Hechos 4, 32-35; 1 Juan 5, 1-6; Juan 20, 19-31

«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente»

«Me conmueve su amor que me busca, que baja de la cruz para acercarse. Ese amor que no se olvida de mi dolor. Que sufre y ríe conmigo. Ese amor que es su abrazo que me espera»

Muchas veces no hago las cosas bien y sufro por ello. A veces pienso que me gustaría hacer bien todo lo que intento hacer. No es tan sencillo. No es necesario. Me olvido de Dios. Porque creo que me bastan mis fuerzas y talentos. Y me siento seco y no encuentro en mi corazón ese deleite en Dios. Y no confío ni me abandono en sus manos. ¿No nos pasa esto muchas veces? El otro día leía una descripción de esos hombres que se secan porque a su corazón no llega Dios: «No se vuelven al fondo. No tienen fuente, pasan sed y no intentan avanzar. Se mantienen en las cisternas que ellos mismos se han fabricado y no tienen gusto por Dios. No beben agua viva. La dejan»[1]. Es como si le tuvieran miedo a Dios. Como si su presencia pudiera cambiarles los planes. No beben de la fuente que brota en su propio corazón. Buscan fuera todo y se secan. A veces me veo reflejado en esas palabras que hablan de buscar seguridad y huir del abandono. Me olvido de ese Dios que me espera con los brazos abiertos cuando yo no creo en su poder. Me olvido de María que busca mi espalda para abrazarme con ternura cuando soy débil y caigo. Ese abrazo de Madre me descansa. Me recuerda esa plenitud a la que estoy llamado. Dios en la vida me ha llamado a estar con Ella, a estar con Él. Conoce mi debilidad, mis caídas, mi necesidad, mi vacío, mi herida. Sabe de mis miedos e inseguridades. Y, contando con todo ello, me llama, no deja de llamarme. Me parece asombroso. No pretende que haga muchas cosas y todas bien. Sólo parece querer que aprenda a estar a su lado. Así, sin más, sin grandes obras. Él sabe que estoy roto por dentro, y me llama. Yo me empeño en ser perfecto. Decía el P. Kentenich: « ¡Cuánta necesidad tengo de ser reconocido por los demás! Si poseo la recta humildad, no debo excluir nada. Todos tenemos algún límite. No debiera importarme que los demás conozcan mis miserias y debilidades. ¡Cuán equivocada es la tendencia a desvalorizar a los demás!»[2]. Él conoce mis entrañas, el fondo más seco de mi cisterna, ha visto mi torpeza y me abraza con toda su ternura. No se asombra al ver mi debilidad. Al contrario, se conmueve y me sumerge en el mar de su misericordia. Su abrazo, pese a que no acabo de creérmelo del todo, no depende de si me porto mal o bien, de si hago algo bueno o malo. De si en mi vida hay pecado o sólo su pureza. No toma en cuenta mis carreras ni mis descansos, mis desvelos y mis esfuerzos. Bueno, sí que se alegra cuando lo quiero dar todo y tropiezo y caigo. Como una madre mira con ternura los esfuerzos de sus hijos por empezar de nuevo a caminar. Pero no se aleja y su abrazo permanece esperando mi llegada. Soy yo el que se aleja al hacer algo mal tantas veces. Soy yo el que se esconde detrás de los árboles cuando deja de amar su propia vida. El abrazo de Dios permanece. Su amor incondicional permanece. Y quizás yo sigo empeñado en transformar el mundo con mis fuerzas, sin contar con Dios. En erradicar el mal con torpes manotazos, erigiéndome en un Dios todopoderoso. Yo, frágil y pobre. Me escucho a mí mismo levantando la voz contra los vientos. Intentando calmar el océano con la falta de paz de mi propia alma. Lucho y me levanto en un intento pobre por cambiar el mundo. No logro cambiarme a mí mismo y pretendo cambiar el universo. Es la vanidad de mi amor que se busca a sí mismo con tanta fuerza. Es la vanidad de esta vida en la que trascurren mis pasos.

