El episodio evangélico del la pérdida de voz de Zacarías nos puede ayudar a entender qué sucede cuando actuamos contra la Voluntad de Dios. Zacarías se negó a creer el mensaje de que su mujer iba a concebir un hijo, San Juan Bautista. Quien no cree, es incapaz de actuar o si lo hace, actúa como un ciego intentando buscar algo que ha perdido. El contrario de Zacarías es María, que cree el anuncio del Ángel y sintoniza su voluntad con la Voluntad de Dios. ¿Cuándo devuelve el Señor la palabra a Zacarías? Cuando acepta la Voluntad de Dios, a la que suma la suya. 

El nacimiento de Juan se encuentra con la incredulidad de su padre y éste se vuelve mudo; María cree en el nacimiento de Cristo y concibe por la fe. Como no somos capaces de escrutar las honduras de un misterio tan grande, por falta de tiempo o de capacidad, será el Espíritu en vuestro corazón que os hablará, incluso en mi ausencia; el Espíritu que ocupa vuestro pensamiento lleno de afecto, aquel que habéis acogido en vuestro corazón, del que vosotros sois templo santo. 
 
Zacarías calla y pierde el habla hasta el nacimiento de Juan, precursor del Señor que le devuelve la palabra. Le es devuelta el habla a causa del nacimiento de aquel que es la voz, porque le preguntaron a Juan, cuando ya anunciaba al Señor: “Tú ¿quien eres?” El respondió: “Yo soy la voz del que clama en el desierto.” (Jn 1,22-23) La voz es Juan mientras que el Señor es la Palabra: “Al principio ya existía la Palabra.” (Jn 1,1). Juan es la voz por un tiempo. Cristo es el Verbo desde el principio, el Verbo eterno. (San Agustín Sermón para la natividad de San Juan Bautista, PL 38) 

Miremos a la Iglesia y las miles de ocasiones en las que no es capaz de trasmitir el Mensaje de Cristo. ¿Cuándo nos volvemos mudos e incapaces de vivir la unidad? Cuando queremos que las cosas sean como nosotros queremos y no como quiere Dios. Cuando utilizamos la mentira como herramienta para convencer. Por muy bien intencionados que estemos, hay que cuidar nuestras palabras, sentimientos y acciones. Por ejemplo, no podemos decir que el catecismo dice algo que no dice, por muy bien intencionada que sea nuestra acción. 

En el momento que el Mensaje de Cristo queda suplantado por nuestro mensaje personal, la Iglesia queda muda, incapaz de transmitir la Gracia de Dios. Si tergiversamos la Verdad para ajustarla a nuestros gustos, destruimos el vínculo con Cristo. Ser veraces es ser humildes. Adecuar los mensajes a nuestra filias y fobias, es actuar como Zacarías y quedar mudos. 

No cabe duda que, como seres humanos, tenemos nuestros gustos y nuestras preferencias. Cuando queremos acercarnos a los que sufren, no es raro que escojamos a quien nos acercamos. Sin duda hay sencillas periferias que  actúan como cómplices, periferias que nos son indiferentes y periferias incómodas. Lo fácil es sacarnos fotos con aquellos sufrientes que nos son simpáticos y el mundo nos valorará. Dale de comer a un compañero de gustos, tiene su mérito, pero lo complicado es dejar atrás nuestras miserias y complejos y amar a todos los sufrientes, incluso los que nos resultan detestables. Cristo nos llamó a amar a nuestros enemigos, no únicamente a aquellos que están predispuestos a convertirse nuestros cómplices. Cuando no distingamos entre sufrientes, será cuando Dios podrá actuar a través de nosotros. 

No cabe duda que nunca podremos contentar a todos con nuestras palabras y acciones, pero siempre podremos ayudar a quien nos necesita, sea cual sea la periferia a la que pertenezca y la fuente de dolor que siente dentro de sí mismo. 

La caridad verdadera y coherente es un desafío todo el año, pero en adviento este desafío es más acuciante. ¿Por qué? Porque en Adviento estamos llamados a proclamar el nacimiento del Niño Dios, la Palabra hecha carne. ¿Quién puede creer al que se ríe con unos y maltrata a otros? ¿Quién puede creer a quien encuentra en la complicidad, el sustituto de la sincera amistad? 

Roguemos al Señor para que su dedo toque nuestros duros corazones y nos permita acoger a quien sufre, con una palabra de comprensión y señalarles con caridad, el único remedio que nos puede curar la herida que llevamos dentro: la Gracia de Dios. Una palabra de esperanza que a lo mejor asusta a quien se le muestra que el arrepentimiento y la humildad, son previos a aceptar la Medicina que Cristo nos ofrece. ¿Tenemos miedo al dolor de la medicina? Pues a veces parece que preferimos llevar el dolor encima toda la vida.