En el tiempo en que no existían los ordenadores, todo el saber del mundo se concentraba en la mente de unas pocas personas. Eran los famosos Siete Sabios. Los Siete Sabios conocían las grandes razones, los porqués, los cómo, los cuándo y los remedios de todo lo que sucedía.

Eran tan importantes que se les consideraba reyes del país en que se encontraban, aunque en realidad muchos no lo eran. Por esto, los Siete Sabios eran llamados también Reyes Magos. Ahora bien, en el año cero, estudiando sus pergaminos secretos, los siete Magos llegaron a una única conclusión asombrosa: precisamente en una noche de aquel año aparecía una estrella extraordinaria que los guiaría hasta la cuna del Rey de Reyes.

Desde aquel momento, pasaban cada noche escrutando febrilmente el cielo, y cada día haciendo preparativos para la expedición. Finalmente, una noche, en el manto negro del cielo apareció la estrella diversa de todas las otras. Sin dudar, desde los siete ángulos del mundo donde habitaban, los Siete Sabios partieron. La estrella les indicaba el camino.

Todo lo que debían hacer era no perderla nunca de vista...

Cada uno de los Reyes Magos cabalgaba a la cabeza de su propio séquito. Los siete tenían los ojos fijos en la estrella, que solo ellos podían ver de día y de noche. Vestían mantos de paño dorado y cada manto valía un tesoro. Detrás de ellos venían sus emires, sus palaciegos, sus escuderos, sus sultanes. Los caballos y los camellos iban cargados de muchos vestidos, abundantes vituallas y, sobre todo, de dones preciosos para el Divino Niño. Lentamente, las siete caravanas se movieron hacia el Monte de las Victorias, donde la estrella había establecido que debían encontrarse, para formar una sola caravana.

Olaf, rey Mago de la fría e inhóspita Tierra de los Fiordos, atravesó la inmensa Estepa y la cadena de los montes de hielo, y llegó a un valle cálido y verde, donde los árboles estaban cargados de fruta exquisita y el dulce clima estaba impregnado de perfumes. Olaf y sus hombres no habían visto nunca nada tan bello y decidieron quedarse allí durante un tiempo. En vano la estrella, desde el cielo, palpitaba y relampagueaba para invitar al sabio a reemprender la marcha. Olaf nadaba en el agua tibia de los lagos del valle encantado y se bronceaba al sol y comenzó a construirse un gran castillo. Se olvidó por completo de la estrella.

Igor, rey Mago del País de los Ríos, era un joven fuerte y valiente, hábil con la espada y generoso. Había partido con la primera aparición de la estrella y cabalgaba circundado por sus palaciegos, rubios y de ojos azules como él. Todos vestían yelmos de plata, adornados con plumas rojas y armaduras taraceadas de cobre y de bronce dorado. Habían atravesado las llanuras y los campos arados, cuando llegaron al reino del rey Rojo, un soberano malvado y cruel. Sus sicarios azotaban y ajusticiaban sin piedad a los súbditos, que habían sido reducidos a esclavos. El noble corazón de Igor y de sus paladines se encendió de ira contra las injusticias que se sucedían en todas partes y decidieron intervenir. Una mañana se toparon con un escuadrón de guardias del rey, que arrastraban a una docena de pobres aldeanos, andrajosos, famélicos y cubiertos de cadenas. Igor desenvainó la espada y se arrojó sobre los guardias seguido por sus paladines. Y se dio la guerra. Una guerra larga y sangrienta. Igor se convirtió en el defensor de los pobres y de los débiles, pero perdió de vista la estrella. Y después de algún de algún tiempo, ya no la buscó.

