Nuestro protagonista había nacido en Estepa (Sevilla) el 20 de octubre de 1883 (bajo estas líneas, Viernes Santo en Estepa, año 1900, ). Tras realizar los estudios eclesiásticos en Sevilla, se ordenó sacerdote el 5 de junio de 1909. Consiguió el doctorado en Filosofía, Teología y Derecho Canónico. Ejerció los cargos de superior del Seminario de Sevilla (1910) y catedrático del mismo (1911). Desde 1914, ejerció como director del Boletín eclesiástico de Sevilla.



Desde 1925 era canónigo tesorero de la Santa Iglesia Catedral Primada de Toledo y profesor del Seminario de Toledo.

Como ya hemos visto, su noble obsesión fue la prensa católica. Además de la fundación y dirección de la institución “Ora et labora”, el Siervo de Dios trabajó para que surgiera una Hemeroteca Católica Internacional que, en 1936, recibía diarios y revistas católicas de unas 40 naciones. Fue miembro activo, entre otras, de la Asociación Nacional de la Prensa.

Era hombre con gran capacidad resolutiva: tras asistir a varios congresos y reuniones internacionales, en 1924 organizó la III Asamblea Nacional de la Prensa Católica. En el Congreso Internacional Católico de Constanza (Alemania) fue nombrado Presidente de la “Comisión Permanente Internacional de Prensa”, recibiendo el aplauso de toda la Asamblea al desarrollar el tema “La Prensa Católica Mundial”. Por eso, el Cardenal Primado de Toledo lo nombra Secretario General de la “Asamblea de la Prensa Católica” y el Cardenal Gasparri, Secretario de Estado, le expresa en público “el agradecimiento de Su Santidad Pío XI por sus constantes y valiosos trabajos”.

El artículo que ya citamos y que fue publicado, el 17 de julio de 1924, en el diario “La Constancia” de San Sebastián termina elogiando a nuestro mártir con estas palabras:

La eminente figura del señor Montero Díaz, es un ejemplo elocuentísimo de lo que es capaz un hombre pletórico de entusiasmo, trabajando por el triunfo de un ideal noble y elevado, sin hacer casi de los mil tropiezos que obstaculizan su labor, antes bien, superándolos con prudencia y cordura hasta hacerse superior a todo con férrea voluntad”.

En 1929, organizaba la Primera Semana Nacional de Consiliarios  diocesanos y el Primer Congreso Nacional de Acción Católica; en 1930, la Primera Asamblea Nacional de Acción Católica.

Tras años de fructífero apostolado, 1936 traería el desastre de la Guerra Civil española. Cuando aún no habían pasado ni diez días del Alzamiento, el 27 de julio de 1936, el Siervo de Dios recibió una inesperada visita. En la novela histórica “Toledo 1936. Ciudad mártir” (Toledo, 2008) se nos narra el episodio de esta manera:

«En la tarde del 27 de julio, el capitán de Asalto Eusebio Rivera Navarro, un miembro del Partido Comunista y varios milicianos se presentan en la casa del Siervo de Dios solicitando su presencia en la Catedral. Alguien ha informado de que las llaves de la puerta blindada, que protege la habitación donde se guarda el Tesoro, están en poder del Canónigo Arcediano Don Rafael Martínez Vega. Reunidos ambos canónigos, las “autoridades” están deseosas de ver el Tesoro. Don Ildefonso entra con todos. Y como los milicianos lo hacen sin descubrirse, les llama la atención; ellos, aunque de mala gana, atienden los gestos de los cabecillas para hacerlo.

La belleza del templo catedralicio contempla al siniestro grupo acompañado por los candidatos al martirio. Van poniendo sus viles ojos en los objetos sagrados como si estuviesen escogiendo lo que van a llevarse; observan para preparar el saqueo. Así planean los republicanos el despojo total de la Catedral. Terminada esta primera visita de las autoridades republicanas, los dos sacerdotes reciben la orden de marchar a sus domicilios, pues nada les va a ocurrir. Al subir la Puerta Llana, unos milicianos se burlan de ellos al pasar y dicen: “-A estos dos ‘cuervos’ les quedan pocos días”.

Agosto comienza como termina julio: con asesinatos indiscriminados contra la Santa Madre Iglesia, en sus personas, y con atrevidos y sacrílegos destrozos en sus templos. A las doce y media de la mañana del primer día de este nuevo mes, unos milicianos se presentan en casa de don Justino Alarcón de Vera (fue beatificado en octubre de 2007) para detenerlo. Será el primero en caer ese día. El siguiente será nuestro protagonista.



Sacristía de la Catedral Primada tras la incautación llevada a cabo por las autoridades republicanas en 1936. En la fotografía, al fondo, puede observarse que no está El Expolio de El Greco.

Sobre los claustros de la Catedral de Toledo se encuentran diferentes viviendas, tanto del personal que la atiende como de alguno de los sacerdotes que trabaja en ella. Una de esas viviendas la ocupa don Ildefonso Montero Díaz… Sentado en su mesa de escritorio, pergeña algunos pensamientos: “Seguiremos orando y trabajando -escribe- en cuanto sea posible; seguiremos pidiéndole a Dios que nos libre de la muerte violenta; pero si Dios no quiere librarnos... yo tampoco quiero: hágase su santa voluntad... Yo estoy dispuesto para morir, conforme con la voluntad de Dios, sea lo que sea, y acepto de antemano la clase de muerte que quiera mandarme...”.

Con la mirada perdida, piensa qué delito le pueden imputar los marxistas. No ha participado en actividad política, no tiene posición social aventajada... Entonces echa un vistazo a su biblioteca, a los cuadros y fotos que cuelgan de las paredes y que recuerdan los trabajos de tantos años: la institución Ora et labora, desde su Sevilla natal; la creación de la Hemeroteca Católica Internacional, que en este año de 1936 ha conseguido recibir diarios y revistas católicas de 40 naciones... Fotografías de congresos y reuniones internacionales, la organización de la III Asamblea Nacional de Prensa Católica en 1924. Como Director del Secretariado de la Acción Católica, organizó la I Semana Nacional de Consiliarios diocesanos y el Primer Congreso Nacional de Acción Católica. Y hace solo seis años, la exitosa I Asamblea Nacional de Acción Católica... Demasiada gente bajo su control, demasiada doctrina católica… ¡Verdaderamente se le puede considerar un elemento peligroso!

Está tan absorto en sus pensamientos, que no se da cuenta de que en la calle hay un griterío que le increpa para que abra su puerta. Los milicianos se presentan en los claustros de la Catedral, preguntando por “un cura que se llama Ildefonso Montero". Su muerte viene decretada desde más arriba. A él le dicen que se lo llevan para declarar. Su hermana, que está en otra habitación, pide acompañarlo. Pero don Ildefonso tiene muy claro adónde se lo llevan y con la negativa de los milicianos la mujer queda en el dintel de la puerta contemplando cómo apresan a su hermano. Tal vez por su fama o por algún odio personal por la tarea ingente del sacerdote, los milicianos, que llevan tiempo actuando impunemente y a la luz del día, obligan, sin embargo, al canónigo a ir por callejas ocultas bajándolo por un sendero desde el Miradero hasta cerca de la Puerta Nueva de la ciudad, donde lo matan. Son aproximadamente las cinco de la tarde del primer día del espantoso y aciago mes de agosto de 1936».