Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada. (Mt 24, 44)

 

No dijo: velad, tan sólo a aquéllos a quienes entonces hablaba y le oían, sino también a los que existieron después de aquéllos y antes que nosotros. Y a nosotros mismos, y a los que existirán después de nosotros hasta su última venida (porque a todos concierne en cierto modo), pues ha de llegar aquel día para cada uno. Y cuando hubiera llegado, cada cual ha de ser juzgado así como salga de este mundo. Y por esto ha de velar todo cristiano, para que la venida del Señor no le encuentre desprevenido; pues aquel día encontrará desprevenido a todo aquel a quien el último día de su vida le haya encontrado desprevenido. (San Agustín. Carta 80)

Vivimos días extraños. Días en que tanto los no creyentes como muchos cristianos, nos contentamos con vivir y dejar vivir. ¿Qué sucederá cuando Cristo vuelva? La verdad es que ni siguiera nos lo planteamos. ¿Qué sucederá cuando dejemos esta vida? Tampoco nos interesa demasiado. Nos contentamos con dos cosas: “ser buena gente” y reducir a Dios los aspectos que menos no nos estorban. Vivimos desprevenidos, sin consciencia alguna de lo importantes que es vivir la fe de forma radical. Tendemos a camuflarnos en todo lo que se valora socialmente y olvidamos la necesidad de dar testimonio en el día a día. Nada es fácil actualmente para quien busca vivir la fe con sinceridad. 

Lo que no debemos perder de vista es ser cristiano aunque esto conlleve estorbar en los ambientes sociales en donde nos movemos. No temamos ser rechazados o ignorados. Siempre es mejor vivir cercanos a Cristo, que vivir entre miles de personas que ignoran el Evangelio. Incluso si somos rechazados, debemos estar contentos. Ya lo indicó claramente Cristo: 

Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros. (Mt 5, 11-12)

Si nos sentimos solos y rechazados, pensemos en la fidelidad a Cristo todo lo hace llevadero y aceptable. El yugo que Cristo nos ofrece es liviano porque la Gracia lo hace posible. Sin duda seremos juzgados de forma justa y misericordiosa al mismo tiempo. Quiera el Señor ayudarnos a estar siempre atentos y prevenidos. Tengamos la esperanza a flor de piel.