Hace unos días leía a una persona que reclamaba que se declarara a Cristo como un extremista peligroso. Daba razones, evidentes, basadas en la intolerancia que mostró ante la hipocresía de la sociedad en que vivió. En esta sociedad postmoderna cada vez es más difícil defender que tenemos unos principios sólidos que fundamentan nuestra vida. El relativismo ha invadido hasta a la misma Iglesia, en donde muchos reclaman la paz que proviene del mundo. La paz que proviene del pensamiento débil y la tolerancia desafectada. Hoy en día, se lapidaría al mismo Cristo, que sabía señalar la hipocresía que se esconde detrás de la paz postmoderna: 


No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. ” (Mt 10, 34-37) 

Entonces ¿Cómo puede ser el cristianismo una religión de paz? Esa pregunta se responde cuando nos damos cuenta de dónde está la verdadera paz y dónde está la paz aparente que nos ofrecen. La verdadera paz está en el enfrentamiento entre arrogancia y humildad, cólera y dulzura, blasfemias y oración. ¿Cómo es posible? Leamos lo que nos dice San Ignacio de Antioquía: 

 “Orad sin cesar” por los demás humanos. Se puede esperar su arrepentimiento y que se vuelvan a Dios. Por lo menos, que vuestro ejemplo les enseñe el camino. A su cólera, oponed vuestra dulzura; a su arrogancia, vuestra humildad; a sus blasfemias, vuestra oración; a sus errores, la firmeza de vuestra fe; a su violencia, vuestra serenidad, procurando no hacer nada de lo que hacen ellos. Mostrémosles por nuestra bondad que somos sus hermanos. Intentemos imitar al Señor ¿Quién ha sufrido la injusticia como él? ¿Quién fue despojado y rechazado como él? Que no se encuentre entre vosotros la hierba del ¡Permaneced en Cristo por una pureza y una templanza perfectas, de cuerpo y de espíritu! 

He aquí que hemos llegado al final de los tiempos... Únicamente, gracias a Cristo entraremos en la vida verdadera. Fuera de Cristo no hay nada que valga la pena... Nada supera la paz; triunfa de todos los asaltos que sufrimos por parte de nuestros enemigos, sean del cielo o de la tierra... Hoy día ya no basta con confesar la fe, hay que manifestar hasta el final la fuerza que nos habita. (San Ignacio de Antioquia Carta a los Efesios, 1014) 

La paz postmoderna se basa en la lejanía y el desafecto. Si la comunicación se reduce a cero, nadie puede pelearse. Si no nos enfrentamos no podremos conocernos y aprender unos de otros. No podremos dialogar y enfrentar la Verdad a las realidades personales. A quien no se conoce, no se puede amar. No podemos rezar por aquellos que desconocemos y si lo hacemos, sólo será una oración genérica e imprecisa. Si no confrontamos nuestras ideas y entendimientos, no podremos ofrecer humildad ante la soberbia, ni  tampoco dulzura ante la cólera. 

He venido a arrojar un fuego sobre el mundo y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!” (Lc 12, 49) ¿Cristo vino a traer la paz al mundo? Claro, pero no la paz de quienes quieren desconectarnos y ser ellos quienes tengan el monopolio de la comunicación. La comunicación social es la nueva espada que permite someter a los seres humanos. 

¿Dónde está la paz entonces? La Paz de Cristo no está en las apariencias exteriores, sino en el interior de cada uno de nosotros. Así podremos entender esta frase de San Ignacio de Antioqua: “Nada supera la paz; triunfa de todos los asaltos que sufrimos por parte de nuestros enemigos”. La paz interior es la que nos permite anunciar el Evangelio y tener posturas contrapuestas con otras personas. 

Si paz fuera la que ofrece la sociedad postmoderna, sería imposible que existieran asaltos, sufrimientos o enemigos. Ahí está el nudo gordiano del engaño que nos ofrecen como panacea: desunirnos, alejarnos e incomunicarnos. Así el enemigo, el que separa, el que divide, el diablo, será el vencedor absoluto. Será quien controle el mundo y lo haga girar a su gusto, sin la presencia de estos incómodos cristianos que andan siempre señalando los dulces engaños que nos prepara. 

Hoy día ya no basta con confesar la fe, hay que manifestar hasta el final la fuerza que nos habita” ¿Qué fuerza es la que nos habita? Poca fuerza tenemos cuando vivimos nuestra fe de forma para alejada y aparente. El Espíritu es vida, movimiento, desafío y plenitud. La paz que nos ofrecen es reclusión, conformismo y vacío. Nos toca elegir qué paz es la que queremos para nuestra vida. ¿Paz interior o paz exterior?