Familias catalanas salvaron a la Comunidad de la Cartuja de Montalegre. Vicisitudes de los cartujos a su llegada a Badalona

EL PAPEL DEL BADALONÍ EN LA SALVACIÓN DE LA COMUNIDAD 

Apodado el badaloní y apellidado Franquesa, de origen mallorquín, era hombre optimista de probado coraje. Capitoste de los milicianos socialistas, le fue encomendado por el Comité Revolucionario de Badalona traer en un autobús en pocos minutos a esta ciudad a los Cartujos de Montealegre. Para ello había solicitado una lista completa de la comunidad y la documentación de cada uno de sus componentes. 

Franquesa era obrero sin mucha formación, pero con gran corazón y hombre leal. Como cabal socialista no sabía nada de religión, y su pensamiento era totalmente equivocado respecto a los monjes, pero el contacto con ellos le hizo ver que, al menos estos, eran buena gente inofensiva, sin motivo que mereciera la muerte que otros exigían. Puestos los religiosos en columna en el patio del convento y preparados para subir al vehículo que debía bajarles a Badalona, llegaron coches con hombres y mujeres armados que venían de perseguir a los religiosos que se habían escapado al bosque. Los recién llegados proferían todo tipo de insultos y anunciaban que iban a matarlos. El badaloní les plantó cara, y manifestándose como delegado del Comité, dijo que los prisioneros eran suyos. Le hicieron un cierto caso, pero al final tuvo que permitir que bajaran a pie hasta Badalona, marchando siempre él al frente. La intención de los milicianos era matarlos a todos por el camino. 

Desde la Conrería hasta Badalona hay unos 6 kilómetros, y como algunos estaban enfermos y/o eran viejos, el “badaloní” logró que cuatro de los más delicados (los Padres Dom León Barbería, Dom Romualdo Kruger, Dom Rafael Vial y el hermano Cristóbal Christophe) se quedaran en la Conrería aquella noche. El hermano Félix Rueda escapó sigilosamente y se fue a la Conrería. Más tarde se unieron a este grupo Dom Salvador Pazos, Dom Esteban Portell Vilardell y los hermanos Jordi Vila e Inocencio Serra, que estaban escondidos en el bosque. 

El Prior Dom Juan B. Ciérco refiere:

 «Llegados los Cartujos a Badalona, y ya en el Ayuntamiento, se indicó a las autoridades que durante el camino habían sido asesinados varios padres, y mandaron un coche ambulancia para recogerlos. Encontraron primero, cerca de can Senromà, los cadáveres de los dos últimos, Dom Isidoro Pérez y Mosén Pedro Riba, y de momento los dejaron y se llegaron a Vista Alegre

Vieron heridos a los padres Vicario y Antiquor, los recogieron y pusieron en dos camillas o estantes que había a un lado del coche; continuaron hacia arriba y encontraron al Prior, herido y al Procurador muerto; pusieron al muerto en el fondo del coche y encima de él al Padre Prior herido. 

De regreso, en el cruce a can Senromà se detuvo el camión, y cargaron a los otros dos muertos con las cabezas ensangrentadas a los que no pude reconocer. Luego supe que eran nuestro Dom Isidoro Pérez y el capellán de la Conrería, mosén Pedro Riba Palá, allí asesinados. El coche camino de Badalona subió la cuesta del cementerio “viejo” donde dejaron a los tres muertos, y continuó con los tres heridos hacia el hospital». 

El Antiquor Dom Benigno refiere que, al llegar al hospital de Badalona con los monjes heridos, los revolucionarios discutían si rematarlos o dejar que los curaran, pero el cirujano del hospital Dr. Luís Gubern los llevó sin más a los quirófanos, y durante sus meses de hospitalización cuidó de ellos con especial dedicación. Se lo agradecerían en su momento. 

