La Iglesia celebra con amor la Santa Misa y prolonga ese amor en la adoración eucarística, porque la Eucaristía es la fuente y el culmen de la vida litúrgica de la Iglesia, es su mismo Señor en la apariencia del pan y del vino que ha querido quedarse con nosotros.
 
 
La Eucaristía es el tesoro principal, el gran Sacramento, que nos da al Autor mismo de la gracia. Una buena dogmática, es decir, una recta comprensión del sacramento eucarístico nos ayuda a vivir bien el sacramento de la Eucaristía cuando se celebra y cuando luego tenemos la posibilidad maravillosa de adorarlo en el Sagrario o en la exposición eucarística, estando a solas con el mismo Señor.
 
La espiritualidad de la adoración eucarística nos induce a conocer bien y profesar correctamente la fe eucarística. En este caso, leamos algunos textos de Pablo VI, en la encíclica Mysterium fidei (1965).

 
¿Por qué la Iglesia ama tanto la Eucaristía, cuida su celebración litúrgica amorosamente, promueve el culto de adoración eucarística con amor pastoral?
 
"El misterio de fe, es decir, el inefable don de la Eucaristía, que la Iglesia católica ha recibido de Cristo, su Esposo, como prenda de su inmenso amor, lo ha guardado siempre religiosamente como el tesoro más precioso, y el Concilio Ecuménico Vaticano II le ha tributado una nueva y solemnísima profesión de fe y culto. En efecto, los Padres del Concilio, al tratar de restaurar la Sagrada Liturgia, con su pastoral solicitud en favor de la Iglesia universal, de nada se han preocupado tanto como de exhortar a los fieles a que con entera fe y suma piedad participen activamente en la celebración de este sacrosanto misterio, ofreciéndolo, juntamente con el sacerdote, como sacrificio a Dios por la salvación propia y de todo el mundo y nutriéndose de él como alimento espiritual.
 
Porque si la Sagrada Liturgia ocupa el primer puesto en la vida de la Iglesia, el Misterio Eucarístico es como el corazón y el centro de la Sagrada Liturgia, por ser la fuente de la vida que nos purifica y nos fortalece de modo que vivamos no ya para nosotros, sino para Dios, y nos unamos entre nosotros mismos con el estrechísimo vínculo de la caridad.
 
Y para resaltar con evidencia la íntima conexión entre la fe y la piedad, los Padres del Concilio, confirmando la doctrina que la Iglesia siempre ha sostenido y enseñado y el Concilio de Trento definió solemnemente juzgaron que era oportuno anteponer, al tratar del sacrosanto Misterio de la Eucaristía, esta síntesis de verdades:
 

«Nuestro Salvador, en la Ultima Cena, la noche en que él era traicionado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrifico de la cruz y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» [1].

 

Con estas palabras se enaltecen a un mismo tiempo el sacrificio, que pertenece a la esencia de la misa que se celebra cada día, y el sacramento, del que participan los fieles por la sagrada comunión, comiendo la carne y bebiendo la sangre de Cristo, recibiendo la gracia, que es anticipación de la vida eterna y la medicina de la inmortalidad, conforme a las palabras del Señor: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré en el último día»" (Mysterium fidei, 1).
 
Seamos conscientes de que la Eucaristía, Sacramento inmenso, reúne a la vez muchos aspectos: es Sacrificio, Banquete pascual, Comunión, Presencia real y sustancial de Cristo.
 
Pero esta grandeza del Sacramento se ve reducida, empequeñecida o negada cuando se presenta, se vive y se celebra la Eucaristía como una mera ´fiesta´, una ´comida´, un ´banquete´ (en minúscula), un ´compromiso´, etc., para mover las conciencias, tomar compromisos, festejar nuestra fraternidad humana, o aprovechar para catequesis de actualidad a base de moniciones, etc. Es una reducción, no exenta de consecuencias.
 
Cristo está realmente presente en el Sacramento ya que Él mismo dijo: ´Esto es´ y no ´esto simboliza´ mi Cuerpo. A la verdad de esta presencia real por antonomasia de Cristo en el Sacramento, corresponderá la fe que reconoce al Señor, lo adora y se entrega a Él.
 
"La Iglesia católica, no sólo ha enseñado siempre la fe sobre a presencia del cuerpo y sangre de Cristo en la Eucaristía, sino que la ha vivido también, adorando en todos los tiempos sacramento tan grande con el culto latréutico que tan sólo a Dios es debido. Culto sobre el cual escribe san Agustín: «En esta misma carne [el Señor] ha caminado aquí y esta misma carne nos la ha dado de comer para la salvación; y ninguno come esta carne sin haberla adorado antes..., de modo que no pecamos adorándola; antes al contrario, pecamos si no la adoramos»" (Id., n. 6).

La espiritualidad de la adoración eucarística se nutre de la Presencia real de Cristo y se centra en Él, el Señor, verdaderamente presente en el Sacramento. Por eso la adoración eucarística es tan rica y tan vital para la vida de la Iglesia, para la vida de las parroquias y de cada alma. Y sólo se dará la adoración eucarística y el culto a la Eucaristía fuera de la Misa si hay una conciencia clara de la Presencia real y sustancial del Señor.