Quiero alegrarme con la claridad de la Resurrección en estos días de Pascua. Fueron cuarenta días de anhelo, de preparación, de deseo, de entrega, de sueño. Ahora vienen cincuenta días de fiesta en los que quiero proclamar al mundo mi alegría por la presencia de Dios en mi vida. El jueves santo me conmovió ver a los costaleros llorar al llegar de vuelta a la Iglesia con las imágenes después de seis horas de procesión. No les conmovía el cansancio, no eran sus lágrimas fruto del agotamiento, no estaban doloridos bajo el peso de las imágenes. Su pena era por pensar que hasta el próximo año no volverían a sacar a Jesús y a María por las calles. Me impresionó esa fe que se toca con las manos. Me conmovieron sus lágrimas al salir y al llegar. ¿He esperado yo con tanto anhelo durante un año la llegada de la vigilia pascual el sábado? ¿He llorado de emoción cuando llegaba la noche santa? ¿Me he preparado yo con su constancia durante tantos días para estar listo y nervioso el día en que Jesús resucita? A veces nuestra fe está mustia, sin fuerzas, apagada. Es una fe sin lágrimas, sin carne, sin pasión. Una fe demasiado sobria. Una fe que no sufre ni se emociona. Como mucho se expresa parcamente en un deseo de mostrar al mundo que Jesús vive. Pero no ríe con fuerzas ni llora conmovida. Ojalá me conmoviera yo como esos costaleros al pensar en este tiempo santo de la Pascua. Ojalá hubiera yo enmudecido como ellos el viernes santo al mirar a Jesús muerto en la cruz, cargando el peso del madero. Cuando falta la pasión el amor se debilita. Nuestra fe se llena de palabras, de gestos vacíos y abrazos poco efusivos. Quisiera tener un corazón capaz de apasionarse de esa forma. Un corazón enamorado que llora y ríe. Jesús pasó conmoviendo a los hombres. El otro día leía: «Jesús hace presente a Dios irrumpiendo en la vida de sus oyentes. Sus parábolas conmueven y hacen pensar; tocan su corazón y les invitan a abrirse a Dios; sacuden su vida convencional y crean un nuevo horizonte para acogerlo y vivirlo de manera diferente»[3]. Jesús conmovía a los que lo seguían. Me gustaría conmoverme como ellos. Quiero dejar que la puerta de mi corazón quede abierta para que Él pueda entrar lentamente. Yo la cierro tantas veces porque no quiero que en mi desorden reine su orden y no quiero que mis planes puedan no coincidir con los suyos. No lloro con su llanto. No río con su risa. Una persona rezaba: «Me alegra poder entregarte la vida con dolor. Me duele, y al hacerlo, recupero esa conciencia de no ser nada. Sólo soy cuando soy en ti. Lloro, Señor, pero lloro con paz. Lloro alegre de ser lo que quieres de mí. Jesús, me duele, pero es amable ese dolor. Lloro contigo, lloro en ti, y ese llorar me hace feliz». Quiero llorar y emocionarme en su cruz, en su resurrección. Me miro débil y herido y veo su herida esta tarde de resurrección. Me conmueve su amor que me busca, que baja de la cruz para acercarse. Ese amor que no se olvida de mi dolor. Que sufre y ríe conmigo. Ese amor que es su abrazo que me espera. Me conmueve ese Dios tan humano que adapta la forma de su cruz a la de mis brazos. Para que no sufra. Para que descanse en su madero. Para que aprenda a descansar a su lado.

