El último de los sacerdotes asesinados en la segunda jornada sangrienta de la ciudad de Toledo, tras el Alzamiento del 18 de julio, es la del párroco de San Marcos de Toledo y beneficiado mozárabe de la Catedral Primada.

Siervo de Dios Martín Pérez Carbonell

Martín nació en Los Yébenes (Toledo) el 8 de octubre de 1890. Sus padres se llamaban Crisanto y Juana y tenía tres hermanos más: Toribio, Teodoro y José. Fue ordenado sacerdote el 21 de septiembre de 1913. Nombrado capellán de las Madres Benitas de Talavera de la Reina (1913); coadjutor de los Navalmorales (1914); ecónomo de Manzaneque (1918); párroco de Membrillo (1918); regente de Espinoso de Rey (1920); oficial de la Secretaría de Cámara y segundo maestro de ceremonias de la Santa Iglesia Catedral Primada de Toledo (1921).

Ese año recibirá la luctuosa noticia del fallecimiento de su hermano que también era sacerdote. La necrológica de “El Castellano” afirma que “en Madrid, víctima de rapidísima enfermedad, ha fallecido el joven sacerdote (24 años) don José Pérez Carbonell, a quien adornaban especiales cualidades de piedad e inteligencia. Su cadáver ha sido trasladado a Yébenes, su pueblo natal”.

En 1922 fue nombrado capellán de las MM. Benitas de Toledo. El 20 de octubre de 1924 obtiene en Toledo el doctorado en Sagrada Teología. En 1925 peregrinó a Tierra Santa.

Nombrado coadjutor de los Santos Justo y Pastor de Toledo (1926); fue también oficial y secretario de la Delegación de Capellanías (1927). Finalmente será nombrado ecónomo de la parroquia mozárabe de San Marcos, en la ciudad de Toledo y beneficiado mozárabe (1929) de la Capilla mozárabe (bajo estas líneas) de la S.I.C.P. de Toledo.


Destacó por sus dotes de gran predicador por lo que frecuente era reclamada su presencia en las fiestas de los pueblos y otros eventos:

Termina la crónica diciendo que “el señor Pérez Carbonell fue largamente ovacionado”.

Como era costumbre en el centro de la Iglesia parroquial se levantó un túmulo y el pueblo y las autoridades por completo llenaron el templo…

Tras las exequias “pronunció la oración fúnebre el capellán mozárabe de Toledo, don Martín Pérez Carbonell, que examinó los antecedentes del movimiento revolucionario, atribuyendo sus más profundos orígenes a la irreligiosidad y a los egoísmos y frivolidades de nuestro tiempo. Señaló los remedios que urge poner en práctica en defensa de la sociedad española y de la Religión, y precisó el alcance de las doctrinas sociales de la Iglesia, exhortando a todos a practicarlas con sinceridad. La oración del señor Pérez Carbonell, muy elocuente, produjo gran impresión en la enorme concurrencia que llenaba el templo, y en la que predominaban los varones”.

 

Sabemos también que el Siervo de Dios Martín Pérez era secretario de la Venerable Hermandad de Sacerdotes de Jesús Nazareno. Conservamos un artículo en el que informa sobre los actos que tendrán lugar durante la Semana Santa de 1928. La Hermandad de Señores Sacerdotes de Jesús Nazareno con la Cruz Acuestas, formada obviamente clérigos, y el paso de dicha Hermandad se veneraba en su propia capilla, en la parroquia mozárabe de Santa Eulalia de Toledo. Su imagen se encuentra hoy en la parroquia de Santo Tomé.

En el mes de junio de 1933 sigue ocupando dicho cargo, pues vuelve a firmar una nota en “El Castellano” (nº 7513, sábado 10 de junio de 1933) encareciendo la asistencia a dos funerales que se iban a celebrar por las almas de sacerdotes pertenecientes a la Venerable Hermandad. Los sufragios se celebraban en la parroquia mozárabe de San Marcos.

 

Detención y martirio

Tan sólo han transcurrido los cinco primeros días de la guerra civil, cuando la cruel cacería que se está llevando a cabo en la ciudad de Toledo contra los sacerdotes y religiosos, llevará a los milicianos a primera hora de la mañana del 23 de julio de 1936 hasta el domicilio del canónigo Pérez Carbonell. De hecho, se estaba aseando.

Don Martín vive con su anciano padre, Crisanto, en la casa rectoral, en el número 12 del Callejón de Menores. A las seis de la mañana, mientras está aseándose, fuertes golpes parece que van a derribar la puerta. Baja a abrir como está, en mangas de camisa, en zapatillas y con la toalla al cuello; si no tienen claro a quién van a buscar, un gran escapulario de carmelita que asoma por su camisa delata al sacerdote. Ante él aparece un grupo de milicianos. De malos modos, tal y como está, le obligan a ir con ellos hasta la cercana Plaza de San Vicente.

Al oír el jaleo, su padre sale a la puerta y va tras el grupo.

Don Martín le dice:

- ¡Padre, vuélvase, que no pasará nada!

Colocado frente al Convento de las MM. Agustinas (conocidas popularmente como Gaitanas), es fusilado por la espalda. El padre, que desoyendo el consejo del hijo ha seguido la comitiva, oye la atronadora descarga que mata a su hijo y puede aún abrazarle entre los estertores de la agonía. Las primeras luces de este día son recibidas con una escena de la Piedad: un padre anciano y doliente, que sustituye a la Virgen Santísima, con su hijo sacerdote en brazos.