Ezequiel 2, 2-5; 2 Corinto 12, 7-10; Marcos 6, 1-6a

«Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa»

«Jesús me invita a tener un alma grande. Su gracia me basta. Él construye sobre mi vida con sus carencias y riquezas. Dios llena la grieta de mi alma con la fuerza de su amor»

Nuestros ideales son motores interiores. Es la fuerza interior que marca mi vida y tiñe mi actuar. Los sueños que tenemos mueven el alma a la acción. Nos sacan de la comodidad en la que caemos cuando nos dejamos vivir por otros. Al contemplar nuestra vida descubrimos la luz que brilla en el interior. Entonces es más fácil ver dónde fallamos, hacia dónde vamos, qué deseamos, dónde lo hacemos bien. El ideal está dentro de nosotros mismos, no fuera. Es la semilla sembrada que dará un árbol inmenso con el paso del tiempo, si creemos. A veces me falta fe en el poder de la semilla, en el poder del ideal. Me cuesta creer en lo que puede llegar a ser si yo le dejo. A veces podemos tratar de encorsetar la vida. Tratando de sacar normas de validez universal. O tratando de meternos en un molde, en algo que yo no soy. Otras veces intento que los otros se amolden a lo que he visto que es bueno o a mí me funciona. El otro día leía un artículo de Bianca Sparacino: «La vida no es como una línea recta. Ni se trata de un conjunto de horarios y gráficos. No tiene nada de malo que no hayas acabado tus estudios al cumplir cierta edad, o no te hayas casado, encontrado un trabajo estable, o hayas empezado tu propia familia. Va muy bien entender que si no te has casado a tus 25-30, no te has convertido en vicepresidente a los 33, o aún no has encontrado la felicidad a X edad nadie va a juzgarte (y si lo hacen no importa, porque es tu propia vida, no la de alguien más). Puedes retroceder en cualquier momento, puedes detenerte y encontrar lo que te inspira; tienes derecho a tomarte un tiempo. Por alguna razón muchos lo olvidan». Es verdad. Vamos viviendo la vida saltando vallas, cumpliendo pruebas, solucionando problemas. El crecimiento no es lineal, más bien es en espiral. Siempre un poco más, siempre volver a lo que creíamos ya superado. Pero a veces creo que vivo respondiendo a lo que los demás esperan de mí. Acatando límites y directrices. Obedeciendo sin querer obedecer. Y no vivo de esa forma como quiero vivir de verdad. No me tiene que importar no cumplir las expectativas del mundo, no estar a la altura, fracasar, desilusionar a otros, defraudar, incluso escandalizar. Es importante descubrir, eso sí, quién soy en lo más hondo de mi ser. Y saber también quién puedo llegar a ser si tengo fe en lo que hay en mi interior. Si tengo una actitud que marca mi actuar. Una luz que brilla e ilumina mis pasos en medio de la noche. Escribe O.G. de Cardedal: «El hombre es verdaderamente hombre por lo que es y por lo que puede llegar a ser; por lo que posee en el presente y por su capacidad para extenderse en la memoria hacia el pasado y en la esperanza hacia el futuro; y, sobre todo, por lo que puede llegar a ser desde la relación con otros. El hombre podría ser definido como el ser de horizontes y fronteras, de límites y grandes ideales». En esta tensión se mueve mi vida. Los límites impuestos. O los que yo me impongo. Y las posibilidades infinitas de esa fuerza interior que me marca un horizonte infinito. Dios piensa en grande al pensar en mí. Dios cree en todo lo que puedo llegar a ser cuando no soy mediocre, cuando no me conformo con los mínimos. Me gustaría tener siempre un alma grande. No conformarme con una vida cómoda. Aceptar los desafíos con un corazón valiente. Exponerme sin miedo al fracaso. Dar sin temor a no tener yo luego. Esperar cuando muchos me dicen que no merece la pena esperar nada. Sí, horizontes amplios. ¿Hasta dónde llegan los horizontes que marca mi corazón? ¿Hacia dónde navego? ¿Qué horizonte infinito me seduce?