Yen Hui era el rey Mago del Celeste Imperio. Su mente era nítida como un diamante y cortante como una espada de acero. Sus compañeros de viaje eran todos científicos y filósofos. Y, mientras caminaban guiados por la estrella, discutían de matemáticas y resolvían enigmas dificilísimos. Llegaron a una espléndida ciudad, rica de monumentos de mármol, de jardines, de estadios y de una famosa universidad donde enseñaban célebres maestros. Yen Hui no pudo resistir. Me detendré aquí algunas horas, se dijo. Precisamente ese día un científico de mucha fama tenía una conferencia sobre el origen del universo. Yen Hui lo desafió a un debate público, que fue memorable. Duró una semana entera, durante la cual Yen Hui y el científico se enfrentaron sobre todos los campos del saber, y terminó con una partida de ajedrez que todavía hoy es analizada por los expertos por la genialidad de movimientos del rey Mago Yen Hui. Fue él quien venció, pero cuando se acordó de la estrella, era demasiado tarde: ya no logró encontrarla.

Lionel de Navarra era un príncipe mago y poeta. Venía de las tierras del oeste y seguía la estrella juntamente con sus amigos más queridos, que no llevaban armas sino solo instrumentos musicales. Lionel había compuesto un canto dulcísimo en honor de la estrella y del Rey de Reyes venido a la tierra a traer amor y paz para todos los hombres. Todos los que le oían quedaban conmovidos hasta las lágrimas. La caravana de Lionel atravesó dos grandes florestas, y, una noche, pidió hospitalidad a la gente de una populosa villa de aldeanos serenos y trabajadores. El joven rey y sus compañeros fueron invitados a un banquete ofrecido por el alcalde. Al final del banquete, bailó y cantó para los invitados la hija del alcalde, una graciosa muchacha. Lionel se enamoró perdidamente de ella. En vano sus compañeros le recordaron la importante misión que había emprendido. Todos los pensamientos de Lionel estaban absorbidos por la hija del alcalde. En su cielo, lentamente, la estrella palideció y desapareció.

Melchor, rey de los persas, cabalgaba a la cabeza de su cortejo, sin perder nunca de vista la estrella. Estaba habituado a la fatiga y a los sacrificios, y no dio reposo a sus ojos ni de día ni de noche. No quería correr el riesgo de perder de vista la estrella que le señalaba el camino.

Gaspar, rey de los indios, tenía consigo pocos hombres de confianza. Su viaje era larguísimo y no quería faltar a la cita. Lo sé con certeza, no puedo engañarme. Ha nacido un hombre, semejante del todo a nosotros, que será Señor de toda la tierra y reinará para siempre por los siglos. Con ánimo trepidante me arrojaré a sus pies. Es la cosa más grande de mi vida, pensaba.

Baltasar, rey de los árabes, era ya anciano y viajaba sobre un camello que con su caminar balanceante lo hacía adormecerse. Por esto iba flanqueado por un paje que tenía el encargo de conservarlo despierto, incluso con alguna brusca sacudida, para que no tuviera la desgracia de perder de vista la estrella que lo guiaba.

Así, solo llegaron tres Reyes Magos a la cita en el Monte de las Victorias. Bajados de sus cabalgaduras, vieron abrirse en el cielo una inmensa puerta y aparecer ángeles resplandecientes, que sostenían en sus manos la estrella cometa, y todo el monte resplandecía por ello.

Se unieron a los pies del Monte, para purificarse en una fuente que estaba en sus faldas, y en torno a la cual se levantaban siete árboles: olivo, vid, mirto, ciprés, limonero, cedro, abeto. Pero cuatro árboles se estaban secando y Melchor, Gaspar y Baltasar interpretaron que los otro cuatro Sabios no llegarían nunca.

Después de la purificación, formaron una sola caravana. Es hora de ponerse en marcha, dijo Baltasar, que era el más viejo y el más sabio de los tres Reyes. Y la estrella comenzó a precederles, indicándoles el camino hacia Belén1.

Escribe San Rafael María Arnáiz:

Adoración de los Reyes... Poderosos de la tierra humillan sus cabezas ante la humilde cuna de un Niño... Oro, incienso, mirra. Presentes de la tierra que Jesús acepta... Ansiedad en los corazones. Polvo de los caminos, recorridos de noche, guiados por una estrella... ¿Dónde está aquel que ha nacido? Pregunta que se le escapa al alma después de largo tiempo de peregrinar por los desiertos y atravesar tierras extrañas... ¿Dónde está aquel que ha nacido y cuya estrella hemos visto?