El evangelio de este domingo comienza con el miedo de los discípulos: «Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos». No estuvieron al pie de la cruz. No lograron salvar al Maestro. Ahora temen por sus vidas. Cierran las puertas de su casa. Están seguros. El miedo nos encierra en nuestra vida. El corazón se cubre de seguros para impedir que alguien pueda entrar. No queremos abrir nuestras puertas. Una persona rezaba así: «Quiero vivir sin miedos. Con una santa indiferencia que hoy no tengo. Quiero crecer y ser más tuyo, Jesús, pero no sé bien cómo desprenderme de mis miedos. Por eso te los entrego hoy. Uno por uno. Quiero que me abraces para que se me pase el miedo. Quiero que sostengas mis cobardías. Estoy tan lejos de ser un valiente, un santo que abraza con pasión la cruz de cada día. Te pido, Jesús, que me liberes de mis ataduras. Hazme más tuyo. Haz que pueda amar como Tú amas». Sí, a veces le pedimos a Dios que nos quite los miedos. Que nos permita vivir con esa paz que no tenemos. Sin angustias, sin agobios ante la vida. Todo va demasiado rápido. Tememos perder lo que hoy tenemos. Tememos que la vida se nos complique. Nos asustan la enfermedad y la muerte. Nadie nos ha enseñado a manejar la vida cuando se acerca a su final. Tal vez nadie sepa bien cómo enseñarnos. Hablamos mucho del cielo. Pero luego pensamos que puede esperar. Y seguimos viviendo. El otro día leía: «Este es exactamente nuestro problema en la vida: los titubeos, los miedos, las dudas sistemáticas, el temor a vivir. Siempre es más inteligente lanzarse a la aventura»[4]. Quisiera tener ese valor para no dudar, para no dejar de hacer cosas por miedo. Hay proyectos que no emprendemos por miedo al fracaso. Cosas que no decimos por miedo al rechazo. Gestos que no hacemos por miedo al desprecio. Nos asusta demasiado la reacción de los demás ante nuestras decisiones. Queremos que todos las compartan. A veces imponemos nuestras decisiones pretendiendo que sean aprobadas por todos por decreto. Cuando no es así, nos hundimos. Esperamos que todos asientan, aplaudan, alaben nuestras decisiones, nuestros gestos y actitudes. En vano. Por eso muchas veces no estamos dispuestos a hacer algo que no tenga la aceptación de las personas a las que queremos. Preferimos quedarnos quietos para no llamar la atención, para no desentonar. No queremos que nos juzguen por lo que hacemos o decimos. Fácilmente nos sentimos juzgados. Y nos importa más el juicio de los otros que la verdad de nuestra vida. Nos importan más las expectativas que tienen que ser fieles a la voz que grita en nuestro corazón. Quiero aprender a mirar a través de la ventana de mi alma que da al ancho mar de Dios y no a las personas que aprueban o rechazan. Quiero ahondar en la ventana de mi alma que me lleva a Dios y me muestra, como lo hace la ventana del santuario, el rostro de María. Me gusta mirar el mar de Dios, su inmensidad. Entonces dejan de tener tanta importancia el lugar exacto en el que me encuentro, mis decisiones y los pasos que doy. Entonces mis acciones no son tan relevantes. Mirando el mar de Dios, su misericordia infinita, la vida se vuelve pequeña, y Dios a su vez inmenso. Los miedos, a su lado, se vuelven pequeños, y los problemas y las preocupaciones. Tomado de su mano soy capaz de lo más grande, porque no espero que otros aprueben lo que hago. Y entonces soy capaz de más, porque me da menos miedo el fracaso. A veces, desde la tierra de mi vanidad, los miedos se agrandan. Con las puertas cerradas la vida se hace pequeña y las angustias muy grandes. Mirando a Dios los miedos casi desaparecen, y las angustias mueren. Pero con las alegrías, sucede justo lo contrario. Uno ríe con más fuerza mirando el mar en el alma. Aprendo a reír de la vida, de mí mismo. Mi rostro se ilumina y me parezco, no sé bien cómo, un poco más a Jesús. Se ensancha el horizonte y amo más y mejor, más profundo. Mirando en lo profundo de mi alma me vuelvo más niño y sueño con imposibles. Mirando el mar de Dios en mi alma me parece que mi vida es más vasta, más infinita y mis sueños no tiene límite ni final. Soy capaz de todo. No me da miedo el fracaso. Las puertas se rompen. Salgo de mí mismo. Me doy desde mi verdad más honda, desde mi ser que sueña con ser de Dios. Me doy sin buscar la aprobación de nadie, acogiendo la misericordia de Dios. Sin miedo a ser juzgado ni condenado, porque sólo anhelo la paz de Dios.

