La encíclica Laudato Si en su primer capítulo realiza un análisis de la situación a nivel mundial. Las conclusiones son muy pesimistas. Sin duda será el capítulo más discutido a nivel técnico.
    La degradación es inmensa. Basta abrir los ojos para contemplarla. No solo a nivel mundial, sino en nuestros pueblos y ciudades. Tenemos papeleras y seguimos echando los papeles en la acera.
    Algunas formas de contaminación afectan a la salud y especialmente a los más pobres.
    Los residuos son un problema permanente que afean el paisaje en otro tiempo bello.
    El uso masivo de combustibles fósiles ha contribuido al calentamiento global que influye después en ciertos en ciertos fenómenos que sufrimos en distintas partes de la tierra. La pérdida de selvas tropicales empeoran la situación porque mitigan el cambio climático. Las poblaciones costeras pueden sufrir especialmente los efectos de la situación. “El crecimiento del nivel del mar, por ejemplo, puede crear situaciones de extrema gravedad si se tiene en cuenta que la cuarta parte de la población mundial vive junto al mar o muy cerca de él, y la mayor parte de las megaciudades están situadas en zonas costeras”.
   Especial atención tiene la cuestión del agua. El agua limpia y potable es fundamental para la vida humana y para los ecosistemas terrestres y acuáticos. “Un problema particularmente serio es de la calidad del agua disponible para los pobres, que provoca muchas muertes todos los días. Entre los pobres son frecuentes enfermedades relacionadas con el agua, incluidas las causadas por microorganismos y por sustancias químicas”.
   La pérdida de selvas y bosques provoca también la pérdida de  especies de animales y plantas, importantes para la alimentación y para curar enfermedades. El Papa señala algunas zonas concretas que tienen especial repercusión en la ecología mundial. “Mencionemos, por ejemplo, esos pulmones del planeta repletos de  biodiversidad que son la Amazonia y la cuenca fluvial del Congo, o los grandes acuíferos y los glaciales. No se ignora la importancia de estos lugares para la totalidad del planeta y para el futuro de la humanidad”. Los océanos contienen la mayor cantidad de agua y de seres vivientes.
    En el deterioro de la vida humana, señala el Papa, el crecimiento desmesurado de las grandes ciudades y la privatización de algunos espacios ecológicos para determinadas personas. Allí surgen formas de violencia y de agresividad.
    Las dinámicas del mundo digital que no favorecen vivir sabiamente. “La verdadera sabiduría, producto de la reflexión, del diálogo y del encuentro generoso entre personas, no se consigue con una mera acumulación de datos que termina saturando y obnubilando, en una especie de contaminación mental. Al mismo tiempo, tienden a reemplazarse las relaciones reales con los demás, c on un tipo de comunicación mediada por internet”.
   La solución para muchos del problema ecológico está en la reducción de la natalidad y no en el control del consumismo extremo.
   Las reacciones son débiles  porque están condicionadas por el valor económico y tecnológico, olvidando lo humano y especialmente a los más pobres.
    El Papa reconoce que no podemos caminar entre dos extremos: Quienes piensan que todo lo resolverá el progreso, y quienes sostienen que cualquier intervención del hombre perjudica siempre a la naturaleza. “Entre estos extremos, la reflexión debería identificar posibles escenarios futuros, porque no hay un solo camino de solución. Esto daría lugar a diversos aportes que podrían entrar en diálogo hacia respuestas integrales”.