Algo de lo que es buena prueba precisamente el último atentado producido en Túnez, con más de treinta víctimas mortales, el cual se ha de considerar íntimamente unido al que se produjo hace ya más de tres meses en el Museo del Bardo, ambos dirigidos en primera instancia contra “cristianos”, o por mejor decir, contra turistas extranjeros, generalmente occidentales, pero en segunda y última instancia, contra los propios compatriotas tunecinos, también musulmanes, que viven precisamente e intentan prosperar a través de la actividad turística, que a nadie se le oculta, es, después de las víctimas humanas del atentado, la principal perjudicada del atentado.
 
            Es fácil sucumbir a la tentación de pensar, tras un atentado como el que acabamos de vivir, que todos los musulmanes son iguales, y que todos comparten el ideario barbárico que consigue anular el cerebro de los que optan por el terrorismo. Pero eso no es así: el universo islámico es, como cualquier otro universo, complejo, riquísimamente complejo, y entre los musulmanes existen, como entre los cristianos, los judíos o los sintoístas, personas buenas y personas malas, personas pacíficas y personas violentas, personas sensatas y personas fanáticas. Y concretamente en Túnez, constituyen con toda probabilidad una gran mayoría los que simplemente quieren relacionarse pacíficamente entre sí y con las personas, las muchas personas, que visitan el bello país y pasan en él sus vacaciones. En este sentido, resulta alentadoramente elocuente un pequeño relato que vi hacer a uno de los turistas supervivientes del atentado contra el Museo del Bardo que explicaba como cuando todo hubo terminado y los turistas supervivientes eran trasladados al aeropuerto o adonde fuera en autobuses, los pacíficos ciudadanos tunecinos les obsequiaban con una salva de aplausos, y algunos incluso pedían perdón en nombre de sus salvajes compatriotas.
 
            Lo que ocurre es que ese sentimiento que es real, existe y es, sin duda, mayoritario, debe plasmarse en hechos igualmente reales y en manifestaciones claras y contundentes que no dejen lugar a la menor duda. En eso, sí se puede decir que las autoridades islámicas están fallando, ya sea por miedo, ya sea por insuperables lazos para con quienes dicen compartir el credo de uno, ya sea por un intento ingenuo por preservar la “comunión” con los “hermanos descarriados”, todavía se echa de menos un pronunciamiento indubitable, clarísimo de la mayoría islámica, en tierras de Dar al Islam(1), pero también en Europa, sobre el comportamiento de los que utilizan la excusa de la religión para expandir el odio, el dolor y la miseria.
 
            Nada nuevo bajo el sol: es uno de los efectos más perjudiciales y difíciles de combatir del terrorismo, y si hacemos autocrítica, los españoles no tenemos más remedio que aceptar que sabemos de lo que hablamos, pues nuestro país ha sufrido durante medio siglo (se dice pronto) la lacra insoportable del terrorismo -en este caso no islamista sino separatista, (y nadie nos garantiza que esté definitivamente superada)- sin que ni las autoridades ni los portavoces del pueblo vasco, ni tampoco determinados sectores de la sociedad que sin ser propiamente secesionistas manifestaban puntos de sintonía con el terrorismo de la ETA, manifestaran con la claridad que les era exigible su rechazo absoluto e incontestable del uso del terror para conseguir fines políticos. Reconozcámoslo como es.
 
            Y sin más por hoy, queridos amigos, les deseo una vez más que hagan Vds. mucho bien y no reciban menos. Nosotros por aquí seguiremos, esperando encontrarles de nuevo mañana.
 
 
            (1)Dar al islam se traduce como “hogar del islam” y engloba todos los países con gobiernos musulmanes, por contraposición a Dar al Harb, literalmente “casa de la guerra”, compuesto por los países no islámicos.
 

 
 
            ©L.A.
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