Jesús rompe las barreras y entra en la casa en la que se esconden. Entra y les da su paz: «Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: - Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío Yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: - Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Les da su espíritu, les regala su paz. Me impresiona ese momento de transformación. Porque eso es lo que fue la entrada de Jesús. Vino, se puso en medio de ellos y se volvió a partir por amor. Les entregó su vida. Como dice el P. Kentenich: «Debemos ser transformados. Que se hagan feliz realidad aquellas palabras de san Pablo: - Ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Y si Cristo vive en mí, vivirá también su espíritu en mí; será pues el Espíritu Santo quien viva en mí»[5]. La llegada de Jesús vivo transforma sus vidas. Ya no importan tanto sus miedos ni sus angustias. Desaparece el temor a la muerte y al futuro. Son de Cristo para siempre. Jesús vive en sus corazones. Esa experiencia salvadora que habían experimentado en su vida terrena, la tocan ahora de una forma totalmente nueva. Jesús va a actuar en ellos. Se va a hacer presente en sus vidas. Sus palabras ya no serán sus palabras. Todo en ellos será de Jesús. Todo en ellos será obra del Espíritu. Siempre y cuando se mantengan unidos a Cristo en el corazón. Si se alejan de Él, perderán su fuerza, faltará la fe, regresará el miedo. Esta es la paz que les regala en sus corazones. No es una paz de bienestar. Es el convencimiento de que su vida merece la pena. La paz de Jesús tiene que ver con la misericordia, con un amor incondicional que se nos regala. El amor de Jesús pacifica los corazones. Porque cuando somos amados no nos hace falta nada más para vivir. El gran drama del hombre hoy es que no se sabe amado. No tiene un corazón en el que descansar. Ha perdido su hogar y sus raíces. Vive errante, sin rumbo. No sabe lo que tiene que hacer. No conoce su camino. Deambula y no camina hacia una meta. Esta experiencia de soledad crea tensión y desconcierto. No hay paz porque no hay un abrazo misericordioso. Jesús hoy llega a la casa donde estaban escondidos para darles su abrazo de amor. Les dice que los ama con locura. Que su vida ha tenido sentido a su lado. Los ha amado tanto, hasta el extremo. Vuelve para decirles que los necesita. Sabe que son de barro y que morirán siendo de barro, pero los necesita como sus instrumentos. Vuelve a ellos que están escondidos para que tengan la certeza de la vida verdadera. Les dice que confíen en Él para siempre. Que no duden, que no se alejen. Porque cuando más cerca estén de Él, más vida tendrán en su corazón. Más paz podrán entregar a otros. Más alegría desprenderán sus palabras y sus gestos.

Pero no es tan fácil reconocer a Jesús. No es tan sencillo abrazar su amor misericordioso. Dudamos y nos alejamos. Vivimos la contradicción de sentirnos solos y querer tener a Jesús para siempre en el alma. Una persona rezaba: «Querría enterrar mi vida en tu corazón, Jesús. Vivir escondido en ti. Soy de carne, de ansias, de vuelos, de sueños. Quiero y deseo. Espero y amo. Como los niños. Quiero meterme en tu hendidura y descansar. Estoy cansado y agobiado. Quiero tu yugo, que es llevadero, porque no pesa. Vivir en ti, sólo en ti. Descanso y callo. Me calmas. Se calma el alma. Una sonrisa. Unas lágrimas. Espero y empiezo de nuevo. Merece la pena luchar, descansar, volver a andar. Sólo en ti. Sólo por ti». Es el deseo del corazón. Pero luego no queremos dejar nuestros seguros, nuestra puerta cerrada para volar alto. Nos cuesta reconocer a Jesús. ¿Quién es? ¿Cómo lo reconocemos? Él nos muestra sus heridas como señal. Para que lo reconozcan no hace milagros, sino que les muestra su lado más humano, su herida, su costado abierto, sus manos rotas. Sin palabras, los suyos ya saben que es Él. Han compartido tantas cosas con Él. Habría tantos gestos y palabras únicas entre ellos. Pero Él sólo enseña sus manos y su costado. Sin decir nada. Es Él. Es el Señor. El que los ama en cuerpo y alma. Jesús resucitado es el mismo que caminó con ellos y compartió su vida. No es un extraño. Es su maestro. Es Aquel por el que lo dejaron todo y con el que vivieron. Aquel al que amaron. Es el mismo Jesús que iba con ellos por los caminos de Galilea. El mismo Jesús de siempre, el que hacía arder sus corazones. Tienen miedo. Pero desaparece y se llenan de alegría en cuanto saben que es Él. La soledad desaparece. Ya no temen. ¡Cuántas veces me pasa que en cuanto llega Jesús mi miedo desaparece, y sin Él, todo me parece inquietante! ¡Qué solos se sentían sin Él! Jesús sabe que necesitan reconocerlo. Antes de hablar, antes de nada, les muestra su señal de amor. Les dice que es Aquel que los amó hasta el extremo. Vuelven a estar juntos desde la última cena. Es Jesús. ¿En qué lo reconozco yo en mi vida? ¿Qué tengo yo que me hace único? ¿Hay algo mío por el que cualquiera pueda reconocerme? He pensado mucho en eso. En mi forma de darme, de amar hasta lo más hondo. En el cielo, como Jesús, seremos los mismos, y amaremos a los nuestros. Llevaremos nuestras heridas marcadas en la piel. Las heridas que reflejarán cuánto hemos amado en nuestra vida. También las heridas que nos han hecho sufrir en el camino. Esas heridas, como hoy las de Jesús, se llenarán de luz. Pero no perderemos nuestra identidad. Seguiremos siendo los mismos junto a Dios. Un día un marido le decía a su mujer que si él se muriese, no tuviera miedo, que la seguiría cuidando desde el cielo. Ella le preguntó cómo lo sabría. Y él le recordó un gesto único entre ellos. En ese gesto sabría que la seguía amando. ¿Cuál es mi señal con aquellos a los que amo? ¿Me muestro en mi verdad a los que amo? ¿En qué reconozco a Jesús en mi vida?