Pero también sé que tengo una tendencia opuesta que me hace pecar, caer, detenerme y dejar de soñar con nuevas playas. Esa debilidad manifiesta que entorpece mi marcha. Esa tendencia que me sorprende siempre de nuevo porque no acabo de conocerme. Sabemos cuándo somos fieles a nuestra misión, a nuestra vocación y cuándo perdemos de vista esa luz y nos dejamos llevar por nuestra comodidad. A la luz de lo que soñamos vemos nuestras debilidades fundamentales. Ante la luz del sol, es verdad, desaparecen las estrellas de la vista. Pero siguen existiendo, no han muerto. Está ocultas por la luz del sol. Pero siguen ahí, agazapadas. Son esas debilidades que ya no nos escandalizan. Porque estamos hechos para lo eterno, porque nuestros límites son infinitos. Nos da paz saber que Dios construye sobre lo que ya hay, no sobre lo que sería mejor para construir. En mi alma hay piedras y arena. Luz y oscuridad. Dios nos acepta como somos y comienza a tallar una verdadera obra de arte con lo que Él mismo ha creado. Sí, no se extraña de nuestra pobreza. Sabe perfectamente cómo somos. No tiene un molde. Se deja sorprender. Se admira cada mañana al vernos respirar y emprender con alegría un nuevo camino. Le conmueve nuestra fragilidad. Y ese deseo nuestro de dar la vida, aunque luego la perdamos. Se emociona al vernos caminar con pasos torpes. Tropezar de nuevo. Volver a empezar. Nos abraza por la espalda. Nos ama con una infinita ternura. Porque eso es lo más importante, como decía el P. Kentenich: «El amor es siempre la llave mágica que abre el corazón del hombre»[1]. Nos empuja por los caminos. Nos llama sobre las aguas para que nos acerquemos hasta Él confiando en nuestras fuerzas, en sus fuerzas. Nos espera cuando huimos en la dirección equivocada. Tiene su amor la llave de nuestra alma. Jesús nos conoce tan bien que está a la vuelta de la esquina por donde sabe que vamos a ir. Porque conoce nuestros pasos, porque nos ama desde el seno materno. No se indigna con nuestras decisiones irresponsables. Espera con infinita paciencia. Y sabe que siempre de nuevo podemos volver a encontrarnos. No se baja de mi barca aunque yo quiera quedarme solo. No se aleja de mis pasos aunque yo corra por los caminos. Confía con un amor infinito en la belleza que un día escondió detrás de mis ojos. Y se entusiasma como un niño al ver todo lo que consigo con los dones que Él mismo me ha dado. Me abraza cuando me rebelo. Me consuela cuando me desespero. Y vuelve a creer en mí cuando yo mismo no creo. Hoy miro mi vida con paz, mi corazón herido. Confío porque Él confía y creo porque Él cree. ¿Cuáles son mis fuerzas? ¿Cuáles mis debilidades? ¿Qué rumbo siguen mis pasos?