LOS CARTUJOS EN EL AYUNTAMIENTO DE BADALONA EN LA NOCHE DEL 20 DE JULIO 

Como advierte Dom Miguel Dalmau en unos apuntes escritos en su libreta de notas que escribía en la cárcel Modelo de Barcelona, hay que tener en cuenta que hubo dos liberaciones, y por lo tanto dos liberadores: 

1ª. Arrancar de las manos de las turbas a los 23 cartujos traídos desde Montalegre. De ésta fueron liberadores el “badaloní” y los representantes del Comité, que con “audacia sorprendente y exponiendo sus vidas” lograron rescatar a los cartujos de manos de las turbas, y meterlos en el Ayuntamiento de Badalona. 

2ª. Actuación del concejal D. José Tugas Puig, y del teniente alcalde D. Esteban Pujol Casas, cuya decisiva actuación en tan peligrosas circunstancias permitió sacar a los cartujos del Ayuntamiento y llevarlos a casas de acogida de familias católicas. 

[Así quedó la iglesia de Santa María de Badalona incendiada, por primera vez, el 19 de julio de 1936. Abajo una imagen de principios de siglo]

VERSIÓN DE JOSÉ TUGAS PUIG 

Lo sucedido en el Ayuntamiento lo narra en forma personal y emotiva en unos apuntes José Tugas Puig, de quien Dom Miguel Dalmau dice que “era un obrero, concejal de Esquerra Republicana, persona sin mucha instrucción, pero religioso, hombre de oración, aunque sin mucha formación religiosa, algo exagerado en sus ideas y algo místico”. 

De su relato copiamos: 

«El 19 de julio la revolución iba avanzando y empezaba a quemar iglesias y conventos y a trabajar las pistolas, y se veía el auto de la Cruz Roja recogiendo muertos de las cunetas. En la tarde del domingo 20 de julio pasó un camión de Santa Coloma lleno de hombres y alguna mujer con rifles, sables y cascos, que gritaban: 

-Vamos a la Conrería para incendiarla, y a ver si hay cartujos para matarlos; no quedará ni uno

Acabando de cenar me llegó la noticia de que los cartujos habían desembarcado en la carretera de la Conrería. Lo dejé todo y me fui en su busca, llegando juntos a la plaza del Ayuntamiento. Los cartujos habían pasado entre una multitud de gente, como en una procesión, diciéndoles de todo. Pregunté qué querían hacer con ellos. Algunos eran de la opinión de llevarlos al Cuartelillo de Bomberos, donde encerraban a malhechores y borrachos. Entonces vino mi trabajo. Querían meterlos allí, sacarlos de noche, y matarlos como a perros por las cunetas. Yo argumenté que era mejor llevarlos al salón del Ayuntamiento, y gritando tanto como ellos, les decía que al cuartelillo de bomberos irían los “fascistas” para llevárselos, habría que defenderse con las armas y tendríamos bajas, y eso debíamos evitarlo llevándolos al Ayuntamiento donde estarían más seguros. Fui ganando terreno. Cuando logré que subieran las escaleras del Ayuntamiento respiré, y me quedé en la plaza discutiendo con aquellos que no estaban conformes. Subían hombres, mujeres y niños a mirar a los frailes desde la puerta como si fuesen extraterrestres. Volví al Ayuntamiento para decirle al alcalde Sr. Xifré que los cartujos tenían que comer algo, y les hicimos llegar pan y chocolate. Entré en el salón y me di cuenta que con el nerviosismo, los cartujos necesitaban ir al retrete, y les dije que, si querían ir, ya podían, y previne al centinela que estaba en la puerta. Entablé conversación con Dom Jerónimo Tébar y el Hermano Luís Ramírez, y les dije que en caso de poder salir pensasen alguna casa a donde ir. Me dijeron que en Badalona sólo conocían la de un panadero. Uno de ellos estaba enfermo, el único que llevaba hábito, que se llamaba Pío Pildain. Fui a su encuentro para consolarlo, diciéndole que Dios nos ayudaría para que no pasara nada. Iba transcurriendo la noche subiendo y bajando del 2º piso en que estaban reunidos los del Comité. Entré, pero me privaron de hablar y preguntar, y me hicieron salir. Yo necesitaba saber que resolvía el Comité, porque mi intención era sacarlos antes de hacerse de día y llevármelos todos a mi casa. 