Han pasado veinte siglos y, como los otros cuatro Reyes Magos, todavía son muchos los que se pierden en los caminos, olvidando seguir al Importante, a la estrella, a Cristo el Señor.

Almas que también recorren los caminos de la tierra, como los Magos de Oriente, siguen preguntando al pasar: ¿Habéis visto al que ama mi alma?

También ahora es una estrella de luz la que, iluminando nuestro camino, nos lleva a la humildad de un portal, y nos muestra aquello que nos ha hecho salir “fuera de los muros de la ciudad”. Nos enseña a un Dios que siendo dueño de todo, de todo carece... Al Criador de la luz y calor del sol, padeciendo frío... Al que viene al mundo por amor a los hombres, de los hombres olvidado.

También ahora como entonces, hay almas que buscan a Dios... Almas que peregrinan por el mundo buscando el misterio del Portal. Mas por desgracia no todos llegan a encontrarlo; no todos miran a la estrella que es la fe, ni se atreven a adentrarse en esos caminos que conducen a Él, que son la humildad, el renunciamiento, el sacrificio y casi siempre la cruz.

Hoy hay fiesta en el Portal de Belén... Los Magos vinieron y adoraron...

También nosotros hacemos hoy fiesta. También nosotros queremos postrarnos de rodillas ante el Señor, como los Magos...  Sigue escribiendo el Hermano Rafael:

Ya no soy un niño a quien hay que dar juguetes. Las ilusiones ahora son más grandes y no son de esta vida... Las ilusiones del mundo, como juguetes de niño, hacen feliz cuando se esperan; después, todo es cartón.

Ilusiones de cielo... Ilusión que dura la vida y que después no defrauda. ¡Qué contentos volverían los Magos después de haber visto a Dios! Yo también le veré... No hay más que esperar un poco.

Pronto llegará la mañana y con ella la luz... ¡Qué feliz será el despertar!

También nosotros somos niños con ilusión de noche de Reyes. En este día, habiendo visto amanecer el día glorioso de la Epifanía, nos postramos de rodillas. Más que venir buscando regalos, venimos a ofrecerle al Señor nuestra vida; venimos a suplicarle.

Después de haber contemplado cómo el siglo XX ha suministrado una penosa cadena de argumentos contra la esperanza de la paz, el siglo XXI no comienza de modo nada halagüeño, no parece cambiar de dirección. Por eso ante el Divino Niño de Belén -tal vez detrás de los Magos o incluso detrás de los pastores, pero con nuestro corazón lleno de necesidad-, le seguimos pidiendo que nos atienda. Le rogamos que termine con la lacra del terrorismo internacional, con las guerras interétnicas en África, con las guerrillas en Iberoamérica; le pedimos la paz para Venezuela, para Colombia, para Irak, Siria… tantos países... para que no llenemos con ropajes de falsedad argumentos ineptos, para que todos seamos constructores de la verdadera paz… Para que el Señor nos dé también voz para hablar de esa otra masacre silenciosa de los no nacidos en los países desarrollados, a través de prácticas clínicas.

Que el Señor traiga el coraje a nuestros corazones para ser sus testigos verdaderos. Los Magos regresan a sus casas. También nosotros, después de todo este tiempo de la Navidad, que finalizará el próximo domingo con la fiesta solemne del Bautismo del Señor, volvemos a nuestras “casas” después de adorar a Jesús. Muchos se pierden al ir; otros se pierden al volver.

Pidamos al Señor tener siempre la confianza puesta en Él, la fe, la esperanza y la verdadera caridad para vivir sus mandamientos. Niño de Belén, ayúdanos en este nuevo año que comienza. Y siempre danos la fuerza para ser tus testigos.

PINCELADA MARTIRIAL

Recordamos hoy el titular de La Gaceta del 5 de enero de 2016: El alcalde de Lérida que fue fusilado por Companys por celebrar una cabalgata.