Miramos nuestra debilidad y no nos desanimamos. La fuerza está en mi debilidad. Estas palabras de Pablo siempre me conmueven: «Para que no tenga soberbia me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: - Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad. Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte». 2 Corinto 12, 7-10. Me glorío, me alegro en mi debilidad. Si soy débil soy fuerte. Si fracaso no me turbo. Al aceptar mis debilidad dejo que la luz de mi ideal, la luz de la fuerza que brilla en mi interior, me levante y me permita ponerme de nuevo manos a la obra. Cuando me muestro ante Él necesitado, Dios entra por la grieta que deja abierta mi debilidad. Se alza por encima del muro que se derrumba en mi torpeza. Siempre me gusta pensar que el capital de gracias del que tanto hablamos en Schoenstatt se compone, en gran medida, de mi mediocridad, de mis caídas y debilidades. Me cuesta pensar que María se alegre sólo cuando le traigo mis pequeños logros. La cartilla llena de buenas notas y éxitos. Esas torpes hazañas de los niños cuando les entregan a sus padres sus garabatos. Piensan que son obras de arte. Y sus padres les hacen ver que son los mejores dibujos nunca antes pintados. Les animan a seguir pintando garabatos. Son los garabatos que más alegran. Dios se asombra ante mis torpes obras. Y se alegra también con mis fracasos y heridas. Con la sangre en mis rodillas. Con el pantalón roto y sucio después de la batalla de la vida. Por eso se lo entrego todo a María lanzándolo a lo alto. Ella, milagros de esta vida, lo transforma en gracias que regala a manos llenas. Y no me las regala a mí, como si ello fuera parte del intercambio, parte de la justicia. No, no funciona así. Ella se las regala a quien cree que las necesita más. Me gusta el intercambio. Mi debilidad a cambio de gracias para otros. Lo que era sucio y pobre, lo que estaba vacío y roto, se convierte en fuente de vida para aquel que lo recibe. Me encanta esa imagen. Dios da sin haber hecho nada para merecerlo. Mi aspiración al ideal brota de un corazón roto, enfermo, frágil. Pienso que mi barca es una barca rota. No es un trasatlántico capaz de surcar grandes mares. No lograré con él dar la vuelta a ningún mundo. Mi barca está rota. Entra el agua. Y Jesús está en ella. Eso me consuela. Nos hundimos juntos, nos salvamos juntos. Achicamos juntos el agua que nos moja los pies. Izamos las velas desgarradas. Colocamos bien el timón que se mueve a veces a su antojo siendo poco dócil al rumbo marcado. Recogemos los remos caídos en medio del océano. Jesús en mi barca. Yo en la suya. Porque mi barca es suya. O es la suya la que es mi barca. Ya no soy capaz de distinguirlo. Sólo sé que su fuerza me lleva a su lado por el mar. Y mi debilidad es la grieta por la que penetra la fuerza de su fuego. Me gustan esos ideales altos que le dan viento a mis velas. Esos ideales que parecen inalcanzables y por ellos yo suspiro. Me gustan esos sueños elevados que llegan a las cumbres más altas. Sin dejar de reconocer la pobreza de mis pasos, la debilidad de mis brazos. Sujetando la vela. Sosteniendo el timón. No importa. Jesús me da su fuerza y surcamos los mares. No tengo miedo, no tiemblo. O sí, no importa tanto. Cuando tengo miedo, miro la estrella, miro sus ojos, y confío. Camino, corro, me elevo, espero, me detengo. El ideal me lleva. Dice el P. Kentenich: «Seguramente debiéramos cortar mucha cosa enfermiza, pero también, muchas cosas pueden permanecer. Cada uno debe trazar sobre sí la imagen de lo que debe ser. Si no consigue realizarla, no satisface su aspiración, decía Angelus Silesius. Cada uno tiene un determinado reflejo e impulso hacia Dios, y a éste puedo dedicarme»[2]. Sueño con sus brazos adaptándose a la cruz de mi vida rota, herida, caída. Sueño con su vida mezclada en la debilidad de mi alma, confundida entre mis pasiones. Sueño con su fuego y mi paja ardiendo en sus manos sin consumirse. Sueño despierto y dormido con lo que no soy y deseo, con lo que no poseo, con lo que sólo anhelo. Sueño con abrir con mis ojos los paisajes más maravillosos que Jesús para mí sueña. Pretendo dibujarlos en el azul del océano, con pulso firme. Quiero tocar con mis dedos las cumbres que aún no descubro. Hollar su nieve. No tengo en mi mente nada que se le parezca al sueño que vibra dentro. ¡Cómo expresarlo en palabras! Espero tocar el cielo con mis manos que no vuelan. Pero sé que si soy pobre, soy rico cuando le tengo a Él en mi vida, en mi barca rota, en mi voz que grita en medio de las olas. Y sé que si soy débil, y me alegro con mis debilidades, ¡paradojas de la vida!, su fuerza será mi estrella y sus manos harán de barca.