Tomás no estaba aquel día: «Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: - Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: - Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». Es impresionante el amor de Jesús por Tomás. Parece que es al que menos quiere. Seguro que en esos ocho días se sentiría inseguro. Pero después le regala la certeza de que viene por él, sólo por él. Hasta se somete a esa petición absurda en su falta de fe. Tomás era, igual que nosotros, un hombre roto. En su herida más honda, en esa herida de amor que le hacía sufrir, no se siente amado por Dios. Es como un niño y expresa su frustración, su rabia, su desengaño. No se reprime. Estalla. No cree en los suyos, en sus amigos. Siente el dolor del abandono y del rechazo. Está roto por dentro. Lo ha dado todo y se siente abandonado. Siguió a Jesús por los caminos y ahora Jesús no le busca a él. Ese Jesús al que él tanto ama no ha venido a verle cuando estaba con los suyos. Ha aparecido justo aquella noche. ¡Cuánto nos cuesta perdonar a Dios tantas veces! Pensamos que no es justo, que no nos ama con locura, que no quiere nuestro bien. Pensamos que prefiere a otros, que otros son sus elegidos. Sí, nos pasa como a Tomás, ¿no le importaba a Jesús que él estuviera presente aquella noche? Jesús, que lo sabe todo, ¿no podía haber aparecido justo cuando él estuviera en el cenáculo? ¿Por qué no le enseñó a él sus heridas? ¿Por qué no se detuvo cerca y le dio su paz? Ahora llora en su dolor. Sufre la soledad y el desprecio. Se compara con los otros que están felices. ¡Cuánto mal nos hace compararnos! Pero siempre lo hacemos. Vemos que la vida es más justa con otros. Pensamos que Dios ama más a algunas personas y menos a nosotros. Tomás no puede compartir la alegría de los discípulos. La envidia envenena su corazón herido y lo llena de amargura. Experimenta lo que decía el P. Kentenich: «Son los caminos del menosprecio, de la deshonra, de la injusticia, de los desengaños; es el camino en que Dios nos abandona y olvida, a fin de que, a partir de aquí, aprendamos a ver de otra manera lo que nuestra vida ha sido hasta ahora»[6]. Tomás experimenta el desprecio y el fracaso. Vive en su carne las afrentas de la cruz de Jesús. Se hace más semejante a Aquel a quien ahora desprecia. Comparte, sin saberlo, algo de su misma pasión. Tomás vive la cruz antes que los otros discípulos, pero se rebela contra ella. No calla como hizo Jesús. No se hace humilde en la humillación. No es paciente. No mira su historia de otra forma cuando ha caído y experimenta la derrota. La cruz no le acerca a Jesús crucificado. Al revés. Se enfrenta a Dios. Le exige pruebas de su amor. ¡Cuánto nos parecemos nosotros a Tomás! Cuando la vida no es justa con nosotros. Cuando no respetan nuestro espacio. Cuando no valoran nuestros talentos. Cuando no nos reconocen y colocan en el lugar al que creemos tener derecho. Nos rebelamos y le pedimos explicaciones a Dios. No perdonamos su actitud y su falta de amor. No vemos el amor en la cruz. Sino más bien la indiferencia y el desprecio.

