El deseo de seguridad material humana, no solo comprende el deseo de disponer hasta el fin de nuestros días, de los recursos económicos suficientes y abundantes para no tener que depender de nadie, sino también, el deseo de disponer de una situación de un status social en razón de la cual, todo el mundo nos reconozca una categoría social e intelectual que satisfaga nuestra encubierta vanidad. Y al fin de nuestros días, los hay que hasta desean un pomposo entierro, de esos que convierten la casa de Dios en una reunión de sociedad, donde muchas veces con menosprecio del Santísimo que incluso puede estar expuesto en su capilla, y despaldas a ella se charla y comenta en voz alta. También se tiene buena cuenta de que los deudos del difunto, le vean a uno, que es a lo que se va, con independencia de estar o no estar en el rollo del funeral, que es lo de menos y a nadie se le ocurre rezar un simple padrenuestro por el alma del difunto. Por un lado, en el mundo en que vivimos, cada uno de nosotros, solo estamos pendientes de las necesidades y la satisfacción de nuestros deseos y caprichos de orden material, y nuestra sociedad nos hace creer que somos lo que poseemos, lo que hacemos, o lo que la gente piensa de nosotros, tanto valemos pues, solo en relación a los bienes que poseemos y a la consideración social de la que disfrutamos. Y con una creencia de esta naturaleza, la consecuencia lógica, es la de que nuestra muerte es ciertamente el final, porque con nuestra muerte desaparece toda propiedad, éxito y popularidad. El miedo a la muerte, solo puede ser vencido por aquel que dado su alto nivel de vida espiritual y su entrega incondicional al Señor, tenga la convicción absoluta y esta le haga ver claramente, que lo que espera, es mejor que lo que aquí tiene. De otro lado, la posibilidad de no obtener los bienes materiales, que creemos que nos darán la seguridad material que buscamos, nos genera temor. El miedo es un sentimiento espontáneo en el hombre. A pesar de nuestras admirables realizaciones técnicas, en todos los dominios, nuestra sociedad moderna es una sociedad que tiene miedo. Miedo a la enfermedad, miedo a la muerte, algo que no es nuevo. Pero es que, además en nuestros días, han surgido otros nuevos miedos: miedo al paro, miedo al ruido y miedo al silencio, miedo a la violencia, miedo a la soledad, miedo a los demás, miedo al extranjero, etc… Es el temor humano el que nos lanza a la búsqueda de la seguridad, al deseo de alcanzar la seguridad material, porque creemos vanamente, que así y sxolo así, seremos felices en esta vida. Olvidamos que el alma que busca a Dios no tiene nada que temer. Solo teme aquella que no le busca. El deseo de no fracasar y poseer lo que creemos que nos da la seguridad, es lo que nos genera el deseo de alcanzar nuestra seguridad, basándola esta en lo bienes materiales y temporales. Este deseo de seguridad material, es un deseo proyectado hacia el presente pero sobre todo hacia el futuro. Todos queremos vivir en la seguridad de que el futuro no nos deparará ninguna sorpresa, y este deseo realmente es irrealizable, si es que queremos realizarlo de espaldas a Dios, sin contar con Él. Sus palabras sobre este tema fueron: “Por eso os digo: No os inquietéis por vuestra vida, por lo que habéis de comer o de beber, ni por vuestro cuerpo, por lo que habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad como las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? ¿Quién de vosotros con sus preocupaciones puede añadir a su estatura un solo codo? Y del vestido, ¿porque preocuparos? Aprended de los lirios del campo, como crecen; no se fatigan ni hilan. Pues yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana es arrojada al fuego, Dios así la viste, ¿no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No os preocupéis, pues, diciendo: ¿Que comeremos, que beberemos o que vestiremos? Los gentiles se afanan por todo eso; pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad. Buscad, pues, primero el reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura. No os inquietéis, pues, por el mañana; porque el día de mañana ya tendrá sus propias inquietudes; bástale a cada día su afán.”