Me sorprende esa libertad de Pablo para hablar de su herida y de su espina. Una espina en la carne que marca sus pasos. O los detiene. O hace más lento su andar. Mucho se ha escrito sobre esta espina, sobre el aguijón de su carne. La gracia le basta. Pero él pide la liberación. Y la gracia le tiene que bastar. Se ha hablado mucho del significado de esa espina. Se ha pensado en una enfermedad, o en el dolor por sus hijos que sufrían o perdían la fe, o en los fracasos apostólicos que experimentó en las iglesias por él fundada. No sabemos bien a qué se refería en concreto. Lo que es seguro es que pidió a Dios que le quitara el aguijón hasta tres veces. Y tres veces escuchó que la gracia de Dios le bastaba. Una persona rezaba: «Porque te busco para abrazarte y no sé encontrarte. Duele, Señor. Creo que ese dolor es sano, es dolor redentor, es el dolor del pecado, de la pequeñez, porque ser pequeña duele, porque pecar duele. Lo asumo si quieres, porque quieres y por el tiempo que quieras, Señor. Lo asumo y lo llevo con gusto. Te lo pido así si es tu voluntad. Que me ayude a ser humilde, aunque me duela. Con gusto también te lo entrego». Un aguijón que duele y nos hace humildes. Una espina clavada en la carne. Quisiéramos no sufrir. Es necesario aprender a vivir con nuestro aguijón, con el dolor que nos pesa en el alma. Con la herida que hace más lentos nuestros pasos o los detiene. Decía Khalil Gibran: «Quiero saber si has tocado el centro de tu propia pena. Si has estado abierto a las traiciones de la vida. O te has vuelto marchito y cerrado por miedo a más dolor. Quiero saber si te puedes sentar con dolor, tuyo o mío, sin moverte para esconderlo, diluirlo o arreglarlo». Aprender a llevar alegre el dolor que me pesa, que me lacera el alma. Aprender a tocar el dolor que vive en mi alma. Caminar seguro con el alma herida. El dolor que hiere en lo más hondo. ¿Cuál es el nombre de mi aguijón? ¿Cuántas espinas tengo clavadas en mi carne? ¿Cuántas veces le he pedido a Dios que me libere de mi debilidad? Muchas veces lo hacemos. Nos arrodillamos impotentes al ver cómo la barca sigue nuestro rumbo y no es capaz de desafiar el horizonte infinito. Vuelvo una y otra vez a toparme con mis torpezas. Caigo en mis debilidades y el aguijón hiere el alma. En esos momentos quisiera ser capaz de alzarme sobre mí mismo. Y escucho que Dios me dice que me basta su gracia. Me basta su fuerza. Y yo que pretendo hacerlo todo con mis fuerzas, con mis capacidades. Sin contar casi con su poder. Sin buscar la sabiduría del Espíritu. Me empeño en alegrarme con mis fortalezas, con mis talentos, no con mis incapacidades. Es una paradoja. ¿Cómo puedo alegrarme con lo que me hace sufrir? No lo entendemos. A Dios pocas veces lo entendemos. Que mi herida, que mi aguijón sea fuente de vida me parece imposible. No me lo acabo de creer. Siento con frecuencia que Dios construye sobre mis talentos. Son fecundos. Dan vida. Pero pensar que puedo encontrar la fuente de mi vida en lo que me hace sufrir me parece hasta absurdo, imposible. Hoy Dios me lo vuelve a recordar. Su gracia me basta. Sueño con los ideales no porque ya los haya conquistado. Sino porque creo en el poder transformador de su gracia. Y creo que el camino de mi carencia puede ser mi camino de vida. Así lo hace Dios tantas veces. En la debilidad del P. Kentenich, en su herida por no haber tenido padre, hace brotar una fuente de vida. Se hace padre de muchos. Su propia falta de paternidad se convierte en fuente de vida. ¿Dónde está esa herida mía, ese aguijón que me muestra el camino que he de seguir? Tapamos tantas veces la debilidad que nos incomoda. Pretendemos mostrarnos como no somos, engañando al mundo con una farsa. Y nos conformamos con hacer fecundos algunos de nuestros talentos. Dios quiere más. Quiere mi aguijón. Quiere mi herida. Y me pide que aprenda a caminar con mis debilidades. Con ellas soy capaz de caminar mirando las altas cumbres. A ello nos invita el P. Kentenich: «No ganaremos a nuestro pueblo proponiéndole sólo exigencias menores: de vez en cuando también hay que proponerles recias exigencias, pero apelando a su magnanimidad, a lo que se puede hacer»[3]. Jesús me invita a tener un alma grande. Su gracia me basta. Él construye sobre mi vida con sus carencias y riquezas. Dios llena la grieta de mi alma con la fuerza de su amor. No dudo de todo lo que me quiere.