Jesús ama tanto a Tomás que vuelve para que pueda tocar sus heridas: «A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: - Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: - Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Contestó Tomás: - ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: - ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Jesús vuelve. Tomás sabe que vuelve por él, sólo por él. Sólo por él que dudó, que se rebeló, que pidió pruebas, que exigió. Jesús llega para mirarlo a él. Y sin decir nada, toma su mano y ofrece su herida. Ahora es más que la primera vez. Entonces sólo las mostró. Ahora se deja tocar. Obedece a la petición absurda de Tomás, su hijo incrédulo. Y le dice: «Ven, trae tu dedo. Toca, mete la mano hasta el fondo. Es la puerta a mi corazón. A mi corazón que late por ti. A mi corazón partido en la cruz». Tomás reconoce a Jesús. Lo ve. Le mira de un modo diferente. Es Jesús. Pero ahora sabe más. Se descorre el velo de toda su vida. Se arrodilla. Es su Dios. Es su Señor. Exclama: «Señor mío y Dios mío». Tomás se encuentra con Jesús. Y ve a Dios. ¿Por qué? ¿Por sus heridas? ¿Porque lo vio resucitado cuando él pensaba que estaba muerto? No. Fue por su amor infinito. Por su ternura. Por su paciencia. Porque lo amó más que nunca al verlo caído. Por volver por él que era sólo un pecador. Por amarlo sin pretender nada. Por esperar su regreso en su huida. Por tener paciencia con su incredulidad. Porque en sus heridas está la señal del amor imposible, del amor hasta el extremo que él sólo intuyó durante su vida al lado de Jesús. Y ahora Dios se deja tocar. Dios se deja invadir. Tomás se arrodilla ante Él. Su pecado, su duda, su envidia, sus celos y su dureza de corazón, se convierten en camino para encontrarse cara a cara con la misericordia infinita de Dios. De los once discípulos, nadie cayó más bajo en esos días, pero nadie se sintió tan amado como Tomás. Su roca es ese momento. Probablemente fue la experiencia más sólida de toda su vida. Volvería a ella cuando dudase, cuando flaquease. Sólo Dios puede hacer eso. Sólo Él puede convertir mi duda en la certeza más luminosa. Mi pecado en camino de vida. La herida de Tomás fue tocada por Jesús ese día en que volvió por él. Jesús y Tomás se tocaron mutuamente las heridas. Se reconocieron. Jesús sabe cómo es Tomás, conoce su herida de soledad y de amor, y cuánto lo necesita encerrado en sus muros. Él calma su herida para siempre en ese momento. Menos mal que no estuvo la primera vez, pensaría quizás Tomás en su corazón. Hubiera creído junto a los demás y se hubiera alegrado. Eso es verdad. Pero no se hubiera roto como se había roto ahora, y no se hubiera sentido tan pequeño, tan humano. Y se hubiera perdido tanto amor y tanta ternura de Jesús al perdonarle, al venir por él. Mereció la pena esperar con angustia ocho días oscuros. Merecieron la pena sus lágrimas. Guardaría ese momento como lo más sagrado. Jesús tocó la herida de Tomás y la llenó de luz. Tomás tocó la herida de Jesús con el respeto del niño que ama con inocencia. Las dos heridas son heridas de amor. De un amor pequeño es la herida de Tomás. Un hombre necesitado, pobre, egoísta, sediento. De un amor inmenso, infinito, incondicional, personal, es la herida de Jesús. La puerta queda abierta para siempre. La grieta que se abrió en la roca del Gólgota es esa misma herida de Jesús. Mi corazón desea que Jesús toque mi herida. Mi corazón desea tocar la suya, creer que es mi Dios, que me ama y vuelve cada día por mí.