Se trata del siervo de Dios Juan Rovira y Roure cuyo proceso está instruido en la Causa de canonización de Rafael García Segura y 168 compañeros, sacerdotes y seglares, mártires, de la diócesis de Lérida. En la página web de la diócesis ilerdense, puede leerse que:

«Había nacido en Barcelona el 10 de Diciembre de 1899, y había sido bautizado en la Parroquia de Santa María de Gracia de Barcelona el 25 del mismo mes. Recibió la Primera Comunión en la Iglesia de San Juan, de Lérida, el 24 de Junio de 1911. Casó en Lérida con Ana María Tarazona Miró. Fruto del matrimonio nacieron tres hijos: Juan (+), en 1930; Germán (hoy presbítero), en 1931; y José Enrique, en 1935.

Estudió en el Colegio de los Hermanos Maristas de Lérida, y la carrera de Derecho en la Universidad de Barcelona. Aprobó las oposiciones de Abogado del Estado en 1928, trabajando en la Abogacía del Estado de Lérida hasta el 10 de enero de 1933, fecha en la que se le concedió la excedencia para ser Diputado del “Parlament” de Cataluña.

En agosto de 1935 es elegido Alcalde de Lérida, cargo en el que permanece hasta mediados de enero de 1936, fecha en que es designado Comisario Delegado de la Generalitat de Cataluña en Lérida.

Hijo de familia muy religiosa. Congregante Mariano desde muy joven, y miembro de la Academia Mariana de Lérida.

Mucha gente lo conocía en Lérida por ser muy buena persona. El sueldo que ganaba como diputado lo entregaba a beneficencia, y en su cargo de alcalde nunca quiso cobrar. En su vida profesional ayudaba al necesitado, se esforzó por unir matrimonios que se querían divorciar, y procuró hacer siempre el bien.

El 18 de agosto fue detenido e internado en la cárcel de Lérida. El 27 de agosto fue juzgado por el Tribunal Popular, pese a la inmunidad parlamentaria alegada por un enviado de la Generalitat de Cataluña. El juicio fue sumarísimo y se le negó la posibilidad de defensa. En el sumario de la causa instruida contra Rovira y Roure consta como una de las acusaciones que le costaron la vida que “había hecho celebrar la cabalgata de los Reyes Magos”, una cabalgata que había sido suprimida o cambiada en la mayoría de los municipios de España.

La misma noche del 27 de agosto fue conducido al cementerio de Lérida, fusilado en el paredón, y enterrado en la fosa común. Uno de los sepultureros comentó que en el momento previo a su muerte perdonó a los que le estaban ofendiendo y maltratando y lo iban a fusilar, invocando a Jesucristo que perdonó a los que le crucificaron».

En el año 2009 se celebró el 75 aniversario de la Cabalgata de Reyes en Lérida, los orígenes se encuentran en una iniciativa de la Cámara de Comercio de Lérida que, según se tiene documentado, en 1935 organizó una pequeña cabalgata en la que Reyes y Pajes repartían los juguetes por algunas casas de la ciudad. La Asociación de los Reyes Magos de Lérida creyó oportuno publicar un monográfico dedicado a esta tradición ilerdense que ha tenido un largo recorrido. Después de la guerra civil, la Cabalgata de los Reyes Magos la protagonizaban los militares de la guarnición de Lérida y algunos aficionados al teatro. El año 1952, siendo alcalde Blas Mola Pintó, nombra a Josep Estadella, Lluís Domènec y Antonio Aigé, nuevos reyes magos de Lérida, hasta el 1958 cuando, durante el mandato del alcalde Francisco Pons, se conforma una nueva terna de reyes: Enrique Castells, Eduard Pascual y Domingo Mateo "Mingo", que ejercen de Magos del Oriente hasta 1984. A partir de esta fecha, cada año, tres leridanos han desfilado en la Cabalgata del día 5 de enero. 

1 Bruno FERRERO, Historias de Navidad, de Adviento y de Epifanía, páginas 130-133 (Madrid, 2002).