No siempre es tan fácil encontrar a Dios en lo más humano. Es como si Dios no estuviese en lo cotidiano. En lo ordinario: «Jesús se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: - ¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es ésa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros? Y esto les resultaba escandaloso». Jesús vuelve hoy a Nazaret. Acaba de empezar su vida pública. Vivía cerca, en el lago, en Cafarnaúm. Ya había elegido a sus apóstoles. María viviría con Él, junto a otras mujeres. Vuelve a su casa, a su pueblo después de haber realizado muchos milagros y curaciones. Después de haber hablado del Reino con pasión. Ahora vuelve allí donde están sus raíces humanas, sus vivencias de niño, sus treinta años de vida ocultos en los muros de esa aldea. Sí, allí en Nazaret, aprendió a vivir y a rezar, a amar y a jugar, a escuchar y a entender poco a poco lo que Dios le iba pidiendo. Allí se había dejado enterrado el corazón en años de juventud, en su infancia. Había amado, había sido amado. Sus vecinos fueron durante mucho tiempo sus únicos vínculos, sus amigos, sus seres queridos. Me imagino que a Jesús le gustaría volver a ese lugar. Tantos recuerdos, tanto amor. De alguna forma pertenecía a esa tierra. En la cruz le llaman el Nazareno. Todos le conocen como el hijo de María y de José. Jesús vuelve y los suyos no lo reconocen, no lo acogen con alegría. Se sorprenden. ¿No es este el hijo del carpintero? ¿Qué hace ahora? Se escandalizan de Él. Sin fe es difícil ver a Dios en lo más humano, en lo cotidiano. Nos es difícil tantas veces creer en la santidad de los que tenemos más cerca. Pero Dios actúa normalmente en lo ordinario. En su aldea, en su hogar, falta fe. Contrasta la fe de la hemorroisa y la de Jairo con la falta de fe en Nazaret. No pudo hacer milagros allí por la falta de fe. Sin fe no hay milagros. Nuestros criterios son muy humanos. A veces la vida nos rompe los esquemas. Y la realidad supera la imagen que teníamos preconcebida de las personas. Hay un poema de Mario Benedetti que dice: «Y eres mejor que todas tus imágenes, porque eres linda desde el pie hasta el alma, porque eres buena desde el alma a mí». Pienso que es verdad. Las personas que amamos son mejores que sus imágenes, que mis ideas sobre ellas, que mi esquema de siempre donde las meto y las estrecho. Ojalá siempre podamos sorprendernos y volver a asombrarnos de la belleza de esa persona a la que queremos. De esa persona que hace cosas distintas de las que yo pensaba, que empieza a hacer cosas nuevas, cosas que yo pensé que no sabía hacer. La persona que amo es mejor que todas mis ideas sobre ella. En la realidad puede hacer mucho más que lo que yo he pensado que puede hacer. De la misma manera, Dios es mucho más que todas las palabras con las que lo describimos, que todas las ideas que sobre Él tenemos. Supera todo lo que soñamos. El otro día una mujer le decía a su marido que últimamente, aunque le conocía desde hacía muchos años, se había dado cuenta de matices en los que nunca se había detenido. Es bonito mirar así la vida. Creer en que el alma del otro es infinita, que no tiene paredes ni casillas, que los límites los ponemos nosotros, no Dios. Es maravilloso creer que también yo soy el sueño de Dios, que supero mis expectativas y las que otros tienen de mí. Que puedo superar mis propios límites y ser más de lo que sueño. ¿Quién soy yo? ¿Quién es esta persona que hace cosas distintas, que se sale de su esquema, del esquema en que yo lo había metido? Sin duda es mejor que todas sus imágenes. Como Jesús. Yo puedo elegir abrirme a esa persona, abrirme a Dios en una realidad que no conocía, o quedarme con mi esquema, alejado de la realidad. Hoy pasa eso en Nazaret. Los que lo conocen, no creen en todo lo que Jesús puede llegar a ser. No ven a Dios en Él. No van más allá de sus prejuicios.