Hoy celebramos el domingo de la misericordia infinita de Dios. Él nos quiere más allá de nuestra debilidad y sale a buscarnos. Conoce nuestras caídas. Sabe bien nuestro pecado. Decía el Papa Francisco: «Ninguno puede ser excluido de la misericordia de Dios. Todos conocen el camino para acceder y la Iglesia es la casa que recibe a todos y a ninguno rechaza. Sus puertas permanecen abiertas, para que quienes son tocados por la gracia puedan encontrar la certeza de su perdón». La misericordia de Dios no tiene límite. Nos acoge en nuestra debilidad. Siempre nos perdona. Aunque tantas veces huyamos de su amor cuando caemos. El paso del tiempo no elimina nuestra debilidad. Puede que no haya cambiado nuestro pecado en su esencia y sigamos pecando como antes, tal vez un poco menos. Pero sí tenemos que cambiar nuestra mirada sobre nuestra herida. Queremos que cambie la actitud ante nuestras caídas. A veces veo el pecado como la imperfección que no me deja ser perfecto, puro, inmaculado. Creo sólo en mis fuerzas y me olvido de lo importante. Mi herida, mi caída, mi ruptura, es el camino para ser más niño y humilde. Para abajarme a los pies de Dios y suplicar desde ahí misericordia. Me hace más misericordioso con los que también, como yo, tienen sus heridas. Más capaz para el perdón, más lento en el juicio. Me hace más humilde y comprensivo con los otros. Y me permite comprender que mi herida es la puerta por la que entra Dios una y mil veces para sanar mi corazón. En su herida sana mi herida. En su herida cabe perfectamente mi dolor. En la forma de su herida encuentro mi hogar, mi raíz, mi descanso. Todos estamos rotos. Todos tenemos heridas. Estoy llamado a reconocer mi herida. A besar mi herida. A no taparla. Mi herida, que veo todos los días, me ayuda a comprender cualquier otra herida. Pero muchas veces no soy como Jesús, y tapo la herida o la dejo entrever sólo un poco. Una persona rezaba: «Quiero amar como amas Tú, Jesús. Tú sabes amar de forma diferente. Tú das la vida, te desangras. Tu carne se queda en mis manos cada día. Algo de esa carne me toca en las entrañas. Y comprendo que yo tengo que partirme como Tú, hacerme carne para otros como Tú, ser misericordioso como Tú. No acabo de comprenderlo del todo. Miro tu sangre y mi sangre. Miro tu amor y mi amor. Te lo entrego todo. Como Tú aquella noche, o todas las noches, porque siempre me repites lo mismo, que me amas con locura, hasta el extremo. Y yo no sé tanto de extremos. Me cuesta amar tanto. Amo mirándome. Amo buscándome. Amo queriendo ser el centro. Te lo entrego todo. No lo dudes». Hoy quiero dar gracias por mi herida. Es muy pequeña, porque yo soy frágil. Para casi todos oculta. Aunque yo soy yo y recibo mi identidad, gracias a ella. Y sé que Dios me ama en ella. En el lugar de mi alma en el que está Jesús, en lo más hondo, ahí está mi herida. Mi herida de amor que me hace temblar pero que me ha abierto a la vida. Por ella Jesús entra siempre en mí, y también los demás. Y me ha ayudado tanto a conocerme y quererme como soy, a aceptarme débil, sin méritos. Me ha guardado el corazón y lo ha convertido en un lugar sagrado e íntimo entre Jesús y yo. Me ha hecho alegrarme de las cosas pequeñas de la vida que quizás sin esa herida nunca hubiera valorado. Él es capaz de convertir el dolor en algo bello. Mi herida me hace necesitar más a Jesús. La sed cada vez es mayor, y mi anhelo de pertenecerle. Mi herida soy yo y no me entiendo sin ella. A veces vamos por la vida queriendo tapar nuestra herida. Nos gusta parecer perfectos, maduros, ya casi santos, inmaculados, seguros. Tomás mostró su debilidad, dejó ver su herida. A Dios, a todos. Y, al hacerlo, salvó su vida. Me conmueve pensar que si se hubiera callado, si se hubiera puesto la máscara del conformismo, se habría perdido el abrazo misericordioso de Jesús. Hoy queremos entregarle a Jesús nuestras heridas. Él las conoce. Sabe que son parte de nuestra vida. Sabe que son las señales que nos identifican. Sabe que a veces nos duelen y nos avergüenzan. Sabe que hemos deseado tantas veces no tenerlas. Pero hoy nos pide, como a Tomás, que toquemos su herida. Y Él, eso seguro, tocará la nuestra. Y hará que donde hay muerte brote vida. Y donde hay odio y rabia, brote amor y esperanza. El que ha recibido misericordia en su vida, sólo puede convertirse en instrumento de misericordia para otros. En canal de paz y de alegría. El que ha sido amado en su debilidad, sólo puede amar a los demás en su debilidad. El que se cierra, se muere. El que huye, se pierde. El que se abre a Dios, se salva.



[1] Anselm Grün, La mitad de la vida como tarea espiritual, 59

[2] J. Kentenich, Hacia la cima

[3] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

[4] Pablo D´Ors, Biografía del silencio

[5] J. Kentenich, Hacia la cima

[6] J. Kentenich, Terciado 1952