Para aquellos que no lo sepan comenzaré diciendo que Monseñor Fulton J. Sheen fue un arzobispo norteamericano, cuya causa de canonización hoy en día está abierta y tramitándose Falleció el 9 de diciembre de 1979, a los 84 años de edad, después de dejar escritos un sin fin de libros, intervenciones radiofónicas y comparecencias televisivas, en un programa propio, que se titulaba “La vida merece la pena vivirla”. Este programa llegó a tener una cifra record de audiencia, más de 30 millones de televidentes. Hace unos cuatro años escribí un libro de relatos de carácter espiritual, titulado “La huella de Dios”, en el que recogí una historia narrada por el arzobispo Fulton J. Sheen, que merece la pena recordar. En uno de los programas, no sé si televisivo o radiofónico, en que intervino Monseñor Sheen, pocos meses antes de su muerte, el entrevistador, le preguntó: Obispo Sheen, usted inspiró a millones de personas en todo el mundo. ¿Quien fue, o que fue, lo que más le impactó a Vd. a lo largo de su vida? ¿Fue acaso el Papa actual o el anterior? Y el obispo le respondió: No fue un Papa, ni un Cardenal, u otro Obispo, y ni siquiera fue un sacerdote o una monja. Fue una niña china de once años de edad. Entonces el obispo contó la siguiente historia: Cuando los comunistas ocuparon la totalidad de China, su odio al catolicismo, les llevó a encarcelar cuando no a asesinar, a todos los religiosos y religiosas, especialmente a los que no teniendo la nacionalidad china, allí se encontraban. Uno de estos religiosos le contó al obispo Sheen, lo que había pasado en su iglesia. Le explicó que a él, lo encarcelaron en su propia rectoría cerca de la Iglesia. El sacerdote observó aterrado desde su ventana, como los comunistas penetraron en la iglesia y se dirigieron al santuario. Llenos de odio profanaron el sagrario, tomaron el copón y lo tiraron al piso, esparciendo las Hostias Consagradas. Como eran tiempos de persecución, el sacerdote había tenido la precaución, de saber exactamente cuantas Hostias contenía el copón: Treinta y dos. Una vez cometida la fechoría, los comunistas se marcharon, dejando un centinela de guardia para custodiarle a él y no permitir el culto en la iglesia. Pero no repararon, o quizás no le dieron importancia a una niña de unos once años, que rezaba al fondo de la iglesia que estaba en penumbra. La niña, observó todo lo que había sucedido, y se marchó a su casa. Pero por la noche, la niña volvió a la iglesia, evitando al centinela comunista que más se preocupaba de vigilar la rectoría donde estaba recluido el sacerdote, que la iglesia que estaba vacía, con los destrozos que sus compañeros y el mismo habían ocasionado, y lo más importante, a nuestro entender, que no al del centinela: las treinta y dos formas consagradas, desparramadas en el suelo. Una vez en la iglesia, la niña se situó en la parte de atrás de la misma rezando durante una hora; un acto de amor en reparación del odio que habían mostrado sus hermanos de raza. Después de su hora santa, la niña se adelantó con mucho sigilo hacia el presbiterio, se arrodilló, y bajando la cabeza hasta el suelo con su lengua tomó una de las sagradas formas, que allí estaba desperdigadas. Téngase en cuenta que en aquella época, aún no estaba vigentes las actuales normas sobre la comunión, el ayuno era riguroso, sin comer ni beber doce horas antes, y a los seglares no les era lícito tocar con sus manos, no consagradas, las sagradas formas. La pequeña continuó regresando todas y cada una de las noches siguientes, haciendo primero su hora santa y acercándose después al presbiterio, para tomar con la lengua el cuerpo de Nuestro Señor. En la trigésima segunda noche, después de haber realizado la última comunión, tropezó provocando accidentalmente un ruido que despertó al comunista que estaba de guardia. La pequeña, trató de huir pero el comunista corrió detrás de ella, la agarró, y la golpeó hasta matarla con la culata de su rifle. Este acto de martirio heroico fue visto, desde la rectoría por el sacerdote que, sumamente abatido, miraba desde la ventana de su cuarto donde estaba recluido sin poder hacer nada. El Obispo Sheen le manifestó al entrevistador, que cuando escuchó el relato, se quedó tan impactado, que prometió al Señor, que haría una hora santa de oración frente a Jesús Sacramentado todos los días, por el resto de su vida. Si aquella pequeña niña china, había sido capaz y pudo dar testimonio con su vida, de la presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento, entonces el obispo se veía obligado a lo mismo. Su único deseo desde entonces sería, atraer el mundo al Corazón Ardiente de Jesús en el Santísimo Sacramento. Es esta, una bonita historia, cuyo final no nos gusta tanto. Nos disgusta que al final, el soldado comunista terminase pillando a la niña y le partiese la cabeza a culatazos con su fusil. Y la razón última de nuestro disgusto, se encuentra en que como somos cuerpo y alma; materia y espíritu, la preponderancia, que generalmente tiene en todos nosotros, el cuerpo sobre el espíritu, nos pide un final más dichoso, más alegre, más al estilo de “hollywood”; pero no con la tristeza de la muerte de la protagonista, de esta ignorada niña china. Lo que nos pasa, es que dado este apego, que tenemos a las cosas de este mundo, valoramos más el continuar en él, al precio que sea, sin valorar para nada la gloria que esta niña habrá adquirido con su martirio. Nuestra corporeidad humana nos ciega, y no nos damos cuenta, de que precisamente la parte más bonita de la historia es su final, es el regalo de la palma del martirio, que Dios le dona al alma de esta niña china, que es una especial privilegiada, una elegida del Señor. Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.