La gracia del encuentro con Cristo es actual, eternamente perenne porque el encuentro con Cristo es posible ya que Él es una Presencia, está vivo, resucitado. Con ello podemos comprobar, y cuántos testigos hay a lo largo de la historia de la Iglesia, que Jesucristo no es sin más un personaje del pasado al que no tenemos acceso, relegado ya a la memoria de los libros de historia, ni es un ideal, una idea ética o moral elevadísima; que no es un gran filósofo entre otros filósofos, ni un personaje religioso en paridad con otros personajes religiosos.
 
 
El encuentro con Cristo es posible, real y concreto en el hoy de nuestras vidas, lo que no puede ocurrir con nadie más: todos pasaron. Este encuentro con Cristo determina la vida, como un Acontecimiento singular de Gracia, transformándola. ¡Es lo mejor que nos ha podido pasar! Por eso poseen tanta fuerza las palabras de Benedicto XVI que siempre están en el blog como una referencia:
 
"Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (Benedicto XVI, Deus charitas est, n. 1).
 
El encuentro con Cristo es una Gracia y un Don: Cristo pasa por la vida. Nadie llega a Él por un análisis racional de sistemas filosóficos y religiosos, con unas deducciones; ni verificando las propuestas religiosas de todas las religiones. Uno llega a Él porque Cristo pasa para que el encuentro sea posible.
 

Pero, además, para darnos cuenta de ese paso de Cristo, siempre hay un mediador, una mediación en nuestras vidas que toma una forma profética: nos señala a Cristo, nos indica a Cristo cuando pasa para que nos demos cuenta, constantemente nos señala a Jesús para que vayamos hacia Él, sin aferrarnos ilusioriamente en la mediación y en el mediador. ¡Cuántos se quedan mirando el dedo en vez de mirar a la luna que señala ese dedo! Es la necedad. 
 
En la vida cristiana, hemos de reconocer con gratitud aquellos que han sido mediaciones en la vida para el encuentro con Cristo: padre, madre, un sacerdote, un catequista... que han reproducido aquello mismo que hizo Juan el Bautista. Viendo a Jesús que pasaba, lo señala a Andrés y Juan diciendo: "Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".
 
La gracia del encuentro nos viene dada por una mediación humana insertada en la gran cadena eclesial. Alguien en nuestra vida sabe que Cristo y su gracia valen más que la vida, y nos lo señalaron para que vayamos tras Jesús y conversemos con Él, sin detenernos en las mediaciones.
 
"De las lecturas bíblicas de este domingo --el segundo del Tiempo Ordinario--, se nos revela el tema de la vocación: en el Evangelio se ve la llamada de los primeros discípulos de Jesús y en la primera lectura está la llamada del profeta Samuel. En ambos relatos destaca la importancia de una figura que desempeña el papel de mediador, ayudando a la persona llamada a reconocer la voz de Dios y seguirla. En el caso de Samuel, es Elí, un sacerdote del templo de Silo, donde se guardaba antiguamente el Arca de la Alianza, antes de ser transportada a Jerusalén. Una noche Samuel, que era todavía un niño y desde niño vivía al servicio del templo, tres veces seguidas se sintió llamado durante el sueño, e iba donde Elí. Pero no era él quien lo estaba llamando. A la tercera vez Elí lo entendió y le dijo a Samuel: Si te llama de nuevo, responde: "Habla, Señor, que tu siervo escucha" (1 Samuel 3,9). Así fue, y desde entonces Samuel aprendió a reconocer las palabras de Dios y se convirtió en su profeta fiel.
 
 

En el caso de los discípulos de Jesús, la figura de la mediación es la de Juan el Bautista. Ciertamente, Juan tenía un amplio círculo de discípulos, entre quienes estaban también los hermanos Simón y Andrés, y Santiago y Juan, pescadores de la Galilea. Sólo a dos de ellos el Bautista les señaló a Jesús, un día después de su bautismo en el río Jordán. Se dirigió a ellos diciendo: "¡He ahí el Cordero de Dios" (Jn 1,36), lo que equivalía a decir: He ahí al Mesías. Y aquellos dos siguieron a Jesús, permanecieron mucho tiempo con él y se convencieron de que era realmente el Cristo. Inmediatamente se lo dijeron a los demás, y así se formó el primer núcleo de lo que se convertiría en el colegio de los Apóstoles.
 
A la luz de estos dos textos, me gustaría subrayar el papel fundamental de un guía espiritual en el camino de la fe y, en particular, en la respuesta a la vocación especial de consagración al servicio de Dios y de su pueblo. Incluso la misma fe cristiana, en sí misma, supone el anuncio y el testimonio: es decir, consiste en la adhesión a la buena noticia de que Jesús de Nazaret ha muerto y resucitado, y que es Dios. Es también la llamada a seguir a Jesús más de cerca, renunciando a formar una propia familia para dedicarse a la gran familia de la Iglesia, lo que generalmente pasa a través del testimonio y la propuestade un "hermano mayor", que por lo general es un sacerdote. Esto sin olvidar el papel fundamental de los padres, quienes por su fe auténtica y gozosa, y su amor conyugal, muestran a los niños que es hermoso y es posible construir toda una vida basada en el amor de Dios" (Benedicto XVI, ángelus, 15-enero-2012).
 
Si la gracia del encuentro se produjo por una mediación en nuestra vida, ahora somos nosotros los que hemos de ser mediaciones para los demás, indicadores de dónde está Jesús pasando para que se encuentren con Él sin detenerse en nosotros mismos, sin querer aprisionarlos en nuestro "yo", sino apuntar a Él, para que entren en contacto con el "Yo" de Cristo.
 
Nada tan hermoso como ese encuentro con Cristo: facilitémoslo a los demás.