A eso de las 6 de la mañana oí pasos de alguien que bajaba por la escalera, y le pregunté: - ¿Qué haremos con los frailes? Y él me contestó: - ¿Los quieres sacar? Y yo le dije: -Pues sí; y me contestó: -Con una condición, que nosotros los del Comité no sabemos nada; y le contesté: -Pase lo que pase yo respondo con mi vida. 

La primera dificultad, era que el Padre Pildaín iba con hábito y no podía ir por la calle con aquella vestimenta, y envié a un hombre a mi casa para que le trajesen un traje, que, por cierto, era de mi yerno. Salí del Ayuntamiento con dos cartujos sin tener casa fija a la que llevarlos… unos no los querían por miedo, otros creían que era un ardid para llevarse a los de la casa a la cuneta, pero coloqué a Dom Jerónimo Tovar y el novicio Pedro Ribes en casa Baliarda. 

Regresé al Ayuntamiento a buscar a dos más, y al llegar a la calle de Nuestra Señora de la Piedad me salió al paso una patrulla de control, y yo me dije para mí “Aquí se acaba todo”, y apuntándonos con los fusiles me dijeron: - ¿Dónde vas camarada con estos frailes? Entonces me revestí de valor e intenté convencerles. Empecé a sacar papeles y brazaletes y gritando más que ellos para ver si nos dejaban pasar. - ¿Os creéis, tontos, que yo hago esto por capricho? Vais equivocados, soy uno como vosotros, y hago lo que me mandan.” Por fin, logré pasar. Me encontré con las mismas dificultades que con los dos primeros, pero por fin los coloqué en la misma calle. Después fui a buscar a otros dos, pero me hice acompañar por hombres de mi centro armados con fusiles y los llevé a “Casa Giró”, pero allí se me dijo: Mira no tengo sitio, pues ya tengo dos monjas, pero acogió a dos frailes. Se iba haciendo tarde, pero fui otra vez al Ayuntamiento a buscar a otros dos, y se produjo el milagro. 

Se presentó el teniente de alcalde socialista D. Esteban Pujol, que en paz descanse, y me dijo: - ¿Qué haces aquí? Ya lo puedes ver, contesté yo. - ¿Es que no te gustaría ver a estos hombres muertos por las calles? Le dije que no. Él asintió: - ¿Quieres que te ayude a sacarlos, pues tú solo no podrás? Tengo un auto requisado y en dos viajes me los llevo a todos. Le pregunté: - ¿Y a dónde los llevarás? Me dijo: - A la calle de la Merced nº 31. Ambos pensamos en doña Mercedes Doménech, viuda de Clarós, mujer de intachable conducta y entregada a hacer el bien, que podría colocar a los monjes, al menos, por unos días. Cogí a otros dos frailes y los llevé a casa de un médico peruano llamado Hildo Ortiz, y volví al Ayuntamiento para comprobar si el salón de plenos quedaba algún fraile, pero estaba vacío, y de su paso sólo quedaba el hábito del Padre Pildaín. Me senté en uno de los bancos y llorando dije: 

¡Gracias, Dios mío, por permitirnos colocarlos! … Yo ya no pude hacer nada más. Todo lo hice porque soy un hijo de Dios penetrado de la paz perfecta de Dios. Dios que es Amor, me guía en lo que hago. Dios está conmigo».

Sobre estas líneas. De izquierda a derecha, los consejeros Pere Mestres y José Tarradellas, el presidente Companys, y los miembros de la CIG, Eugenio Vallejo, Francesc Salses (mirando a cámara) y el coronel Jiménez de la Beraza (de perfil) en una visita a la Fábrica nº 1 de Badalona el 31 de agosto de 1936.