La consagración supone pasar a ser pertenencia del Señor para su obra. Esta pertenencia al Señor para su obra se da, bien sea por el carácter sacramental, como es el caso del sacerdote, bien por el voto, juramento o promesa, en la profesión perpetua de los consagrados. El consagrado es asumido por el Señor para su obra; se deja expropiar por el Señor de una manera plena y total para hacer presente a Cristo en medio del mundo a fin de continuar a través de ellos, su obra salvífica.

A partir del momento de su consagración, el consagrado tiene por delante toda una vida para hacer realidad su compromiso de dedicación al Señor en exclusiva.
          
Es cierto que por el sacramento del bautismo, todos somos llamados y consagrados a la fe y a la salvación. Esto conlleva unas exigencias de fidelidad en cuanto a vivir la fe y comunicarla a los demás. Pero en cuanto al modo de expresar la vivencia de esta consagración bautismal, hay distintas maneras de hacerlo. Del bautismo arranca la vocación universal a la santidad, pero hay distintos modos en su realización. Como los más extendidos en la consagración, podemos señalar: Vida Contemplativa, Vida Activa o Apostólica, Institutos Seculares, y Virginidad Consagrada. Hablaremos de cada uno de ellos. Ahora diremos algo común a todos.  
 

Dejarse expropiar, supone una vivencia tan radical de las bienaventuranzas que llega uno hasta el desprendimiento total de todo y de todos, para no tener otros objetivos que el de Jesús: la salvación de todos los hombres. Se trata de ser, con el testimonio, una presencia de Jesús ante cualquiera que pueda necesitar de Él. Esto es lo que realmente cuesta, pero es lo que permite a todos los consagrados cumplir debidamente con la misión a la que el Señor los ha destinado.
 
Suelo decir que dejarse expropiar por Dios es algo parecido a cederle a Dios el volante de nuestra vida. No sé si el lector sabrá conducir. Pero cuando uno sabe conducir y conduce otro, se siente bastante incómodo. Y es que cada uno tenemos nuestro punto de reacción ante los obstáculos que surgen durante cualquier recorrido.
Y cuando quien conduce no reacciona como nosotros, tememos un accidente. Las reacciones de Dios no son las nuestras; y como no vemos las cosas y las situaciones de la misma manera que Él, nos resulta incómodo su modo de conducir.
          
Cierto que nos fiamos, que sabemos que conduce mejor que nosotros, pero nos resulta incómodo; tenemos tendencia a reaccionar a nuestro estilo. Pero, a medida que uno se va dejando conducir por quien sabe que conduce mejor, va desapareciendo la incomodidad porque va haciendo coincidir el punto de su reacción con el punto de reacción de Dios; se va uno compenetrando con El; va dejando, cada día más, de ser uno para ir siendo Él. Esto es lo que podemos llamar dimensión oblativa de la consagración. Recuerdo unas palabras de Pablo VI cuando dice que mediante la consagración, «el alma se da a Dios, en un acto supremo de la voluntad y a la vez de abandono, de entrega de sí mismo. La conciencia se erige en altar de inmolación».
          
Ser sacrificio, ser oblación, equivale a participar en la Pascua del Señor. Esta participación es tanto más intensa cuanto más se deja uno expropiar hasta llegar al total ofrecimiento y a la total oblación.
 

Indudablemente la vinculación al sacrificio de la Eucaristía bien vivida es de donde el consagrado ha de recibir la fuerza y el gozo de vivir unido a la cruz del Señor.
          
Es lógico también que la oración y la vida sacramental deban ser el centro de su vida, por muy necesarias que sean las actividades apostólicas que pueda tener.
          
Los consagrados deben ser conscientes de que en tanto son de los hermanos en cuanto son de Dios, es decir, en cuanto sean capaces de desaparecer, de morir como el grano de trigo que se ha sembrado.
          
Los cristianos y en especial, los consagrados, sicológicamente nos resistimos a desaparecer, a no ver el fruto de nuestra donación y de nuestra entrega al Señor. Pero ser sacrificio, ser donación es lo propio de unos y de otros porque fue lo propio de Cristo. ¿Qué más da ver que no ver el fruto, si lo que importa es que el fruto se dé? Y el fruto lo da el Señor; no importa a través de quién lo dé.

José Gea