La sociedad en que vivimos desconoce el inmenso poder de los símbolos. A través de ellos, Dios se comunica con nosotros y nosotros nos acercamos a Él. El Bautismo de Cristo evidencia que Dios se manifiesta en nosotros cuando aceptamos nacer de nuevo del Agua y del Espíritu. 

Juan el Bautista se sorprende cuando Cristo le pide ser bautizado. ¿Quién era el para bautizar al Hijo de Dios? ¿No debería ser al contrario? Parece que el equilibrio de cielos y tierra se trastoca en ese momento para mostrar un nuevo equilibrio, deseado por Dios. 



He aquí que viene el Señor para ser bautizado. … Se le acerca como un hombre cualquiera, pecador, inclinando la cabeza para ser bautizado de mano de Juan. Éste, asombrado por esta humildad, intenta impedirlo, diciendo: “Soy yo que tengo que ser bautizado por ti y ¿tú vienes a mí?” 

Mira, hermano mío, ¡de cuántos bienes tan grandes hubiéramos sido privados, si el Señor, cediendo a la petición de Juan, hubiera renunciado al bautismo! Porque, hasta aquel momento nos estaban cerrados los cielos e inaccesible el mundo de arriba... El Maestro ¿sólo recibió el bautismo? Renovó al hombre viejo (cf Rm 6,6), le concedió la dignidad de hijo adoptivo. Porque, al instante se abrieron los cielos. El mundo visible y el mundo invisible se reconciliaron. El ejército del cielo fue transportado de alegría; los enfermos de la tierra fueron curados. Los misterios secretos fueron revelados. La hostilidad cedió el lugar a la amistad. 

Por esto, os ruego: Venid, todas las tribus de las naciones, venid a la inmortalidad del bautismo. Os anuncio hoy la vida, a vosotros que estáis postrados en las tinieblas de la ignorancia. Venid a la libertad, vosotros que todavía sois esclavos. Venid al Reino, vosotros que sufrís la tiranía... ¿Cómo venir? me decís.  ¿Cómo?  Por el agua del Espíritu Santo (Cf. Jn 3,5). Este agua, mezclada con el Espíritu, sacia el paraíso, alegra la tierra, fecunda el mundo, regenera y vivifica al hombre, el agua en la cual Cristo fue bautizado y sobre el que Espíritu descendió. (San Hipólito de Roma. Homilía del siglo IV sobre la «santa Teofanía») 

Podríamos pensar que, hoy en día, este sermón de San Hipólito no nos sirve para mucho. Parece que ninguno de nosotros somos ignorantes, ya que el estado se ocupa de escolarizarnos hasta, al menos, los 16 años. Pareciera que no somos esclavos, ya que nuestra sociedad parece que nos permite hacer lo que queramos. Parece que no existieran tiranos, porque los gobiernos se eligen cada cuatro años. ¿Qué nos aporta el bautismo que no nos aporte el estado y la sociedad? 

El problema está en el engaño de las apariencias. Apariencias que nos impiden ver que hemos perdido el conocimiento de Dios, la libertad de seguir a Cristo y hacerlo nuestro Rey. 

Con su bautismo, Cristo nos llama a abrir el corazón a la manifestación de Dios como Trinidad. Dios no tiene secretos para nosotros, se nos muestra tal como es y El nos acoge tal como somos. La Gracia de Dios hace el milagro de hacer al agua vehículo de si mismas, para que seamos capaces de ver como se vierte y como nos limpia. “Esta agua, mezclada con el Espíritu, sacia el paraíso, alegra la tierra, fecunda el mundo, regenera y vivifica al hombre, el agua en la cual Cristo fue bautizado y sobre el que Espíritu descendió 

Cristo no podía renunciar a ser bautizado por su primo Juan el Bautista. Sin el bautismo recibido por Cristo, no se habría manifestado la Trinidad, tal como lo hizo. No se hubiera manifestado al mundo que el que estaba siendo bautizado es el Hijo de Dios, que viene a limpiar de pecado el mundo. 

Nuestra sociedad no es capaz de  comprender todo lo que hemos indicado. Para ella sólo resultan ser cuentos y sermones difícilmente entendibles. Cristo vino al mundo, pero el mundo no quiso recibirle, no quiso bautizarse para poder participar del bautismo del Señor. ¿Cómo van a entender estos misterios quienes no han nacido de nuevo a través del Agua y del Espíritu? 

Lo triste es que muchos de nosotros desconocemos todo esto. Vemos a los Sacramentos como actos sociales. No deseamos nacer de nuevo, sino pertenecer a un entorno socio-cultural de tipo religioso, donde nos sintamos cómodos, seguros y aceptados.