Cuando hablábamos de la fe ya decíamos que tres son las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad, y ninguna de ellas se pueden separar de la otra. Ninguna de ellas es capaz de existir sin las otras. Lo cual quiere decir que las tres crecen y decrecen en el alma humana al unísono. Por ello es imprescindible, que comprendamos, los que aquí abajo nos encontramos, que el amor o caridad, considerada como la más importante de las tres, no puede existir sin sus siervas, que son la fe y la esperanza: la caridad tiene una total necesidad de ellas para crecer y desarrollarse.Veamos. La virtud de la caridad, es únicamente y esencialmente el amor al Señor, aunque genéricamente el término “caridad”, se viene utilizando para denominar el amor o la caridad fraterna. Es muy importante el amor al prójimo, pero siempre que este sea en función del amor a Dios. Debemos amar a los demás, pero sin olvidarnos nunca de que ese amor a ellos o a ellas solo es, en razón de ser ellos o ellas, una creación de nuestro Amor supremo que es el Señor. Hay mucha distorsión de ideas acerca del amor a nuestros semejantes. El amor al Señor, debe de estar siempre por encima de cualquier amor, que se pueda tener: a una madre, a un padre, a un conyugue, a unos hijos, a unos hermanos, o a unos amigos o amigas. Son importantes en la vida de una persona, estos amores a los seres que Dios ha atado a su querer, pero siempre estos han de ser siempre complementarios del amor principal, que es el amor a Dios o virtud de la Caridad. Dice el Señor: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí”. (Mt 10,37-38). Y esto es así, porque Dios que te ha creado es un ser absorbente. En el Éxodo Dios manifiesta: “Soy un Dios celoso”. (Ex 20,5). Y sin salir del Pentateuco, en Deuteronomio se puede leer: "porque Yahvéh tu Dios es un fuego devorador, un Dios celoso”. (Dt 4,24). La oración básica del pueblo de Israel, el “Schema Israel”, que todo buen judío y nuestro Señor oró tres veces al día, dice: “Escucha, Israel: Yahvéh nuestro Dios es el único Yahvéh. Amarás a Yahvéh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se la repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como una señal, y serán como una insignia entre tus ojos; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas”. (Dt 6,4-9). Él es terriblemente celoso, no admite competencia alguna y no ya de otro amor o amores a otros seres por Él creados, sino a cualquier amor a un bien o bienes materiales o espirituales que a uno le pueda apetecer. Él quiere que le amemos por Él mismo no en función de las cosas por Él creadas. En relación a este amor absorbente del Señor, debemos de meditar las palabras de San Agustín, cuando dice: Pudiendo llegar a ser poseedor eterno del que ha creado todo lo que ves, ¿Por qué te empeñas en querer poseer aquí abajo temporalmente, algo de lo por Él creado? Habría que responderle a San Agustín: porque nuestra fe es muy débil, y no acabamos de tomarnos en serio, todo lo que en definitiva es el fundamento de nuestra eterna felicidad, cual es en este caso la fe. Es tremenda la pobreza de nuestra fe y no somos conscientes, de que ella es el pilar donde se asienta todo el edificio de nuestra vida espiritual, de nuestra íntima relación con Dios. Por alguna razón será, que la fe es la primera de las tres virtudes básicas de nuestro Credo. El amor a Dios de sus criaturas, genera en Él, una correspondencia a ese amor que se le manifiesta. Y este amor de Dios a nosotros, es un fuego devorador, un fuego que consume. Transforma en Él todo lo que toca. Jean Lafrance escribe: No se puede pretender acercarse a Dios sin dejarse devorar por este fuego. Por eso la oración es una aventura peligrosa, porque la oración, es la feliz hoguera en la que se enciende y conserva el fuego del santo amor. Es este un fuego terrible porque es fuego de amor. Pero un fuego devorador que no puede nada sin el consentimiento de nuestra libertad, solo si nosotros le decimos “si” y le pedimos al mismo tiempo el poder del Espíritu, no nos lo puede negar. Si le decimos si, la única actitud que tenemos que tener ante Dios, es decirle “Heme aquí”. Es un acto de disponibilidad de humildad, de pobreza y de consentimiento. En la oración, hemos de mantenernos pobre y desnudo, como Moisés ante la zarza ardiendo e incandescente. No digas nada sino ofrece a este fuego devorador toda la superficie desnuda de tu ser. Dios es el que quiere devorarte. Formas un ser con Él, y te conviertes en participante de la naturaleza divina. El Señor vino a este mundo con el ardiente deseo de ver prendido en las almas el fuego de amor con el que se consume su propio corazón. Él tiene sed de que tú tengas sed de Él, por ello nos dejó dicho: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!”. (Lc 12, 49). Vayamos pues a Él, que nos pide como recompensa de su caridad nada más que una devolución de amor. Y si ya sientes la sed de Dios, el ansia de amarle, si has sentido ya merodear alrededor de ti el fuego que Dios ha venido a traer a la tierra, si ya deseas quemarte en ese fuego de amor, entonces estás preparado para el banquete de la Trinidad, y llegará un momento en el que tu corazón, se abrase en el fuego del amor divino, e incluso físicamente sientas ese fuego, entonces será cuando habrás llegado a la unión con el Amado. Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.