Y ya que estamos con la bandera, sigamos con ella. En algunos ayuntamientos catalanes –Villafranca, Palafrugell, entre otros- ha llegado a ondear la llamada “estelada” independentista, y, como denunció la formacion Ciutadans de Catalunya el 10 de septiembre de 2007, en hasta cuarenta y cinco ayuntamientos catalanes, algunos de la importancia del de Tarragona, no ondeaba la bandera española. La misma estelada, portada a veces por alguno de sus jugadores, ondea en cuantas ocasiones se produce un triunfo del Barsa, y ello sin hablar de la gigantesca pancarta con el “Catalonia is not Spain” que luce en el Nou Camp en cuantas ocasiones el Barsa juega un partido internacional. Las banderas españolas arden en Cataluña con cierta asiduidad, y a ellas acompañan últimamente las fotos del Rey, a quien el Sr. Tardá, diputado catalán del partido que gobierna en coalición con el Partido Socialista en Cataluña, deseó la muerte un buen 6 diciembre de 2008. El proceso de deslealtad nacional ha tenido brillante colofón –y ello mientras el record no sea superado- en el bochornoso espectáculo al que asistimos el pasado día 13 de mayo con la final de la Copa del Rey que disputaron Barcelona y Athletic de Bilbao.

            La lengua catalana, más que como la entrañable porción del “patrimonio cultural nacional” de la que habla el artículo 3.3 de la Constitución, se utiliza en Cataluña como ariete contra quienes no profesan el nacionalismo. Sobradamente conocido es que en Cataluña, los ciudadanos catalanes carecen del derecho de educar a los hijos en castellano, uno de esos derechos que, contrariamente a lo que afirma el Sr. Caamaño en la entrevista cuando dice que en Cataluña no existen derechos distintos que en el resto de España, tenemos todos los españoles menos los que residen en Cataluña. Y que por si la legislación nacional no fuera suficientemente cicatera con la que es la lengua común de todos los españoles al imponer un esperpéntico mínimo de tres horas semanales en castellano en todas las escuelas españolas, estén donde estén, la catalana, en un nuevo desafío a la nación, aún reduce esas tres horas a dos.

            En Cataluña es imposible encontrar ya un simple cartel callejero en castellano, y se imponen multas a quienes no rotulan en catalán –otro extraño derecho de los catalanes del que no disfrutamos los no catalanes-, algo con lo que, además, se mostró expresamente de acuerdo el Sr. Zapatero, según declaró en la SER un aciago 7 de marzo de 2008.

            Los exámenes de oposición para engrosar la administración catalana sólo pueden realizarse en catalán, y se hace cada vez más difícil formar parte de cualquier tipo de administración, incluso la central, en Cataluña, si no se habla catalán.

            Y todo ello, siendo así que -como expresan incluso las encuestas que realizan los propios órganismos catalanes- la lengua mayoritaria en Cataluña, y en consecuencia la lengua propia por antonomasia de los catalanes, sigue siendo el castellano.
            Todo lo cual se ha traducido en una verdadera barrera para trabajar en Cataluña (un atentado como otro cualquiera contra la unidad de mercado a la que se refiere el ministro Caamaño), una barrera que, por cierto, opera hoy contra los que no hablan catalán, pero que en pocos años, y de seguir esto así, operará en sentido contrario, convirtiéndose en un obstáculo para los catalanes que deseen trabajar en otras regiones españolas distintas de Cataluña. (continuará)



 

 
 
Otros artículos del autor relacionados con el tema
 
De lo que lamentablemente sí ha ocurrido en Cataluña (I)
De lo que, lamentablemente, sí ha ocurrido en Cataluña (y III)