto, no sólo la letra, sino también la partitura. Me lamento: una de mis grandes aficiones en las iglesias alemanas es la que consiste, precisamente con la ayuda del librito en cuestión, en esperar a que el cartel luminoso que existe en todas a ellas informe del himno que se va a cantar, e intentar seguirlo en la medida de mis posibilidades, escasas todas ellas, tanto por lo que al solfeo se refiere como, aún más, la relativa a la bella lengua de los alemanes.
 
            Busco un sitio en el que sentarme. No lo hay. Me voy hacia adelante y cuando encuentro uno justo detrás de una de las columnas de la catedral desde el que no puedo ver otra cosa que la propia columna, siento a unos metros de mí a una extraña señora a la que por supuesto no conozco, que se halla justo detrás de la orquesta, -tan cerca de ella que si el percusionista le diera una baqueta, ella misma podría percutir-, la cual, como si se apiadara de mí, me hace señas para que ocupe un lugar a su lado en el pequeño escalón que soporta la columna en el lateral izquierdo del altar. No estoy seguro de que sea un sitio muy ortodoxo para estar, pero no rechazo la invitación: para que alguien me eche siempre hay tiempo (y por cierto, nadie lo hará). Ante mí, una orquesta de veinticinco instrumentos y sesenta voces, extraordinaria como en pocos minutos tendré ocasión de constatar. A pocos metros de mí, cuatro solistas, una soprano, una alto, un tenor y un bajo. Y poco más allá el organista, que también tiene su parte en la ceremonia. Como ya les dije en otra ocasión, hasta en las más pequeñas iglesias hay un órgano… y lo que a ojos de un español se antoja aún más extraño: ¡¡¡un organista!!!
 
            La ceremonia es toda cantada. Hasta el evangelio es leído al son de la música, cosa que hace un sacerdote expresamente preparado para ello. Cada momento de la liturgia es acompañado por la música, ora la orquesta, ora los solistas, ora el coro, ora el propio director de la orquesta que también canta, ora el organista, ora los sacerdotes, ora el propio público que también tiene sus momentos en la ceremonia y al que es un verdadero placer escuchar: todos al unísono, todos entonados, todos conocedores del himno que se canta en cada momento… una de las cosas que más llama mi atención en Alemania es la magnífica formación musical que tiene el pueblo, quien sabe hasta qué punto, una de las claves de su prosperidad (¿por qué descuidamos tanto en España la formación musical?)
 
            Ahora bien, si me tengo que sincerar, ¿quieren que les diga cuál es la voz que más me ha impresionado? Con ser todas buenas, ninguna de ellas sino la del propio obispo Stephan Burger, un joven mitrado de apenas 54 años con una voz capaz de llenar toda la catedral no sólo cuando ha pronunciado el sermón que de él cabía esperar –por cierto, dedicado en parte a los cristianos perseguidos por lo poco que he podido entender- sino también y sobre todo, en los momentos de la liturgia en que se ha expresado cantando.
 
            Llamativo también el acompañamiento musical de un instrumento al que todavía no me he referido, las campanas, que en el momento oportuno, dan a conocer a toda la ciudad que dentro de la catedral se está produciendo la consagración, algo que no sólo ocurre en la impresionante Friburgo, sino como ya tuve ocasión de ver y de contarles a Vds., en pueblecitos más pequeños con iglesias de ínfimas dimensiones.
 
            En torno a la Virgen y como era de esperar en día tan mariano como el de ayer, una gran ofrenda floral que al final de la misa, Mons. Burger ha bendecido. También aquí un momento interesante e inesperado para un observador español: terminada la ceremonia y con toda naturalidad, la gente retiraba los ramos de plantas flores de los que estaba formada la ofrenda para llevárselos a casa, con lo que de manera involuntaria pero no por ello menos satisfaciente, inundaba el templo de un delicioso olor a romero, lavanda y yerbabuena, el cual rivalizaba con el del delicioso incienso con el que el arzobispo había perfumado la iglesia al inicio de la ceremonia.
 
            He tenido ocasión de oír misa en muchos lugares del mundo y se lo aseguro, en ninguno de ellos, hasta la fecha, de manera tan gustosa como lo hago en Alemania: una ceremonia tan seria y estricta como era de esperar en un pueblo como el alemán, que se corresponde bastante bien con el estereotipo que de él se tiene, pero al mismo tiempo, bella y artística como la que más. Al fin y al cabo, ¿dijo alguien alguna vez que una misa tuviera que ser aburrida?
 
            Y al terminar la ceremonia, puertas abiertas de par en par, tan abiertas para los que salían como para los que con una motivación más profana pero no por ello de manera menos respetuosa, se adentran en el templo para admirar su belleza… y gratis. Algo de lo que tendrían que aprender tantas diócesis españolas y sobre todo italianas. Pero eso es tema que dejo para otra ocasión: por hoy, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Por aquí nos vemos.
 
 
            ©L.A.
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