Los vecinos de Nazaret, sus parientes, se asombran ante Jesús. Se asombran, pero no con el asombro inocente de los niños, sino con el escándalo ante aquel que saca los pies del plato y hace algo distinto. Aquel que rompe el esquema y la idea de lo que tiene que ser. De lo que han pensado que tenía que ser. No le dejan ser quien es. No lo quieren como es, con su misión particular, con su originalidad. No entra en el molde de los demás, no entra en el molde de su idea sobre Él. Su idea no encaja con la realidad. Y se alejan. Se quedan con su prejuicio. No se abre su corazón a conocerlo, a ver cómo es el corazón de este Jesús que es más de lo que pensaban. Es un primer fracaso para Jesús. No consiguió llegar a ellos. Él los quería, habían formado parte de su vida y de su paisaje de niñez. Y ahora no lo aceptan como es, no lo acogen. No se acercan, se alejan. Murmuran. Le costaría. Es una pequeña herida. No quieren conocerlo. No quieren abrirse a Él. Se preguntan ¿No es este el hijo del carpintero? Sí que es el hijo del carpintero. Es un título que a Jesús le llenaría de orgullo. Pero en cuanto no controlan lo que hace, lo que es, lo rechazan. Hace milagros. Habla con sabiduría. Se atreve a hablar en la sinagoga ante los que le han visto crecer. ¿De dónde saca todo eso? Esa pregunta tiene en realidad una verdad muy honda. ¿De dónde sale Jesús? ¿Cuál es su fuente? Dios es su fuente. Pero ellos no ven más allá. No están abiertos. Quieren seguir con su vida de siempre donde Jesús es un vecino más. Y todo sigue igual. Les da inseguridad lo nuevo, lo que va más allá de lo conocido, de lo lógico, de lo medible y controlable. Los comprendo. Jesús vive fuera, hace cosas distintas de las esperadas, no trabaja en lo que todos pensaban que debería trabajar. No se ha casado y no ha comenzado una vida familiar. Se ha alejado de los suyos. «En Nazaret, la familia lo era todo: lugar de nacimiento, escuela de vida y garantía de trabajo. Fuera de la familia, el individuo queda sin protección ni seguridad. Sólo en la familia encuentra su verdadera identidad»[4]. No saben ver quién es, no saben ver todo lo que hay en su corazón. Jesús se sintió impotente. No pudo hacer ningún milagro. Para el milagro hace falta la apertura del corazón. Jesús no se lo esperaba. Le sorprendió su falta de fe. Se extrañó porque confiaba en ellos, porque pensaba que podía regalar esa misión que había descubierto en su alma hablando con su Padre. Ya sabe quién es. Su misión. Es verdad que cuando descubrimos nuestra identidad, ese sueño de Dios para nuestra vida, necesitamos volver a los lugares que amamos, a nuestra casa familiar, a nuestros paisajes. Eso nos ayuda a comprendernos, a ver nuestra vida con profundidad, viendo cómo la mano de Dios nos condujo siempre. Nos ayuda a comprendernos en nuestra historia, en nuestras raíces. Nos ayuda a saber a dónde pertenecemos. A las personas que conocimos de niño nos atan recuerdos de nuestros padres o abuelos, vivencias profundas que nos ayudan a hacer nuestro un sitio. Creo que nos pasa a todos. Jesús amaba Nazaret. Hoy vuelve. Jesús, el peregrino, tiene una tierra. Pertenece a un lugar. No es un nómada sin raíces. Es el mismo que se fue, pero con un ardor nuevo. Y no lo quieren como es. Le piden que se meta en su esquema y no les incomode. ¡Cuántas veces Dios rompe mi esquema pequeño! Y no le veo, ni le escucho, porque no hace lo que yo pienso que tiene que hacer, porque no se amolda a mis ideas sobre Él. Ojalá yo sea capaz de abrirme a Dios y aprender, y comenzar de nuevo. Ojalá nunca encasille, nunca rompa con alguien porque ya no es lo que era, lo que yo pensaba que tenía que ser. Nada sana más que el amor incondicional de alguien a nuestro lado. Que me quiere como soy, con mi verdad, con mi misión, con mi sueño. Así nos ama Dios. Tal como somos, tal como estamos y en el momento en que vivimos. Nos acepta y acoge. Me ama con mis cambios. ¿Cuál es mi esquema de Dios, ese esquema que hace que a veces Dios me defraude? Hoy lo rompo. Hoy acepto la vida en toda su profundidad. Hoy acojo a Jesús que necesita que abra mi corazón para poder hacer milagros. Es mejor que todas mis imágenes sobre Él. Ojalá otros puedan sorprenderse al ver lo que Dios hace en nosotros. Él hace maravillas con nuestra pobreza. Ojalá podamos admirarnos así.

