Creemos en tres personas distintas -Padre, Hijo y Espíritu Santo- y un solo Dios. San Patricio, el evangelizador de Irlanda, empleaba un trébol para explicar el significado de la Santísima Trinidad, ya que se trata de una misma planta con tres hojas diferentes. Pues bien, el Dios uno y trino, puede llegar a unirse íntimamente a nosotros si lo dejamos trabajar. La gracia más alta del bautismo, la que lo lleva a su plenitud en clave sacerdotal, es la que algunos teólogos y místicos, como la Venerable Concepción Cabrera de Armida (18621937), han llamado la “encarnación mística”, que no es otra cosa más que dejarse habitar por la Santísima Trinidad. Dicha doctrina parte del corazón del Evangelio: “El que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a Él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Vale la pena notar que Jesús habló en plural. Esto indica cómo la Santísima Trinidad es una realidad que él vive y comparte. Guardar la palabra de Dios; es decir, aplicarla a nuestra vida, es el reto, la meta. ¿Cómo alcanzarla? Dejándonos cualificar por el Espíritu Santo mediante la fe y las obras. Esto implica vivir intensamente, al trabajar por identificarnos con el estilo de Jesús Sacerdote y Víctima, quien ha recibido ese nombre por ofrecerse a sí mismo en un acto libre, de entrega total.

  La vida de Cristo debe reproducirse en nosotros, de tal forma que el Padre Celestial vea en cada uno el rostro de su único Hijo. Esto no significa que nos parezcamos materialmente, sino espiritualmente aunque con efectos o rasgos exteriores. El que contempla al que es el amor, termina amando y, desde ahí, construyendo relaciones de calidad. La encarnación mística, implica que Dios uno y trino nazca en nosotros. Evidentemente, esto no tiene ninguna connotación física, pero sí interior. La gracia hace las veces de una cualidad en el encuentro íntimo con aquel que nos dio la vida. Cada vez que nos ajustamos al Evangelio, que “morimos” a nuestros pecados, caminamos hacia la unión con Dios que, en algunos casos, llega a la encarnación mística. Hablamos de ciertas personas, porque evidentemente implica un serio trabajo que no cualquiera está dispuesto a desarrollar. Si bien está al alcance de todos, requiere de un interés poco común.

  Ahora bien, volvernos casa de la Trinidad, no significa espiritualizarnos tanto que perdamos los pies del suelo, de la realidad. Al contrario, supone vivir con naturalidad, siendo muy humanos. Un rasgo de los que de verdad practican el Evangelio es el buen humor. El detalle, la diferencia, está en percibir la vida desde los ojos de Jesús. Así evitamos vivir en la superficie, en el consumismo que solamente genera apegos. Dios no quiere cosas raras o excéntricas. Simple y sencillamente, nos ayuda a crecer, sacando lo mejor de nosotros mismos. Por ejemplo, Concepción Cabrera, estaba al pendiente de sus hijos, jugaba con los nietos y sabía platicar, reír, pero todo lo ofrecía a Dios. Hay una anécdota de Mons. Joaquín Antonio Peñalosa, en la que cuenta cómo la conoció siendo niño. Resulta que él esperaba encontrarse con una figura estática, excesivamente seria, pero en realidad vio a una señora igual a su mamá; es decir, natural en el trato. Y, sin embargo, se trataba de alguien que ya estaba bajo los efectos del Espíritu Santo. 

  Ser casa de la Trinidad, nos lleva a cuidar mejor nuestro cuerpo a nivel físico y espiritual. Obviamente, sin obsesiones, pero siempre en la línea de cuidar lo que somos, pues estamos unidos a Dios, somos templos del Espíritu Santo y esto no es una poesía, sino una realidad a menudo desconocida. Dios quiere habitar en cada uno, conquistarnos, para mostrarnos que hay otra opción posible.