. (Mt 6, 25-34). A nosotros, no nos gusta estar en la inseguridad ni en la precariedad, que es lo mismo que no querer depender de nadie. Y la única forma posible de cumplimentar nuestros deseos de seguridad, no pasa como cree la mayoría, por tener dinero y bienes en abundancia, sino que pasa por tener confianza en el Señor. Por entregarse al Señor. Este es, el único sistema de pensiones que jamás quebrará. Estamos hartos de ver, como quiebran y se deshacen fortunas, con la misma facilidad que otros muchos, por razón de pelotazos u honradamente, las generan. Y es que en esta vida lo que muy deprisa sube, muy deprisa baja. Nadie por inmensa que sea su fortuna, tiene seguridad en su futuro, aunque nuestra codicia y envidia nos digan lo contrario. Hay veces en las que Dios, tiene que dañar al hombre en su seguridad económica para evitar que piense que esta es la única que existe. Dios quiere que vayamos hacia Él, que nos demos cuenta de nuestra seguridad no se encuentra en la posesión de bienes por Él creados, sino en Él mismo. San Agustín decía: Pudiendo poseer al que todo lo hizo, ¿por qué te quieres conformarte con lo que Él hizo, y no con Él mismo? Todas las pruebas que componen la gran prueba en la que consiste la vida misma, nos ponen de manifiesto que la única seguridad es nuestra fe en el poder del Señor y en su amor misericordioso, en su sabiduría y en su providencia, Dios es siempre fiel, incluso hasta cuando parece que nos desposee de toda nuestra seguridad natural. ¿Es posible que el hombre, ese ser que continuamente fabrica ilusiones que, al parecer, le permiten vivir, no llegue a encontrar nunca un apoyo verdadero? La fe nos enseña que solo Dios lo es. Por eso mientras el corazón del hombre no se apoye exclusivamente en Él, tiene que experimentar sufrimientos relacionados con el derrumbamiento de sus ilusiones y con la lucha por alcanzar los apoyos humanos. La meta de nuestra vida es permitir que Cristo se adueñe de nosotros y que se vuelva todo para nosotros. Nos conviene oír la voz del Señor, que nos manda “pasar a la otra orilla”, es decir, salir de nuestras seguridades materiales para entrar en la seguridad de la fe. “Pasar a la otra orilla”, es salir de nosotros mismos, sin saber a dónde vamos, porque nos hemos fiado de Dios. Es poner nuestra confianza en el Señor, renunciando a los deseos de seguridad que nos genera nuestra mente, para sustituir estos, por nuestra entrega al Señor. Hemos de tener la audacia de no asegurarnos ningún capital, sin miedo a la posible pobreza, si esto hacemos, encontraremos que ello nos dará una fuerza incalculable, en el desarrollo de nuestra vida espiritual, y aumentará tremendamente nuestro amor al Señor, que nunca desampara a nadie y mucho menos a un alma que de esa forma se le ha entregado. La fe en el amor victorioso de Cristo es la única seguridad del cristiano. Una seguridad que no tiene nada que ver con el pasotismo. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada…?. Pero Dios que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas. Dios no admite nunca medias tintas y requiere de nosotros una confianza total y absoluta. El que se entrega en la confianza de Cristo, ha de tener presente que con Dios se vive al día. No se puede amontonar hoy el pan para no correr riesgos el día de mañana…. El Señor no permite a su pueblo vivir en la seguridad. Cada día tiene que recoger su ración de alimento. Día a día sin preocuparse del mañana, que también traerá su propio alimento. Tal es lo que le pasó al pueblo de Israel, en el desierto del Sinaí, que no podía recoger diariamente más maná que el que iba a necesitar para un solo día. Si nos entregamos, quizás lleguemos a saber lo que quiere decir la inseguridad profunda, amarga y hasta angustiosa. Pero también lograremos saber el valor de esta inseguridad. Paradójicamente, ella será la señal de que estamos en el buen camino. Ella nos indicará que estamos avanzando en la única dirección posible para un cristiano, y que estamos en contacto con la realidad. Y ello porque la debilidad que tanto tememos, es en sí misma una bendición y un gran don para nosotros. El debilitamiento de nuestra resistencia psíquica hace que perdamos el apoyo en nosotros mismos y en consecuencia, en la ilusión de que somos capaces de afrontar solos cualquier prueba de fe. Si avanzamos por este camino, de abandono y entrega a Dios, llegará un momento en que los bienes de este mundo dejarán de ser para nosotros un apoyo. Puede también llegar un momento, en el que tengamos la impresión de que hemos perdido completamente el control sobre nuestras vidas, como les ocurrió a los Apóstoles durante la tormenta en el lago (Mc 4,35-41). Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.