La mayoría de los congregantes que pertenecían a la Congregación Mariana, con sede en la Santa Cueva de Manresa, murieron en el frente, batallando normalmente -contra su voluntad- en el ejército republicano o sorprendidos pasándose al bando contrario. Reseñamos al único que, junto con los dos de la entrega anterior, sufrieron el martirio en un episodio de persecución religiosa.

Ignacio Vila Cantarell
(†20 agosto 1936)

Desde muy jovencito, Ignacio Vila militaba en las filas de la Congregación Mariana, ingresando a la de María Inmaculada y San Luis.

Vivió la vida de la Congregación siendo miembro activo de las secciones: de visita de enfermos, formación cultural y enseñanza del catecismo, haciéndose notar en esta última como catequista constante y ejemplar, al tiempo que director del coro de niños.

Su sensibilidad temperamental le llevó al estudio de la música, consiguiendo, a pesar de lo escaso de sus recursos, el título de profesor elemental y superior de violín, en la Academia Ainace de Barcelona. Obtuvo también el título de piano, habilidad y técnica que puso desinteresadamente a disposición de la Congregación. Desempeñó durante varios años y hasta julio de 1936, el cargo de primer organista, primero bajo la dirección del inolvidable santo y sabio padre José Pastoret, S. J., y  luego bajo la del malogrado mártir, Rvdo. P. Carlos Mª Puigrefagut. Por ello, contribuyó con su interés a la continuidad del entonces magnífico e insuperable coro de la Congregación, piadoso y artístico conjunto de voces que tan alto esplendor daba a nuestras fiestas y hacía las delicias de la multitud en nuestras asambleas marianas comarcales de antes del año 31.

De Misa y Comunión diarias, era devotísimo de la Virgen y de Jesús Eucaristía.

Al mes escaso de iniciado el alzamiento nacional, el 20 de agosto de 1936, a las 11 de la mañana, fue detenido por las patrullas cuando volvía de visitar a unos parientes, le supusieron sacerdote y aunque llevado ante el Comité se demostró no ser tal, llevándole de nuevo a casa de aquellos parientes, no se sabe con qué intención, le fue repasada de nuevo por los escopeteros la documentación que llevaba en regla. Al encontrarle una tarjeta del rector de la Universidad de Barcelona, aun cuando no tenía nada que ver con la religión ni con la política, fue el pretexto para no soltar a Vila, quien muy posiblemente debió de manifestárseles católico y ello bastó para que, a las 5 de aquel mismo día, fuese asesinado por los milicianos en Manresa, en el lugar conocido por Pla de Cal Gravat; presentando su cadáver señales evidentes de haber sido martirizado.