Jesús pasó dificultades y tuvo fracasos: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. No pudo hacer allí ningún milagro. Sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando». Marcos 6, 1-6ª. Es difícil aceptar el fracaso. Cuando uno ama, cuesta no encontrar resultados. Cuando uno se esfuerza, es duro fracasar siempre de nuevo. Stanislas Wawrinka, el último ganador de Roland Garros, lleva tatuada esta frase: «Siempre intentaste. Siempre fallaste. No importa. Intenta otra vez. Falla de nuevo. Falla mejor». Me llama la atención. Falla mejor. Con menos amargura. Con más altura. Falla mejor. Nosotros no queremos fallar nunca, no nos gusta fracasar. No queremos enfrentarnos a lo que tanto tememos. Los fracasos nos hacen tomar conciencia de nuestra fragilidad, sabiendo que después de la cruz viene la vida eterna. A veces nos podemos acostumbrar a que nos vaya bien. No creo que cada uno tenga una cuota de fracaso reservada. Eso me parece absurdo. No creo en esa afirmación de algunos: «Le iba demasiado bien, era lógico, en algún momento le tenía que ir mal». No creo en ese método pedagógico de Dios con el fracaso. No creo que nos mande fracasos para educarnos. Sí que creo que de la cruz Él saca la vida. Del fracaso abre un camino nuevo y nos enseña a vivir. Sé que permite éxitos y fracasos en nuestra vida y de los dos nos pide que aprendamos. No quiero pretender caer bien a todo el mundo, ser escuchado por todos, que todos me quieran y acepten. No creo que ese sea el sentido de mi vida. Eso no sucede nunca, aunque lo pretendamos. Como me decía una persona: «Todos tenemos nuestro público». Eso es más real. Todos tenemos cerca a aquellos que nos aplauden y reconocen, nuestro público. Y también a aquellos que no nos quieren, que nos critican y juzgan, hagamos lo que hagamos y que, muchas veces sin malicia, esperan nuestra caída. Lo absurdo sería pensar que nunca va a haber fracasos. Es parte de la vida. Lo necio sería pensar que siempre tendremos éxito y que nuestro éxito no va a despertar envidias. El corazón humano es envidioso. Como me comentaba una persona: «Cuando un clavo asoma hay que golpearlo». Destacar demasiado, sobresalir mucho, cuesta. Es lo que pasaba con Jesús. Que era uno más en Nazaret. Un joven educado junto a muchos otros jóvenes. ¿Qué podía tener de especial? Hijo del carpintero. Hermano y primo de muchos. No podía ser especial. Jesús experimentó el fracaso cerca de los suyos. No puedo ser yo más que el maestro. Los fracasos me recuerdan lo importante, que no me anuncio a