Amar lo que vemos y sentimos, es relativamente sencillo. Amar lo que no vemos y no entendemos del todo, es muy complicado. No digo que Dios no pueda sentirse y verse, sino que no es posible amarlo cuando tenemos el corazón lleno de suciedad. Vivir en la oscuridad no es agradable para nadie. Todos sentiríamos una necesidad imperiosa de luz. De la misma forma, vivir sin ver a Dios nos lleva a necesitar su presencia. 


De la necesidad que anida en nosotros, podemos obtener algunas respuestas, de igual forma que de la falta de luz podemos obtener respuestas sobre lo que hace necesaria la luz. San Agustín toma la necesidad de Dios para describir qué es amar a Dios. 

¿Qué es lo que amo, cuando amo a Dios? No una belleza corpórea, ni una armonía temporal, ni el brillo de la luz, tan apreciada por estos ojos míos; ni las dulces melodías y variaciones tonales del canto ni la fragancia de las flores, de los ungüentos y de los aromas, ni el maná ni la miel, ni los miembros atrayentes a los abrazos de la carne. Nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo una especie de luz y una especie de voz, y una especie de olor, y una especie de comida, y una especie de abrazo cuando amo a mi Dios, que es luz, voz, fragancia, comida y abrazo de mi hombre interior. Aquí resplandece ante mi alma una luz que no está circunscrita por el espacio; resuena lo que no arrastra consigo el tiempo; exhala sus perfumes lo que no se lleva el viento; se saborea lo que la voracidad no desgasta; queda profundamente inserto lo que la saciedad no puede extirpar. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios. (San Agustín. Las confesiones, X, 6, 8) 

Amar a Dios es amar aquello que anhelamos, esa especie de luz, fragancia, alimento y abrazo que va más allá de las limitadas apariencias físicas.  Es una luz que no está limitada por el espacio y que no se desgasta ni termina. Amar a Dios es amar lo que nos completa como seres humanos y no encontramos en lo que nos rodea. 

¿Cómo amar a Dios sobre todas las cosas? Empezando por entender que Dios está por encima de todo lo que nos rodea y que contentarnos con cualquier sucedáneo, es perder la el camino que nos conduce hasta Él. La tentación de encerrarnos en nosotros mismos y olvidarnos de aquello que nos trasciende, es muchas veces tremendamente fuerte. Basta con escuchar un anuncio para darnos cuenta cómo el marketing nos ofrece continuamente sustitutos falsos que buscan acallar el ansia de ser que llevamos dentro de nosotros. 

Dentro de la Iglesia, a veces nos contentamos con las apariencias y los sustitutos asequibles. Oramos a Dios para que nos dé lo que deseamos o necesitamos y con esto olvidamos orar a Dios para que nos transforme y no tengamos necesidad más que de Él. Es complicado llevar hasta el final la negación de sí mismos. Nos duele en carne propia “perder” la vida por Señor, para llegar a salvarla. 

¿Quién puede salvar su vida sin dejarla totalmente en manos del Señor? ¿Quien puede recibir la misericordia de Dios, sino se arrepiente con sinceridad y profundidad? ¿Queremos que el Señor nos abrace llenos de perdón? Tendremos que andar el camino del arrepentimiento para volver a casa. Amar a Dios sobre todas las cosas, disponerse a andar el camino de la santidad. 

Pero nuestro ofrecimiento y confianza son contantes en el tiempo. Cuando nos parece que no tenemos nada que perder, no tememos entregar todo. Cuando nos parece que cuando creemos tener algo de valor, ya no estamos tan dispuestos. En todo lo que es sólido, eterno, imperturbable “queda profundamente inserto lo que la saciedad no puede extirpar. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios