La Eucaristía forja en la santidad y así, la santidad, sólo puede ser eucarística. De la Eucaristía nos vienen todos los bienes, y en la Eucaristía somos santificados. Cuando la Eucaristía es vivida, celebrada y adorada, con fervor, atención, participación interna, activa, fructuosa, el creyente crece y vive en santidad; y quien quiera responder a su vocación a la santidad, beberá de la Eucaristía las fuentes de su propia santificación.
 
 
La santidad es eucarística, y esta nota es ineludible: ni se puede olvidar, ni menospreciar, ni considerarla un elemento más dentro de un conjunto. La santidad es eucarística y en ella halla su raíz.
 
"La liturgia de hoy nos invita a contemplar la Eucaristía como fuente de santidad y alimento espiritual para nuestra misión en el mundo: este precioso ´don y misterio´ nos manifiesta y comunica la plenitud del amor de Dios" (Benedicto XVI, Hom. en la clausura del Sínodo sobre la Eucaristía y canonización de cinco beatos, 23-octubre-2005).
 

Para todo bautizado la santidad es eucarística.
 
Pero fijémonos, ampliamente, con las palabras del Papa, en un ejemplo y modelo: la santidad sacerdotal es eucarística. La vida del sacerdote gravita en torno a la Eucaristía y es la Eucaristía la fuente de la santidad sacerdotal. De esta manera, tratando santamente las cosas santas, él mismo será santificado.
 
"Quisiera retomar un tema particularmente importante...: la relación entre la santidad, camino y meta del camino de la Iglesia y de todo cristiano, y la Eucaristía. En particular, mi pensamiento se dirige hoy a los sacerdotes para subrayar que en la Eucaristía está precisamente el secreto de su santificación.
 
En virtud de la sagrada ordenación, el sacerdote recibe el don y el compromiso de repetir sacramentalmente los gestos y las palabras con las que Jesús, en la Última Cena, instituyó el memorial de su Pascua. Entre sus manos se renueva esta gran milagro de amor, del que está llamado a convertirse en testigo y anunciador cada vez más fiel. Por este motivo el presbítero tiene que ser ante todo adorador y contemplativo de la Eucaristía a partir del momento en que la celebra. Sabemos bien que la validez del sacramento no depende de la santidad del celebrante, pero su eficacia para él mismo y para los demás será mayor en la medida en que él lo vive con fe profunda, con amor ardiente, ferviente espíritu de oración.
 
Durante el año, la Liturgia nos presenta como ejemplos los santos ministros del altar, que han tomado la fuerza para imitar a Cristo en la cotidiana intimidad con él en la celebración y en la adoración eucarística. Hace unos días hemos celebrado la memoria de san Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla a finales del siglo IV. Fue definido "boca de oro" por su extraordinaria elocuencia, pero también se le llamaba "doctor eucarístico" por la amplitud y profundidad de su doctrina sobre el santísimo sacramento. La "divina liturgia" que más se celebra en las Iglesias orientales lleva su nombre y su lema -"basta un hombre lleno de celo para transformar a todo un pueblo"- manifiesta la acción de Cristo a través de sus sacramentos. 
 
En nuestra época, destaca también la figura de san Pío de Pietrelcina... Celebrando la santa Misa revivía con tal fervor el misterio del Calvario que edificaba la fe y la devoción de todos. Incluso los estigmas que Dios le donó eran expresión de íntima conformación con Jesús crucificado. 
 
Pensando en los sacerdotes enamorados de la Eucaristía, no es posible olvidar a san Juan María Vianney, humilde párroco de Ars en tiempos de la revolución francesa. Con la santidad de la vida y el celo pastoral logró hacer de aquel pequeño pueblo un modelo de comunidad cristiana animada por la Palabra de Dios y por los sacramentos" (Benedicto XVI, Ángelus,18-septiembre-2005).
 
El sacerdote hallará su mejor Amigo en Jesús-Eucaristía; en el altar, su propia renovación y santidad; en el Sagrario y la adoración eucarística, la preciosa Compañía que llena la existencia. El sacerdote vive del altar eucarístico y para el altar eucarístico.
 
Mucho dependerá entonces de su manera de celebrar la Santa Misa, con devoción, fervor, recogimiento y amor, y de las horas que dedique al Sagrario y a orar ante el Santísimo expuesto. Él sacará las conclusiones últimas de aquello que se le dijo el día de su ordenación sacerdotal, al entregarle la patena con pan y el cáliz con vino:
 
“Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz de Cristo”.