mí mismo, que anuncio a Jesús con mi vida, con mis palabras y mis obras. Los fracasos me hacen volver al centro, me purifican. No se trata de pedir los fracasos. O de mirar el futuro con esa resignación del que sabe que va a llegar. No. Se trata de mirar con libertad la posibilidad del fracaso. Que justamente ahí donde encuentro una fuente de vida, pueda experimentar la debilidad. El P. Kentenich habla del educador de oro: «Como cultivan la comunidad de corazones y de sentir con Él, saben que la cruz y el sufrimiento, el fracaso y el desprecio, son los mejores medios para formar y plasmar a las personas»[5]. Se trata de educar desde la realidad. Los éxitos son importantes. Porque la fecundidad es de Dios en nuestra vida. Pero a veces los éxitos nos aburguesan, nos hacen descansar y engreírnos. Nos hacen pensar que todo es gracias a lo que hacemos y logramos. La fama que nos pesa y el honor que nos importa tanto. Nos creemos mejores que otros y los juzgamos. El éxito puede convertirnos en despreciables. La vanidad, el orgullo, el deseo de sobresalir. La fama que nos precede. Que hablen bien de nosotros. Que nadie nos critique. Acabamos buscando el éxito en todo. Como si la felicidad viniera acompañada de logros. Una felicidad insatisfecha que siempre quiere más. Quiere llegar más lejos. Lograr más. Alcanzar más cimas elevadas. El temor de S. Pablo que no quería caer en el orgullo, en la soberbia. La espina que nos recuerda que somos barro. Que es Jesús el que está en el centro. Perderlo todo y quedarnos vacíos. Perder la fama y la gloria que no importan tanto. En la película «El abuelo» dos viejos al final de sus días comentan: «Si te dieran a escoger entre el honor y el amor, ¿tú qué harías? Le dice uno al otro. Y el otro viejo le contesta: - Si de eso que llamamos honor pudiera hacerse una cosa material sería muy bueno para abonar la tierra. Estiércol. Eso es el honor en mi humilde opinión: una buena mierda». La fama importa poco. Tenemos que despojarnos del yo. Decía el P. Kentenich: « ¿Qué encierra este despojo del yo? Un desprendimiento del yo en alto grado en cuanto a nuestra capacidad de entrega»[6]. El fracaso me ayuda a despojarme de mi yo, de mis deseos, de mi anhelo de gloria. Me ayuda a ponerme en un segundo plano, a desterrar de mí los aires de grandeza.



[1] J. Kentenich, Textos pedagógicos

[2] J. Kentenich, Vivir la alegría

[3] J. Kentenich, Hacia la cima

[4] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

[5] J. Kentenich, Textos pedagógicos

[6] J. Kentenich, Hacia la cima